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Doble viaje
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-08 13:22:45
Me voy de viaje. El tren saldrá pronto de la estación, sin embargo hace tiempo que tengo todo preparado.
Al salir a la calle con las maletas descubro que la ciudad aún duerme, aunque pasan algunos coches cada cierto tiempo. El aire que respiro es muy frío, hay niebla y la temperatura es de -4º. ¡Jamás he tenido tanto frío!.
La niebla no me deja ver lo que había a mi alrededor, ya que la espesura daba al paisaje un aspecto tétrico y misterioso.
Mis piernas tiemblan debido al frío y a la emoción.
Llegué a la estación. Saqué el billete y pasé al andén. Miré al cielo, la tenue luz de la luna atravesaba la niebla e iluminaba con débiles rayos a otros viajeros que también iban a tomar el tren.
Había gente de todas edades, unos con cara de circunstancias, otros impacientes y otros visiblemente jubilosos.
Pasados unos diez minutos, a lo lejos, oí un breve sonido que procedía del horizonte. Por causa de la niebla no pude ver qué era, pero deducí que se trataba del tren que me llevaría hacía mi destino.
Me dirigí al tren y las maletas dificultaban el avance, sobre todo al empezar a subir las escalerillas del vagón.
Superando esto, procuré tomar sitio en una ventanilla.
Una voz profunda y cavernosa anunció la partida del tren.
Al inicio de la marcha fue extraño comprobar la sensación de que somos nosotros los que permanecemos quietos y el tren, que está al lado, el que se va. El tren aceleró dejando atrás la ciudad que adquiría un carácter fantasmagórico.
Al volver a la realidad me percaté de la presencia de un hombre ya mayor.
- Extraña mañana- le hablo- hace mucho frío.
- Peores mañanas he vivido yo. -Y al contestarme descubrí su rostro.
- Tenía nariz aguileña, unos ojos grandes y negros y una boca en la que se veía un rictus de cansancio y tristeza.
Al sentarme apoyé la cabeza sobre la ventanilla y al respirar se formó un escudo que no me dejaba ver el paisaje conocido. Me volví hacía mi compañero de viaje y pregunté: ¿A dónde se dirige?
- Voy a casa de mis hijos- comenta taciturno.
Al cabo de un tiempo, la tristeza desapareció de su rostro para dejar paso a un esbozo de sonrisa.
El anciano no dudó en hablar, con esa facilidad que la gente adquiere con los años.
- Muchas estaciones ya no son lo que eran. Me acuerdo que de niño iba a esperar a mi padre, y en la espera llegaban a los andenes con su lento traqueteo; trenes de todas partes, que descargaban una nube de personas. La mayoría llegaba cansado del duro viaje, los vagones repletos de viajeros, los asientos duros e incómodos. Y en verano el calor era insoportable, dificultaba hasta la respiración. Sin embargo la gente había visto hermosas montañas, pueblos milenarios y campos sembrados, y nada más bajar hacían de la estación un centro de vida, como en el resto de la ciudad. Ya en las cercanías, los comerciantes y viajeros componían el bullicio; vendían refrescos, bocadillos, tabaco y un sinfín de mercancías que el viajero se apresuraba a comprar por las ventanillas (que entonces se podían bajar manualmente). O bien bajaban ellos directamente al andén y se dirigían al Bar-Restaurante. Todo se hacía con otro ritmo de vida.
Al poco rato el tren se volvía a llenar con gentes que se enfrentaban a un duro viaje, al calor y a los pésimos asientos. Los trayectos eran largos y la velocidad muy baja.
El anciano sigue hablando.
- Me acuerdo del día en que llegó el tren por primera vez a mi pueblo.
La gente no podía disimular su emoción ¡había tardado tanto en llegar el tren al pueblo!.
- Era algo terrible- prosiguió-. Echaba un humo espantoso que nos ahogaba. Apareció tras una pequeña curva y el ruido era insoportable. La gente no podía disimular su emoción. Recordaré toda mi vida la masa de hierro y el humo negro del carbón.
- Al principio –seguía contando- muchos llamaban al tren "carro o vagones de fuego"; con su ruido y su humo hacía que no pasara desapercibido para nadie.
- Todos los trabajadores del campo aplazaban sus labores cuando pasaba el tren y apoyados en sus azadas, contemplaban boquiabiertos aquel elemento que rompía la armonía del paisaje.
Me quedé asombrado del viejo, de la seguridad de sus palabras y del celo con que narraba toda su vivencia.
Y cuando llegué a mi destino, me apeé y allí estaba mi familia esperándome con cara de radiante alegría. Me preguntan: -¿qué tal el viaje?. Yo les contesté que nunca había hecho dos viajes a la vez; uno, el que me había llevado hasta ellos y el otro en el tiempo.
