Escribo para ti, escribes para mí

El abrazo de las palabras

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Mi escuela

Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:37:51


De niña iba a la escuela de parvulitos, la tenía muy cerca de mi casa, tan cerca que si algún día faltaba porque estaba enferma o por cualquier otro motivo, podía oír a las niñas cantar las canciones y rezar las oraciones que nos enseñaba la maestra. Allí aprendí a leer la primera cartilla, la segunda y también la tercera, después nos dieron el Catón que era un libro de lectura del cual aún recuerdo alguna frase de memoria como: “ mi gato se llama Careto y es muy chiquitito”, también nos enseñaron a contar con las bolas del abaco.
Cuando fui más mayor, nos separaron a los niños y a las niñas, las niñas fuimos a otra escuela un poco más alejada de mi casa. Recuerdo que era una habitación bastante amplia donde estábamos niñas de diferentes edades, había dos pizarras una a cada lado de la pared, allí nos escribía la maestra las cuentas y los problemas que nosotras teníamos que copiar en nuestro cuaderno y hacerlos de tarea en casa. Cada día nos sacaba a una niña a la pizarra para corregirlos por si no los habíamos hecho bien.
También había colgado en la pared un mapa de España para explicarnos donde estaban situadas las provincias, los cabos, los montes y los ríos. En un rincón  teníamos una estufa de leña y carbón que encendíamos en invierno, cada día nos tocaba a dos o tres niñas encenderla, si cierro los ojos, todavía puedo recordar el humo que se hacía cuando se movía el aire, casi no se podía respirar.
En clase, nos sentábamos de dos en dos en unas mesas de madera un poco inclinadas y con los asientos plegados, tenían un agujero en medio para poner el tintero y a cada lado una ranura para poner la pluma y el lápiz, debajo había un cajón para meter la cartera o los libros.
Teníamos sólo una maestra para explicarnos todas las asignaturas que estudiábamos en una enciclopedia y que contenía geografía, aritmética, geometría e historia sagrada aunque para religión llevábamos el catecismo. A mí lo que más me gustaba era hacer cuentas y problemas.
Para leer teníamos un libro que se llamaba Mariluz, era una historia muy bonita de una niña que tenía que cuidar de sus hermanos más pequeños y de su madre que estaba enferma. Ahora, como madre que soy, la recuerdo más bonita que entonces.
Un día a la semana dos niñas rezábamos el rosario y en el mes de mayo, todos los días cantábamos “Las Flores a la Virgen María” y le llevábamos un ramo de rosas de los rosales que teníamos en casa. Por la tarde, la maestra nos enseñaba a coser, a hacer punto, vainica y a bordar con el bastidor, aún guardo casi como un tesoro, algunas de las cosas que bordé.
Cuando salíamos al recreo jugábamos a saltar a la comba, a las tabas, a los agujones, a las cuatro esquinas, a los círculos y a otros juegos más. En primavera, cuando hacía buen tiempo, salíamos algún día a pasear por el campo para tomar el sol y el aire, corríamos, saltábamos y cantábamos canciones.
De todo esto ha pasado casi medio siglo y muchas cosas de las que aprendí ya casi se me han olvidado pero vuelvo a tener otra vez la oportunidad de ir a la escuela, a la escuela de adultos, a recordar y aprender cosas nuevas, aunque es muy diferente de cuando era niña, voy con mucha ilusión y ganas de aprender.
Isabel Temprado
Morata de Jiloca
 


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Un viaje de ensueño

Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:37:23


Irene nació en un pueblo pequeño pero muy bonito y vivía feliz con su familia, nunca había salido de allí, tan solo a algún pueblo cercano al suyo. Ella era muy soñadora pero a la vez sensata, siempre pensaba las cosas antes de hacerlas. Cuando se hizo mayor tuvo que marcharse a la ciudad para buscar trabajo, y al llegar a la capital se quedo embobada ¡qué casas más altas y cuántos coches!, las calles, ¡que largas eran allí!, ¡si que tenía cosas que ver!. Un día fue al cine y allí empezó su sueño: vio en la pantalla por primera vez Venecia y empezó a soñar... se imaginaba paseando por los canales en una góndola con su novio y un gondolero cantándoles “Oh sole mío”. El tiempo fue pasando y ella seguía allí, en una ciudad que no era la suya, sin perder la ilusión de ver algún día cumplirse su sueño. Un día una amiga suya le dijo:
- Oye, mira, en el trabajo estamos organizando un viaje a Roma, visitaremos varias ciudades y entre ellas Venecia, si quieres podéis venir ya que no es solo para los trabajadores.
Ella respondió, con cierta pena, que como no ocurriese algún milagro  no iba a poder ser porque no tenían dinero, pero su amiga, que conocía su sueño de tanto habérselo oído repetir, le dijo que ella les apuntaba y cuando llegara la fecha ya verían lo que pasaba y así lo hicieron. Por suerte al final si que pudieron ir, prepararon el viaje con toda la ilusión ¡por fin iba a hacer realidad su sueño! y eso era maravilloso.
Llegó el día de salir y ella estaba tan ilusionada y nerviosa que hasta golpeó varias veces su reloj pensando que se había parado pero, por fin, ¡ya estaban en el autobús! . Salieron para Niza pues era el primer destino que llevaban, llegaron de noche y fueron al hotel, dejaron las maletas y salieron a dar una vuelta. Paseando, una de las cosas que más le llamó la atención fue un hotel en el que llevaban los uniformes como en el siglo XVIII, eran muy vistosos y les hizo mucha gracia, también fueron a la playa que era inmensa y muy bonita. Al día siguiente salieron para Pisa, bajaron del autobús y como no tenían ninguna visita programada, ella se fue con su marido y otros compañeros a visitar la ciudad, visitaron la torre de Pisa, aunque no pudieron subir porque estaba cerrada, pasearon por los alrededores y después de comer, ella y otra compañera de viaje, se fueron a ver la Catedral y un museo, que por cierto Irene pensó que a cualquier cosa llaman museo, porque era una habitación con tan solo dos cuadros y varias estatuas. De repente, se dieron cuenta de que se habían entretenido más de lo que debían, salieron de allí corriendo, pero con los nervios, se equivocaron de calle, no se dieron cuenta hasta que no llegaron al final,  ¿qué iban a hacer si no encontraban el autobús?. Por medio de gestos, ya que no conocían el idioma, intentaron preguntar a varias personas, pero nada, no las entendían. Ahora estaban bastante preocupadas más por la bronca que les iban a echar por llegar tarde que por miedo a quedarse allí solas, pero en estas llegó una señorita que hablaba castellano, era la guía de una excursión de andaluces, y muy amable les dijo que se calmaran, que ella las llevaría en su autobús hasta allí y que si no estaban esperándolas, las acompañarían a Roma, ya que ellos también llevaban la misma ruta.. Cuando llegaron al lugar donde habían quedado, ¡que alivio!. allí estaba el autobús, nadie les gritó, al contrario, ya que intranquilos por su tardanza habían ido a buscarlas y al no encontrarlas estaban muy preocupados. Claro que luego se pasaron todo el viaje riéndose de ellas, les llamaban “las niñas perdidas y halladas en el autobús” con una guasa y un cachondeo que casi hubieran preferido aguantar la bronca. Continuaron el viaje, estuvieron en San Francisco de Asís y otras ciudades más, aunque a ella, todas le parecían iguales y a la vez muy distintas. Cuando llegaron a Roma, a Irene le gustó mucho el Vaticano, la Plaza y la Catedral de San Pedro y las escultoras de la Piedad y el David de Miguel Ángel. Le desilusionó el Coliseo porque aunque ella ya sabía que estaba en ruinas, no se por qué, pensó verlo como en las películas de romanos. Lo que si le gustó mucho, sobre todo por la noche, fue la Fontana de Trevy.
Al día siguiente salieron para Padua y como ella es muy devota de San Antonio estaba muy ilusionada de poder visitar donde están los restos del santo, le parecía algo asombroso. Continuaron viaje, visitaron Praga, y por fin llegaron a Venecia, un cosquilleo recorría todo su cuerpo, eso si que era una maravilla, ¡por fin iba a ir en góndola!, y como en su sueño fue fantástico e inolvidable, visitaron la plaza de San Marcos con su reloj y pasaron por el Puente de los Suspiros, que Irene pensaba que eran suspiros de amor y nada más lejos de la realidad, los suspiros eran de los presos cuando pasaban de los juzgados a la cárcel. También visitaron la fábrica de cristal de Murano, estuvieron viendo como hacían figuras, jarrones,  cristalerías... y se quedaron impresionados de ver con que facilidad trabajaban el cristal. Después visitaron Milán, les encantó la Catedral y sobre todo el Teatro de Milán, que es una maravilla. Ya de regreso a España, pararon en Mónaco y les entusiasmo su puerto de mar, ya que como era de noche los yates estaban en le puerto con las luces encendidas, pasearon por parte de los jardines del palacio de los Grimaldi, son preciosos, y a ella particularmente le parecieron de ensueño, también se acercaron a ver la residencia de los monarcas ya que el palacio solo lo usan para las recepciones oficiales. Y por supuesto, estuvieron en el casino, en el casino de los pobres, claro, ya que en el de los ricos solo les dejaron asomarse un poco, pero vieron que las señoras llevaban tantas joyas que parecían escaparates de una joyería.
Y así acabó el viaje de Irene, viaje que no olvidara nunca, sobre todo Venecia, porque la realidad superó su sueño.
Al escribir esto Irene intentó buscar en algún libro los nombres de las ciudades y de los monumentos para no equivocarse, pero como no los encontró todos, pide disculpas porque hace unos años que realizó el viaje y su memoria ya no es tan buena.
Amparo Palacián Ferrando
Morata de Jiloca
 