Pilar Gómez Martínez
Calatayud
Segundo premio año 2002
Sólo queda esperar
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-08 13:21:47
Sentado en una silla de anea, en la puerta de su casa, fumando su eterno cigarro y recordando cualquier ocurrencia que sucediera en su juventud. Así pasa la mayoría de las mañanas. Cuando cierra los ojos, ve pasar su vida, como el río Manubles pasa por la vega de Moros. De vez en cuando, mueve la cabeza, como si quisiera borrar historias del pasado que no le agradan tanto como otras y sin querer, vuelve a la nostalgia del presente.
Constantemente piensa que le gustaría seguir viviendo en el pasado. Eran tiempos duros, pero se podían llevar. En silencio, porque siempre calla. Se mantiene extrañamente inmóvil, como para ahorrar energía. Sus ojos dejan escapar una mirada de inseguridad y su cuerpo se vuelve más frágil, con el paso del tiempo.
Basilio Alejandre Lacal vive colgado de recuerdos. Es un jubilado más, en cualquier pueblo pequeño. Una persona más de las que piensan que el momento de la jubilación es como una condena: condenado a no hacer nada, condenado a la vejez, condenado a recordar el pasado, y en definitiva, condenado a la muerte. Piensa que cuando se tienen setenta y nueve años, como él, la única faena que te queda es esperar a la muerte. La depresión no le deja meditar de otra manera. Y todavía más, desde que su esposa Gloria, murió hace cinco años.
Desde aquel momento, Basilio se volvió huraño en exceso. Siempre había sido muy buena persona, amigo de sus amigos, era el buen vecino que le gustaba ayudar a quien lo necesitara y quería agradar a sus convecinos. Pero cuando murió Gloria, se volvió arisco, huidizo, casi intratable. Siempre silencioso, cabizbajo, insociable, hermético con los demás. Nadie le había hecho nada para que cambiara de esta manera, pero él había elegido ser así, y así es. Algunos le preguntaron por aquel cambio tan radical. No recibieron ninguna respuesta apropiada. Todo lo contrario. Alguna brusquedad haciendo ver al que se preocupaba por su estado, que meterse en sus asuntos era lo mejor que podía hacer. Las respuestas secas se hicieron comunes en su manera de hablar y de sus labios nunca volvió a salir un halago, un saludo agradable o una broma. Las sonrisas se fueron, al igual que desapareció el sentido del humor del que, en otros tiempos, hacía gala.
Las tardes le gusta pasarlas en la Portilla. Desde ese banco donde se sienta se puede ver la torre del antiguo castillo. Esta es la entrada principal del pueblo zaragozano de Moros.
Moros es uno de tantos pueblos que se está quedando vacío. El que fuera en otros tiempos, un pueblo próspero gracias a su agricultura, ahora se está convirtiendo en un pueblo abandonado. El río Manubles riega su huerta antes de desembocar en el Jalón, en la vecina Ateca. Y de este modo, se recogen excelentes cosechas de frutas y hortalizas. Además, en el terreno secano, lo que más abunda es el cereal, aunque existen hectáreas de viñedo de las cuales se extraen excelentes vinos.
Moros es un pueblo estirado en lo alto de una colina. A vista de pájaro, se dibuja como una línea colorada de tejados contra el grisáceo de los montes que la rodean. Tiene un castillo con una alta torre muy arruinada por el paso de los años. También se destaca del caserío, la torre de la iglesia con su nido de cigüeña, que al igual que otras en esta comarca, es de arte mudéjar.
La Portilla es la entrada a la población. Como está en lo alto de la colina, el paisaje es grandioso. Decenas de kilómetros de monte y vega alcanzan a verse desde este privilegiado mirador.
Este es lugar donde podemos encontrar a Basilio, escuchando el piar tranquilo y cercano de los gorriones. Basilio es de mediana estatura, delgado, de tez muy blanca y con un aspecto casi aquijotado. Con el pecho hundido y la espalda curvada, la nuez muy pronunciada. Casi calvo y con barba de tres o cuatro días. El poco pelo que aún le queda en la cabeza es gris, muy hirsuto y clareado. Lleva boina y usa bastón, no porque lo necesite, sino porque todos los mayores usan bastón y esa costumbre ha quedado perenne.
La mirada la tiene perdida casi siempre en el suelo, sin fijarla en ningún punto en concreto. En silencio. Las manos entrelazadas. Se diría que no sabe que hacer con ellas. La tristeza que emana de su rostro es de tal gravedad que todos se preocupan por él. Tan apesadumbrado, tan huraño, tan meditativo.
Muchos días se alimenta de las viandas que le trae su cuñada Josefa. Una sopa caliente guardada en un termo, algo de vino, queso de cabra, chorizo casero y un trozo de pan, constituye su alimento. Josefa, con sesenta y cinco años a sus espaldas, es una de las hermanas pequeñas de Gloria. Está casada con Ciriaco, también jubilado. Posiblemente en el pueblo, son las personas con las que mejor se lleva Basilio. Pasan semanas enteras sin hablar con nadie, excepto con estos cuñados.