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La moto “Montesa”

Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:36:43


Cuando nos casamos, mi marido no tenía el carné de conducir, a los tres meses se lo quiso sacar pero las dos veces que lo intentó, suspendió. Él me decía que era por los nervios.
- Chica, no sé que me pasa, pero ir al examen y quedarme en blanco, todo es una.
Yo lo entendía, pero también entendía que si no aprobaba a la tercera, nos íbamos a quedar sin el poco dinero que teníamos entonces, así que, aunque dicen que a la tercera va la vencida, yo por si acaso, me fui a una farmacia y le compré unas hierbas tranquilizantes para hacerle una infusión. No se si fueron las hierbas o lo mucho que yo le recé ese día a la Virgen, pero mi marido, aprobó. Vino a casa la mar de contento y me dijo:
- Pilar, ¡mira qué moto tan hermosa he comprado!, una Montesa, arréglate un poco que nos vamos a Zaragoza a darle las gracias a la Virgen del Pilar.
Yo, ¡qué insensata!, sin pensar que estaba embarazada de dos meses, me compré unos pantalones y ¡hala!,  a Zaragoza. Hasta entonces, yo no había ido nunca en moto así que entre la poca experiencia y el miedo que llevaba por si le pasaba algo a la criatura que estaba esperando, no sabía ni dónde agarrarme, con una mano me sujetaba a la cintura de mi marido y con la otra, me sujetaba el vientre.
El viaje, iba de maravilla, pero empezaron las curvas, yo la primera vez, me incliné hacia el mismo lado de la curva y la cosa fue bien, pero en la siguiente, me incliné al lado contrario y salí disparada de la moto, mi marido ni siquiera se dio cuenta de que me había perdido. Afortunadamente, entonces no se circulaba a gran velocidad y un camión que venía por detrás, me recogió, me sentó en la cuneta y me curó las heridas que me había hecho, unos pocos rasguños en la barbilla y la frente.
A todo esto mi marido seguía en la moto tan feliz, sin enterarse de nada, cuando ya había pasado un buen rato, por lo menos habría recorrido dos kilómetros, mi marido se volvió y dijo:
- Pilar, ¿qué te parece como corre esta moto?
Entonces ¡por fin! se dio cuenta de lo sucedido, se asustó mucho porque no sabía lo que había pasado, inmediatamente dio la vuelta y allí nos encontró al camionero que me había socorrido y a mi en la cuneta. Que miedo pasó el pobre pensando que yo estaba herida, pero al ver que estaba bien me dijo:
- Móntate otra vez en la moto, ahora tenemos que dar las gracias a la Virgen porque no te ha pasado nada.
Y así lo hice, pasamos el día en Zaragoza y por la tarde regresamos sanos y salvos a casa.
Recuerdo como si fuera hoy la famosa “Montesa”, nos duró cinco años, hasta que nació mi segundo hijo, ya que mi hija mayor, cuando apenas tenía un año, ya viajaba con nosotros, ella iba en el depósito de la gasolina, mi marido en el medio y yo detrás. Íbamos al pueblo todos los fines de semana a ver a los padres de mi marido, también al campo de excursión, incluso una vez fuimos a Teruel, esa vez, se le estropeó el cambio de marchas y tenía que ir cambiando con la mano, pero nada nos importaba, ¡éramos tan felices!. En nuestra familia aún se recuerda la famosa moto “Montesa”, era el auxilio de todos, ya que como no había dinero para comprar un coche, cuando alguien la necesitaba, no tenía más que pedirla, creo que era la moto más popular de Calatayud.
Pilar Algárate Herrero
Morata de Jiloca
 


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Mi pueblo, ¡qué bonito es!

Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:35:55


Qué bonito es mi pueblo y que pena me da. De 1.174 habitantes que éramos quedamos menos de la mitad. ¡Todos a la capital! y allí ya no se puede ni respirar, están las calles abarrotadas de gente, no se miran, son indiferentes, no se dan los buenos días, ¡donde vamos a llegar! Y dicen que en la capital esta todo muy mal, yo no lo veo así, si quieren trabajar tienen muchos sitios donde ir y sino tienen su paro, su ayuda familiar. Y aquí, en los pueblos ¿qué tenemos? Sí... dan, cuatro subvenciones que les vienen bien a cuatro ricachones, se vive de la agricultura y los chicos jóvenes se tienen que marchar porque los pobres no pueden ni siquiera a sus árboles alimentar. Después vienen los riegos, el agua, ¿dónde está? Si tenemos suerte hay agua, pero el agua debajo de la tierra está y para sacarla mucho dinero nos costará, y el dinero, ¿dónde está?. Nos tenemos que marchar. Lo pagará mi padre con su pensión de viudedad pero al final mi padre con esa paga tampoco la podrá pagar y los árboles morirán.
Pido ayuda al Gobierno no para mi pueblo, sino para todos los pueblos en general porque sería una pena destruirlos tan bien como se está, en la calle te saludas, en la plaza puedes hablar, los hombres en el bar, la partida de cartas, el café se han de jugar y las mujeres todas juntas se van a andar y después su partida de bingo van a echar. La mayoría están muy solas, los hijos los tienen fuera y algo para entretenerse tienen que buscar.
Tenemos buen alcalde, se preocupa por nuestro bienestar, pero no es suficiente, si no le echan una mano nuestro pueblo y los demás a pique van.
Tenemos con nuestros pozos agua que no podemos pagar, y nuestros árboles se mueren ¿merece la pena?. Nuestros ríos se secan de tanto sangrarlos, nos quedamos sin truchas y sin barbos, ¡tan bonitos como son y lo que relaja al mirarlos!. Queremos ese pantano tantas veces prometido, tanta agua en invierno tan mal empleada y cuando tenemos sed no poder regar. Queremos nuestros ríos y acequias con agua, y con truchas, barbos y ranas para oirías cantar y que en las pozas de los brazales los niños a  los barbos puedan tocar y disfrutar de esa piel tan fina, se les van a escapar pero como es verano, los niños con los pies mojados se reirán y gozarán y sus padre y abuelos de verles, contentos y felices estarán.
Mi padre en invierno conmigo se vendrá porque con la estufa en la casa hace frío y no se puede estar. El gasoil va tan caro que con la paga no le va a llegar. Yo estoy contento de con él poder estar y de su compañía poder disfrutar, pero el me dice que no quiere molestar que cuando sea viejo tiempo le quedará. Mi nuera le dice:
- Abuelo, con nosotros puedes estar, que con los niños te puedo necesitar.
- Pero hija, es que pienso que cuando yo os necesite de mi cansados vais a estar. Mientras pueda, en mi casa he de estar, ya llegará el verano y en vacaciones juntos podremos disfrutar. Serán las fiestas y los niños con los juegos y las charangas se divertirán. Yo los cuidaré y por la noche en la verbena vosotros podréis bailar y con los amigos ir a cenar.
Pienso que por poco que nos ayuden, nuestro pueblo hacia arriba irá, la gente ya no se tendrá que marchar y los abuelos de ver más niños en el pueblo, contentos y felices estarán.
Felicidad Castellano
Morata de Jiloca
 