Cuando come le vienen recuerdos de sabores del pasado. Aquellos platos que cocinaba Gloria. Alubias pintas con chorizo, guisado de patatas con cordero, caldereta de pastor, lomo de cerdo en adobo...
Hoy es domingo. Basilio ha perdido la noción del tiempo. No sabe en que día vive. Como recordatorio, se escuchan las campanas de la iglesia. No, esta vez no ha sido el reloj. Es el primer toque de las campanas grandes que anuncian la misa de doce.
Cuando suena el segundo toque, algunas mujeres vestidas con sus mejores ropas, se acercan a la puerta de la parroquia de Santa Eulalia. Los hombres sentados en la plaza, todavía no tienen intención de levantarse. Esperan al tercer toque. Formando corrillos, siguen con sus murmuraciones sobre los últimos acontecimientos de la localidad. Chismorrean acerca de cualquier cosa y se critican los unos a los otros.
Por fin, suena el tercer toque. Ahora es cuando los hombres se levantan de los bancos y cruzan pausadamente la plaza, subiendo por la calle Mayor, hasta la iglesia.
Basilio ha salido de casa tarde, como cada domingo. De esta manera no se cruza con ningún vecino que le pueda incordiar. Siempre que sale de casa, camina sin prisa. Parece agotado, como si no tuviera ganas de llegar. Ha perdido el interés por la vida.
Cuando entre en la iglesia con la misa ya empezada, se coloca en los bancos del final. Cuando termine la misa, se marchará el primero de todos.
Volverá a su casa, a su soledad, donde no hay nadie para compartir la mesa, ni para compartir recuerdos, aquellas viejas historias que hacen la vida más agradable. Cuando pasa por la Portilla, observa como tantas veces el paisaje. Se detiene mirando hacia abajo, hacia el río. Lo observa como se va, como pasan sus aguas sin que nadie las utilice para regar. Ya no es tan útil como antes. Ya nadie lo quiere. También se da cuenta que a él nadie le quiere y que su vida, poco a poco, también se va.
No tiene prisa alguna, eso es la vejez para Basilio. La recta final, vivir sin prisas, esperando...
Desde la Portilla, por encima del muro, contempla las fincas con sus árboles, el lavadero municipal, los montes, la carretera y al fondo, quiere reconocer la iglesia de Aniñón. Sabe que está en esa dirección, pero su vista le falla. Se pregunta como tantas veces: -“¿Qué habrá detrás de esas tierras? y ¿detrás de toda la tierra, de toda la gente?. ¿Estará Dios?”. La vejez la hace dudar de su fe, ya no confía en nadie. -“Posiblemente esté Dios. Claro. Tiene que ser Dios. Por eso cuando morimos, volvemos a Él”. Sigue pensando en la muerte. -”Y con Dios estará Gloria. Seguro”.
Más recuerdos, más paisaje, más melancolía, más echar de menos a la persona querida, más cigarros, más retraimiento y más antipatía hacia sus vecinos.
Hoy ha regresado pronto a casa. No ha querido ni esperar a la puesta de sol.
No se encuentra bien. Un ligero temblor sacude de vez en cuando el cuerpo de Basilio, principalmente en la cabeza. Cuando no tiene las manos entrelazadas o apoyadas en ningún sitio, también le tiemblan. Además, la tos de cada mañana está durando cada vez más.
-”Será que me va a pillar el catarro”. Piensa. Cree que con un poco de miel y unas infusiones de tomillo con cebolla se pasará, como otras veces.
Pero cuando llega a casa, no le quedan ganas de prepararse nada y la comida que ha dejado Josefa no le apetece. Como otros días, se marcha a la cama sin probar bocado.
Cuando sube las escaleras para ir a dormir, no va solo. El silencio y la soledad le acompañan. Siempre caminan con él.
A veces, se detiene a observar unas viejas fotografías, gastadas ya por el manoseo de tantos años que han pasado desde que se tomaron. Aquella que están a la salida de la boda de Ciriaco y Josefa. Esa otra que están los dos solos, en la Portilla y que fue tomada por un extranjero que no hablaba el castellano. Son fotografías de más de cuarenta años de antigüedad.
Sin embargo, no se cansa de mirarlas. A pesar de que se ven otras personas, Basilio siempre se fija en Gloria, en el vestido que llevaba ese día, los zapatos que relucían, el moño tan bien peinado.
Por las noches, Basilio duerme poco y a ratos. Se despierta sobresaltado gritando el nombre de su esposa. Las pesadillas no le dejan descansar bien. Algunas noches se desvela a las cuatro de la mañana y ya no se duerme. El reloj de la iglesia le mantiene informado, con sus ruidosas campanadas de lo temprano que es y cuando mira por la ventana, la oscuridad total del cielo le aconseja que vuelva a la cama. Hay días que no le dan ganas de levantarse, de continuar esperando, de luchar por la vida.