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Una generación

Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:34:56


Los recuerdos que acudían a su memoria no eran personales, eran la realidad de la generación que le tocó vivir. No eran recuerdos basados en el  odio ni en el rencor sino en la nostalgia, en lo que pudo haber sido y no fue. Pensaba en ese colectivo de personas que en la actualidad tendrán entre 50 y 65 años, un colectivo muy olvidado. Niños que apenas pudieron ir a la escuela porque a los doce o trece años tuvieron que empezar a trabajar, a los catorce años ya trabajaban todos, niños a los que nunca se les hizo un test de inteligencia que les capacitase para estudiar, no tuvieron becas, esas “cosas” eran para gente privilegiada.
Entonces había muchos talleres pequeños o empresas familiares, se accedía a ellos por medio de alguna amiga que trabajaba allí, el mismo jefe les preguntaba a sus empleados si tenían a algún familiar que buscase trabajo, si así era, a la semana siguiente ya empezaban con ellos.
La jornada era agotadora, se trabajaba diez horas diarias, empezaban a las siete de la mañana, solían ir en grupo, tenían que andar media hora aproximadamente porque a su barrio no llegaba el tranvía, pero no les importaba, iban contentos, todos juntos con su bocadillo bajo el brazo envuelto en papel de periódico. Había aprendices, caldereros, fontaneros, electricistas, tejedoras... Algunos eran los chicos de los recados, el jefe los mandaba a comprar lo que hacía falta para la oficina, productos de limpieza... A Elena esto le gustaba porque se juntaba con otras aprendizas, tenían que ir corriendo, no podían perder el tiempo, aunque siempre que podían se paraban un momento para ver las carteleras de las películas que ponían en los cines “Delicias” y “Madrid”. De regreso al taller si el jefe les decía que habían tardado mucho, contaban alguna mentirijilla, por ejemplo, que en la tienda había mucha gente.
El sueldo era de 150 pesetas a la semana, las horas extras las pagaban a dos pesetas, pero su mayor alegría era poder ayudar a la economía familiar, Elena entregaba toda la paga a su madre y luego ella le daba la propina.
En el taller cantaban las canciones de moda y también hacían alguna trastada, una sonrisa nostálgica aflora en la cara de Elena al recordar aquella vez... Había en la fábrica un cuarto de baño con una ducha cuya tubería sobresalía por fuera y si se le golpeaba con un palo empezaba a caer el agua, un día, una compañera entró en el baño y ni cortas ni perezosas empezaron a golpear dicha tubería, la muchacha en cuestión salió empapada, como una sopa. El jefe sancionó a las dos aprendizas causantes de tan ingenua broma, su castigo fue de dos días de suspensión de empleo y sueldo, lo consideró una falta grave, ellas no podían parar de reír recordando la imagen de su compañera totalmente mojada, no pensaban en el problema que esto les iba a ocasionar. Entraron en el despacho del jefe y la mar de sonrientes le preguntaron:
- Don Rafael, ¿cuándo empezamos a guardar los dos días de fiesta?
El jefe, que seguramente esperaba que acudiesen llorando, arrepentidas de su mala acción, se sorprendió al verlas tan alegres y les dijo:
- De fiesta nada, a trabajar, vosotras lo que sois es unas gandulas.
Ellas continuaron riéndose, no había malicia, apenas habían dejado de ser unas niñas.