Esta noche será como las demás. No espera nada especial. Se quedará durmiendo echando mano de sus recuerdos y viendo a Gloria lo guapa que estaba el día de su boda. Con aquel velo que le trajeron de Zaragoza y las rosas que cortaron de aquellos rosales que cultivaba D. Antonio, el maestro.
Revivirá los malos momentos que pasó, cuando no le dejaban cortejar a Gloria y el padre de ésta, le amenazó que no festejaría con su hija ni en mil años. Los amigos le aconsejaron que se la quitara de la cabeza, que había otras mozas en los pueblos vecinos que merecían la pena. Era demasiado tarde, aquella moza en especial había calado demasiado hondo en el corazón de Basilio. Familiares de Gloria llegaron a amenazarle y pronto, las dos familias se distanciaron hasta llegar a no hablarse.
Volverá a evocar el viaje de novios a Zaragoza. Estuvieron cuatro días. Viendo el río Ebro. ¡Qué grande!. Vieron la basílica del Pilar. ¡Que iglesia más enorme!. En Zaragoza todo era enorme: las calles, los tranvías, las casas. Ya no volvieron a viajar más.
En cada recuerdo, hay un momento especial para Gloria. Tal vez hay un punto de emoción cuando recuerda a su esposa. Siempre está ella presente.
La quiso más que nadie, pero nunca le dijo que la quería. Nunca salieron esas palabras de su boca. Nunca hubo una frase de amor. Todo fue muy seco por su parte. Cuando decidió dar el paso de pedirle que festejaran, fue algo muy brusco. Aunque ella aceptó enseguida. Después no hubo otro momento de romanticismo. Con él “Si quiero” de la boda, se terminó todo signo de ternura. Gloria se quejaba del poco apasionamiento que había entre los dos y él respondía que esas delicadezas las dejaba para los actores de las películas.
En la absoluta soledad de la noche, Basilio llora y se arrepiente de no haber dado a su mujer lo que le pedía. Era tan poca cosa. Bastaban unas palabras que le avergonzaron en su momento: un “te quiero” y un beso. Ahora no la tenía. Ya era demasiado tarde para lamentarse. Sólo llora de rabia. Cuantas noches llorará como esta, con la impotencia de no poder hacer nada por evitarlo. En su eterna soledad, llora de dolor. Igual que su amor fue grande, también es grande su amargura. Por eso, solamente le queda esperar. Esperar a que Dios se acuerde de él.
EPÍLOGO
-”¿Te has “enterao” de lo del Basilio?”. Dice Benedicto, el sacristán.
-”¿Qué le pasa?”. Contesta Fabián, el dueño de la tienda.
-”Su cuñada, la Josefa, lo ha encontrado muerto esta mañana”.
-”No me digas. ¿Y de que ha muerto?”.
Son las tres de la tarde del lunes y bajo los soportales del Ayuntamiento, se va arremolinando la gente. La noticia corre como la pólvora y a todos cae como un jarro de agua fría. Basilio tenía una manera de ser muy áspera y brusca, pero era buena persona y todos lo querían. Todos sabían que detrás de ese taciturno que se sentaba en el banco de la Portilla, había un hombre excelente, con ganas de ayudar a cualquiera. Pero en los últimos años, todo había sido diferente, aunque ahora nadie lo tenía en cuenta. Todos le conocían bien, pero nadie sabía que nunca le había dicho “te quiero” a su esposa.
Cuando el médico diagnosticó la muerte, se quedó extrañado de lo sano que estaba el difunto. No tenía una enfermedad especial por la que acaeciera la muerte. Basilio se cansó de esperar y quiso decirle a su esposa lo que nunca le dijo en vida.
Daniel Vera Mateo
Calatayud
Tercer premio año 2002
La vida sigue
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-08 13:20:43
Juan salió de la casa y se quedó contemplando el cielo. Hoy no llovería, el azul era intenso, ni siquiera se veía una pequeña nube. Movió la cabeza y fijó sus ojos en la lejanía; como la cosa siguiera así, los agricultores iban a tener mal año, el campo necesitaba agua y aunque estaban en primavera, no había caído ni una sola gota.
Su nieta, Paula, lo miró con cariño desde la ventana; a pesar de que tenía setenta y cinco años continuaba siendo un hombre apuesto; Alto, con un cuerpo atlético y se le veía lleno de energía. Pero Paula lo que veía no era sino a un gran hombre que había sido para ella como un padre ya que al suyo solamente lo recordaba por fotografía.
Juan se sentó en una silla en la puerta de su casa y apoyó las manos en el bastón que llevaba cuando caminaba por el monte.