Después del trabajo los chicos solían ir a las academias para prepararse y conseguir un puesto de trabajo mejor, algunos aprobaron oposiciones y su futuro cambió. Las chicas iban con un grupo de misioneras que había en el barrio y les enseñaban Cultura General y Corte y Confección. Allí conocieron un movimiento que en aquellos años tuvo mucho auge, se llamaba J.O.C. o sea, Juventud, Obrera, Católica. Tenían reuniones semanales y les formaban culturalmente. Los domingos se reunía mucha gente joven y hacían diversas actividades, comentaban libros que habían leído, hacían baile y una vez al mes, teatro. Fueron años muy bonitos, un despertar a la vida.
Pasaron los años, la empresa fue creciendo, ahora eran unos 300 trabajadores, o quizás más, el trabajo era agotador, tenían que seguir el rápido ritmo de la cadena. Elena de nuevo vuelve a sonreír, su sonrisa tiene una pizca de amargura al recordar aquel ritmo frenético, por ejemplo, si en invierno alguno estaba enfriado y su compañero no recogía su pieza, no podía ni limpiarse los mocos. Sus hijos se ríen cuando se lo cuenta y piensan que exagera. Pero no es motivo de risa, vivieron su infancia en la posguerra, con muchas carencias alimenticias, sin embargo, se hicieron hombres y mujeres muy fuertes.
Elena sigue recordando la fábrica, entonces los sueldos habían mejorado, los obreros se iban espabilando, lo peor era la poca seguridad que había en el trabajo, era muy duro presenciar un accidente laboral, ella lo sabía bien porque le tocó ver bastantes, dos de ellos mortales... no, pensar en ello era muy doloroso.
Cuando ya estaban llegando a la madurez y creían que tenían una estabilidad económica y laboral, la empresa fue vendida a una multinacional y en tres meses... todos los obreros, cuya edad era alrededor de los 50 o 55 años, fueron despedidos. El miedo y la incertidumbre se apoderó de muchos de ellos, el paro se acababa, encontrar trabajo a sus años se convirtió en una misión casi imposible, para obtener la jubilación eran jóvenes, para trabajar eran viejos. Habían cotizado durante 35 años pero tuvieron que conformarse con una ayuda familiar que apenas les cubría sus necesidades más básicas.
A Elena le da mucha pena que nadie se acuerde de ellos como colectivo, fueron la generación que en los años sesenta y setenta dieron el callo, sacaron la economía del país adelante con mucho trabajo y sacrificio, fueron la generación “hormiga”. Las mujeres fueron las primeras en empezar a trabajar fuera de su casa, antes y después de ellas, las mujeres cuando se casaban cuidaban de su marido e hijos, Elena cree que la sociedad nunca vio con buenos ojos que la mujer trabajase, incluso cuando era tan necesario.
Ella se alegra mucho de que ahora la enseñanza sea obligatoria hasta los 16 años, luego no importa el trabajo que los jóvenes desarrollen, cuanto más se sabe, menos te engañan. Sigue recordando y piensa en un libro de Josefina Aldecoa, en una frase que siempre le ha hecho reflexionar: “Que no se pierda ningún talento por falta de oportunidades”. A su generación se les negaron muchas cosas, sin embargo, los padres que habían estudiado muy poco o prácticamente nada, les dieron muy buenos consejos desde pequeños, consejos que nunca han olvidado.
Manuela Beltrán Lallana
Morata de Jiloca
 