Paula, creyó que dormía; Miraba a lo lejos su tierra castellana desprovista totalmente de árboles, pero, con un encanto especial que le hacía amarla, no importaba que fuera árida ya que por muy seca que pareciera, era generosa, pues siempre había respondido y dado de comer al pueblo a pesar de la escasez de agua.
A lo lejos se había formado unas nubes que parecía rozar la lejana montaña. Apoyó la frente sobre sus manos y dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos; Aquellas nubes le hicieron recordar el día más triste de su vida. El y su esposa Elena habían ido a pasar las Navidades a la capital, con sus hijos y nieta. Aquellos eran días alegres y felices para todos.
Paula su nieta, era una niña de cuatro años preciosa, rubia con sus ojos azules como el reflejo del mar, cariñosa y como decía su abuela ¡ La más lista del mundo!.
Unos días antes de Reyes los padres de Paula salieron de compras, Juan y Elena empezaron a preocuparse por su tardanza, pues pasaban las horas y sus hijos no regresaban. Llamaron a la puerta y ahí empezó la pesadilla.
Habían tenido un accidente: Un camión al que le falló la dirección choco contra su coche. Quedaron destrozados. Ernesto, el padre de Paula, no tenía familia y Juan tuvo que ir a reconocer a él y a su hija Raquel.
Se marcharon al pueblo con su nieta Paula, que más que nieta se convirtió en su hija. Paula preguntó a sus abuelos ¿Dónde están mis papás? Elena le contestó que en el cielo ¡Esta muy alto! Dijo Paula y siguió ¿Podrán montarse en un avión? Elena sin saber que contestarle se quedó mirando, y Juan dándole un beso muy fuerte, le contestó. No pueden venir a casa porque las nubes no viajan y ellos están encima.
A los pocos días, Paula fue corriendo al encuentro de su abuelo ¡Abuelo, abuelo, corre que ya vienen mis papás! Juan intentó calmarla pero Paula tiraba de su abuelo llorando ¡Abuelo coge el coche y vamos a buscarlos! Pero ¿Dónde quieres ir a buscarlos? ¡Allí! Contestaba Paula. ¿No ves que las nubes ya han llegado a la montaña?. ¡Seguro que ahí están los papás!.
Paula, aquella noche se durmió llorando abrazada a la fotografía de sus padres. Los abuelos estuvieron casi toda la noche pensando en la forma de explicarle a su nieta lo que ocurría cuando una persona dejaba de existir.
Llegó la mañana. Elena y Juan estaban en la cocina cuando bajó Paula muy contenta.
Los abuelos se miraron perplejos, Elena, sentó a Paula en sus rodillas, le acarició su pelo rubio y sedoso, la abrazó y cuando empezó a hablarle de sus padres, Paula sonrió ¡Abuela, dejarán de quererme y vendrán a leerme un cuento cuando vaya a la cama! ¡Igual que siempre!.
Intentaron convencerla de que “aquello” había sido un sueño, pero Paula no los escuchaba, repetía una y otra vez que sus papás le leerían un cuento.
Al llegar la noche, Paula, subió a su habitación, la abuela la arropó y cuando iba a apagarle la luz la niña no lo consintió pues, sus papás “tenían” que leerle el cuento.
Elena bajó llorando, pensando que la niña necesitaba ayuda, quizá estuviese perdiendo la razón. Juan, subió a su encuentro y al explicarle lo que ocurría la abrazó amorosamente y volvieron los dos para entrar en la habitación de la niña.
La puerta estaba entreabierta y dentro , sentado en la cama estaba Ernesto, leyendo un cuento, mientras Raquel abrazaba a su hija.
Pasaron los años. Paula se convirtió en una joven preciosa y dulce que amaba profundamente a sus abuelos. Había olvidado por completo que en algún momento, sus padres, le leyeran nada por la noche. Juan y Elena se preguntaban si lo habrían soñado, pero, misteriosamente desde aquel día había un cuento en la habitación de Paula que nunca antes había estado.
Juan levantó la cabeza al escuchar los pasos de su esposa Elena. Se miraron a los ojos, en ese momento Paula, asomaba a la ventana, pensó que le gustaría encontrar un amor tan grande como el que se leía en los ojos de sus abuelos.
Elena entró en casa a por una chaqueta, al pasar delante de la chimenea, miró la fotografía de su hija Raquel y en ese momento algo pasó por su mente que hizo comprender que todo estaba bien así.
Ya casi anochecía y los tres estaban sentados hablando animadamente, eran una familia completamente feliz.
María Teresa Rodríguez Miguel
Calatayud
Primer accésit año 2002
Sembrar aunque no llueva
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-08 13:19:26
Ahora, cuando mis ojos se hunden, después de haber contemplado el paisaje de mi querido pueblo durante más de medio siglo, siento la tierra resquebrajada bajo mis pies. Como una muela querada, asoman las vetas del monte de la ermita; por sus pardas laderas resbalan las piedras que desnudan las tormentas y el paso del camino. La pequeña silueta que antaño levantaron los abuelos aparece erguida, retocada, como un firme abanderado resistiendo el cierzo; y desde este balcón privilegiado contempla el ir y venir de sus gentes. Ella me mira.
La miraba de niña por la ventana de mi casa, cuando abajo, unas tras otras, venían a beber agua al abrevadero las caballerías después de faenar las tareas del campo: mulas, machos, yeguas o pollinos; en un gesto fatigado y sumiso, agradeciendo la pequeña recompensa. Vueltas, y vueltas, otra y otra más, para machacar en las eras las espigas de trigo. ¡Uf, qué sudores bajo el abrasador sol de verano!. Y mi madre, dando vueltas a la noria con una mula, así elevaban el agua para regar. Y mi marido, entonces un muchacho, acarreando en las caballerías las talegas de trigo, para luego cargadas a la espalda, subirlas a los graneros. Así no se podía crecer mucho, me digo yo ahora cuando veo las nuevas generaciones, pero que grande se iría forjando su corazón.
¡Que buena gente la del pueblo!. ¿Retorcida?. Acaso su columna por los duros esfuerzos. Había que sacar los hijos adelante, y los sacamos también a la ciudad que como embudo los engullía. Ahora, entre edificios altos anuncian “pan de pueblo” queriendo recordar aquel sabor.
Bien amasado en la artesa lo llevaba mi tía cargado sobre su cabeza al horno de leña que tenía el panadero. Sobre un tablero de madera se colocaban los moldes tapados con un paño, y se llevaba a cocer una vez por semana, luego se guardaba en una tinaja ancha de barro. La recuerdo entrando al corral, donde las patatas. Alfalfa y panochas de maíz que colgaban por todas partes servían de alimento al cerdo, conejos, pollos y gallinas; ¡qué huevos los de corral!.
En torno del cerdo, el día de la matanza se preparaba una fiesta. Era en los meses de invierno, mi abuela preparaba unas judías blancas con tajadillas del cerdo y muchos ajos, ¡qué buenas estaban!
Todo costaba trabajo, para preparar el vino, las uvas, después de ser vendimiadas, al final del día, se colocaban sobre unos tablones, a través de ellos caía el mosto a un lagar que había debajo, en la bodega. Era un olor intenso y afrutado, una frescura que resultaba increíble haberla extraído del monte después del intenso sol del verano. Mi tío pisaba y pisaba las uvas, iba descalzo, con el pantalón remangado hasta la rodilla.
En este baile de recuerdos, en el granero de mi abuelo paterno, las manzanas se volcaban en el suelo, sobre paja para amortiguar los golpes. Entonces se disponía de unas pocas banastas, luego, en cajas de madera ovaladas se colocaba la fruta envuelta en paja (más tarde se haría con virutas y papel) cerradas con tapes de madera, cogidos en las esquinas con alambres para mandarlas al mercado; en un principio en tren, después sería en camión. Cuanto esfuerzo para tan poca economía…
El abuelo tenía un cerezo en el regadío, cuando maduraban las cerezas nos llevaba en fila india a todos los nietos montados en bicicletas.
El mejor legado que nos dejan los abuelos son los buenos recuerdos. Íbamos con cántaros a la fuente a por agua para beber, o a la acequia a fregar la vajilla y lavar la ropa. Ahora tenemos lavadora, lavavajillas, y buenos cuartos de baño.
Parece una paradoja, ahora que disponemos de mejores medios, como ordenadores con Internet, tractores con todo tipo de maquinaria para labrar, sulfatar, etc. Es también cuando poco a poco han ido emigrando nuestros hijos, desaparecen como desaparece la frescura de estos recuerdos. Espero que a la lluvia no le dé también por emigrar, pues cuando los árboles son arrancados ya no la pueden atraer.
Como muestra quedaron para siempre inamovibles nuestros templos, gótico-mudéjares, testigos mudos del fervor de tanta gente.
Sembremos aunque no llueva, plantemos semillas en tierra, no abandonemos la parva. Los pueblos son escuelas con sabias enseñanzas, ahí se ha formado la gente noble, es la cuna de verdaderos artistas, músicos, poetas y pintores que ante los bellos atardeceres que tienen la suerte de contemplar rinden homenaje en su trabajo y así lo plasma su cultura.
Por tanto sembremos aunque no llueva.
Despertad a la esperanza.
Fabiola de la Flor Pérez
Maluenda
Segundo accésit año 2002
EL MENDIGO DE LAS COLILLAS DE ORO
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:28:21
Esta narración transcurre en un humilde pueblo por el cual deambulaba diariamente un mendigo.