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El alma de todas las olmas

Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:34:27

Bella y hermosa Olma. Tu recuerdo está conmigo, la más grande y poderosa que mis ojos han conocido. Olma en la placita de la Virgen de Alcarraz, tu nombre lleva tu hermosura, allí viviste firme y complaciente y ahora que ya no estás, tus raíces persisten debajo de la tierra como las cenizas de un imperio.
¿Cómo hemos sido tan descuidados y te hemos dejado morir? Tu enfermedad era grave, pero quizás si te hubiéramos cuidado mejor y el ermitaño no se hubiese ido de la casa, puede que no te hubieras marchado para siempre, si hubieses estado viva, seguramente no se habrían llevado al Arcángel San Miguel y al Diablo.
Los que a Morata vienen a la Virgen no dejan de visitar, las cárcavas ven a la derecha y la raíz de la Olma allí junto a la Virgen, en su casa está. ¡Olma sílbeme! A tu sombra cuantos buenos ratos nos has hecho pasar, cuantas conversaciones habrás escuchado de los mayores mientras descansaban bajo tu sombra y cuántos secretos te habrás llevado contigo. Y a los niños, ¿los echas de menos a tu alrededor? También a tu sombra jugábamos alegres y felices, cuántas veces te han rodeado nuestros brazos, tú tan grande, nosotros tan pequeños, éramos necesarios muchos niños para poderte abrazar.
Eras tan fuerte y grandiosa que cuando mirábamos tus ramas, estas parecían que tocaban el cielo y cuando hacía viento y movía tus ramas, estas parecían estandartes que hacían reverencias a la Virgen. ¡Te echamos tanto de menos... ¡ y no solo tus vecinos, sino también las golondrinas que ahora no saben dónde hacer sus nidos y corretean dando vueltas perdidas por allí, se posan en tu tronco y lo picotean dándote besos  ¿y los gorriones? También se acercan y te besuquean, envidiosos de las golondrinas, y saltan y se comen los bichitos y hormigas que tu les das como una madre que alimenta a sus hijitos, ellos agradecidos entre tus cenizas se ponen a cantar, es un canto triste, casi un lamento, lloran como los demás.
Cuántas veces he deseado que alguna de tus raíces volviera a resurgir como una hija nace de su madre. Si yo tengo otra vida, te iré otra vez a visitar, todas mis amigas estoy segura que desearemos contigo jugar, y juntando nuestros brazos te volveremos a abrazar.
La Virgen está triste sin ti, sin trigos en los campos, sin sombra para segar, todas las tierras están secas y desoladas, aunque sin el diablo más tranquila estás, sufres de no saber por dónde andará y los trapicheos y la maldad que él se traerá. Me despido de ti diciéndote que tú eres el alma de todas las olmas, tus otras compañeras tienen una calle en un barrio del pueblo, “la calle de las olmas”, también ellas murieron de tu misma enfermedad o de pena de vivir sin ti porque tu eras la madre de todas ellas.
Igual que persisten tus raíces, también las nuestras te recordarán porque los vecinos de tu pueblo no dejaran que nadie te olvide, a nuestros venideros se les recordará que tú fuiste la olma más grande y más hermosa que vimos jamás, el alma de todas las olmas.
Felicidad Castellano
Morata de Jiloca
 


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