El mendigo no tenía mucha edad pero se sentía viejo, sobre todo en experiencias vividas. Había perdido su último trabajo y ello le había llevado a ser uno más de los sin hogar, pero en vez de quedarse en las grandes ciudades donde había vivido, marchó por los caminos, hasta el lugar donde ahora se encontraba.
Este mendigo tenía la compañía de un pequeño perro vagabundo, con una fea apariencia de un tono marrón oscuro y palidecido; pero el cual tenia un gran corazón y quería al mendigo. El aprecio del mendigo hacia el perro le llevo a darle el bonito nombre de Sol, ya que al no tener vivienda, la mayor cantidad de horas del día, las pasaban ambos bajo el sol.
Su pasión era buscar por las plazas, calles, bares y todo tipo de lugares, incluso en la dehesa miraba al suelo por si algún campesino había tirado alguna colilla, ya que su mayor placer era hacerse cigarros con estas colillas, y disfrutar de su penetrante humo.
Todos lo conocían y hablaban con él, recogía frutas de los árboles, que le servían de alimento. De vez en cuando cogía a mano alguna trucha, carpa o barbo en el pequeño riachuelo, que luego asaba. Y también ayudado por Sol cogían alguna pequeña pieza de caza, que devoraban ambos con prisa y ansia al comerla. Las verduras de las huertas crudas o cocidas en una sucia lata con agua del río también le iban bien para alimentarse. Así su alimentación y su placida vida, le hacían ser el más feliz de la tierra, estando la naturaleza a su alrededor.
Para estar, cualquier porción de tierra le resultaba digno, y para dormir debajo de los chamizos de leña. Las mujeres del lugar le daban para vestirse ropa usada, que él llevaba encima de su cuerpo hasta pudrírsele y cuando alguien se percataba de su mal aspecto, le daban otra vestimenta para cambiarse.
Amaba la vida y a pesar de no tener nada, los ancianos le querían. Hablaba con ellos; los niños le buscaban para jugar con él. Su carácter era tan cordial y su comportamiento tan educado, a su lado la paz era obligatoria. Así pasaba su día a día; sus creencias sólo debía saberlas él, y lo que sabían de su alrededor es que cuando veía el sol su rostro se iluminaba y parecía tener más fuerzas para gozar de todo su entorno.
Al llegar el frío invierno, se dejaba ver menos y como fumar era lo que más feliz le hacia, los niños recogían las colillas que veían y las metían en una bolsa de plástico, iban a su encuentro para llevárselas y disfrutar de su agradable amistad. Jugaban, reían y él fumaba liándose las colillas, y les contaba anécdotas y leyendas, que escuchaban con verdadera atención. Les decía siempre que tenían que saber mucho y ellos reían contentos, pues hubieran querido estar a su lado más que ir a clase; pero nunca les enseñaba nada perjudicial para su educación, y los aldeanos lo sabían.
Un día gris llegando los pequeños junto al mendigo, lo hallaron casi dormido, al despertarlo les dijo;
“Quizás pronto no me volváis a ver. Recordadme como soy y cuando veáis el sol, yo os estaré observando. Voy a pedirle a mi amigo sol, una alegría para vosotros que sois mis mejores amigos.”
De repente apareció un rayo de luz desde lo alto del cielo penetrando entre los árboles y alcanzando su resplandor a las colillas que traían los niños, éstas, al momento, se convirtieron en color dorado.
Los niños abrían los ojos sin creer lo que veían ¿ seria oro?. Dio las gracias al sol y les indicó a los chiquillos que las llevaran al tendero, las vendieran y comprarán golosinas y globos para hacer una gran fiesta; y que luego avisarán a sus padres de que él iba a marcharse a un viaje sin retorno.
Los niños entristecieron con la noticia pero cumplieron lo mandado por el mendigo, y las colillas de oro fueron vendidas y hubo para una gran fiesta en la plaza del pueblo; donde todos fueron felices, reinó la paz y salió el sol; los niños recordaron a su amigo y jugando reían, no lo olvidarían, les había dado la mejor y más grande fiesta de su infancia. También Sol chupaba los caramelos que le daban, mientras agitaba felizmente su cola. Ellos no le volvieron a ver, pero él desde el sol si les veía.
Hacer el bien siempre tiene su recompensa y tratar con amor y educación a las personas es una conducta que deberíamos de practicar más, no lo olvidéis nunca....... recordad lo feliz que fue e hizo a los demás el mendigo de las colillas de oro.
NOVATA
ROSA MARIA CALVO MONFORTE
Ruesca ( ZARAGOZA).
AMISTAD
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:27:16
La historia que voy a contaros ocurrió hace mucho tiempo en una aldea escondida entre grandes montañas, a lo lejos se podía oír un tintineo de gotas; un arroyo que bordeaba una pequeña cabaña parece que aun puedo ver al viejo Sr. Ami era un anciano regordete con el pelo y la barba larga y canosa, ojos hundidos y grandes surcos en la cara por el paso del tiempo.
Se sentía muy sólo, él había cuidado siempre de sus padres hasta que fallecieron hace muchos años. Aunque en muchas ocasiones había ido a visitar la aldea, para hablar con sus habitantes y de esta manera vencer su soledad tuvo de desistir del intento porque siempre se burlaban de él, quizá por su aspecto físico o quizá porque el Sr. Ami había olvidado como hablar con las personas, ya que hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie, y tenía una forma de hablar casi personal, o de hablar consigo mismo.
Al Sr. Ami le encantaba pasear todas las tardes, se ponía su viejo sombrero y cogía su usado garrote y andaba horas y horas por el bosque un día le sorprendió una grandiosa tormenta el Sr. Ami acelero el paso buscando un lugar donde refugiarse, y escondido entre la maleza divisó una gran grieta en una roca, corrió más o menos como pudo hasta ella, y se refugio.
La pequeña cueva que había en la grieta era muy acogedora y tenia aspecto de bodega.
-Y digo esto – porque dentro había una especie de mesa de madera y cientos de toneles. El Sr. Ami sacó una cajetilla de cerillas del bolsillo y encendió una vela que estaba en un rincón, cogió la vela y se acerco a los toneles, en una especie de vaso hecho con la mitad de un coco vertió el contenido del tonel. Era un vino excelente así que se bebió un vaso y otro hasta que consiguió calmar las tiritonas que tenia por llevar las ropas empapadas.
Rendido y un poco acalorado por el vino, cayó dormido sobre la mesa.
Abrió los ojos y un dolor de cabeza espantoso le atormentaba, encima de la mesa un personaje tiraba de la manga del jersey, el Sr. Ami no podía creer lo que veía se froto con los puños los ojos para comprobar que no estaba soñando.
El personaje seguía allí y en voz “alta” le reprochaba el haberse bebido su vino. El Sr. Ami le explico lo sucedido y observando como la cara del personaje iba cambiando de malhumorada a comprensiva. De repente el Sr. Ami quedo sorprendido. Lo cual quiere decir que el personaje le estaba entendiendo, a pesar de que la gente de la aldea se burlaban de su forma de hablar.
Cuando acabo su relato el personaje le pregunto como se llamaba y si quería otro vaso de vino.
-Ami, ¿y tu? – le preguntó el Sr. Ami.
-Mi nombre es Stad, pero todos me llaman –Duende Borrocho- contesto el duende.
-¿Y porque te pusieron ese nombre tan raro?- volvió a preguntar el Sr. Ami.
-Mis padres decían que de todos los hijos yo era el más inquieto, que nunca paraba y que siempre me estaban diciendo ¡¡estate quieto¡¡, y por este motivo acortando me quedé con Stad.
Los dos rompieron a reír, brindaron con sus vasos y volvieron a reír. Como la lluvia no paraba estuvieron charlando largo tiempo.
Estuvieron hablando hasta que se hizo casi de noche, y tuvo que regresar a su casa.
Pero para el Sr. Ami nada volvió a ser igual, ya no se entretenía con el canto de los pájaros, ni cortando leña, lo que más le apetecía era volver a estar con aquel duendecillo y poder contarle lo que pensaba.
A veces le daba por pensar que todo había sido provocado por una fantasía provocada por el vino, la fatiga y el sueño. Ya no podía más y decidió comprobarlo volviendo al mismo sitio donde aquel día encontró al duende.
Caminó y caminó, hasta sentirse agotado y un poco desorientado, hacia mucho calor y se sentó bajo una encina para recobrar sus fuerzas.
De detrás de un matorral apareció el duende Stad que se colgó del cuello del Sr. Ami y le dio un fuerte abrazo.
Es Sr. Ami saco de bolsillo de su pantalón un pequeño porrón, tallado a la medida de Stad y se lo regalo, se fueron a la gruta y allí estuvieron charlando.
Desde aquella tarde, todos los días se reunían para hacerse compañía, y ninguno de los dos volvieron a sentirse solos.
Compartían sonrisas, secretos, abrazaos, chistes y todas esas cosas que comparten los amigos.
Una de aquellas tardes, el Sr. Ami le confesó a Stad que cada vez se sentía más cansado que le costaba mucho levantarse por la mañana y caminar hasta el lugar donde quedaban todas las tardes, prepararse la comida en fin, que después de haberle conocido, y saber lo maravilloso que era tener alguien en quien confiar, y con quien compartir todo, tenía miedo de quedarse solo.
El duende Stad le dijo que ni se le ocurriera volver a pensar eso, que el siempre estaría a su lado.
Si alguna vez pasáis por la pequeña aldea podréis ver bajo la encina un pequeño duende con una margarita, junto a una pequeña cruz donde yace su viejo amigo Ami, al que nunca dejó solo, porque como Stad le prometió la “AMISTAD” es para siempre.
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