Una generación
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:34:56
Los recuerdos que acudían a su memoria no eran personales, eran la realidad de la generación que le tocó vivir. No eran recuerdos basados en el odio ni en el rencor sino en la nostalgia, en lo que pudo haber sido y no fue. Pensaba en ese colectivo de personas que en la actualidad tendrán entre 50 y 65 años, un colectivo muy olvidado. Niños que apenas pudieron ir a la escuela porque a los doce o trece años tuvieron que empezar a trabajar, a los catorce años ya trabajaban todos, niños a los que nunca se les hizo un test de inteligencia que les capacitase para estudiar, no tuvieron becas, esas “cosas” eran para gente privilegiada.
Entonces había muchos talleres pequeños o empresas familiares, se accedía a ellos por medio de alguna amiga que trabajaba allí, el mismo jefe les preguntaba a sus empleados si tenían a algún familiar que buscase trabajo, si así era, a la semana siguiente ya empezaban con ellos.
La jornada era agotadora, se trabajaba diez horas diarias, empezaban a las siete de la mañana, solían ir en grupo, tenían que andar media hora aproximadamente porque a su barrio no llegaba el tranvía, pero no les importaba, iban contentos, todos juntos con su bocadillo bajo el brazo envuelto en papel de periódico. Había aprendices, caldereros, fontaneros, electricistas, tejedoras... Algunos eran los chicos de los recados, el jefe los mandaba a comprar lo que hacía falta para la oficina, productos de limpieza... A Elena esto le gustaba porque se juntaba con otras aprendizas, tenían que ir corriendo, no podían perder el tiempo, aunque siempre que podían se paraban un momento para ver las carteleras de las películas que ponían en los cines “Delicias” y “Madrid”. De regreso al taller si el jefe les decía que habían tardado mucho, contaban alguna mentirijilla, por ejemplo, que en la tienda había mucha gente.
El sueldo era de 150 pesetas a la semana, las horas extras las pagaban a dos pesetas, pero su mayor alegría era poder ayudar a la economía familiar, Elena entregaba toda la paga a su madre y luego ella le daba la propina.
En el taller cantaban las canciones de moda y también hacían alguna trastada, una sonrisa nostálgica aflora en la cara de Elena al recordar aquella vez... Había en la fábrica un cuarto de baño con una ducha cuya tubería sobresalía por fuera y si se le golpeaba con un palo empezaba a caer el agua, un día, una compañera entró en el baño y ni cortas ni perezosas empezaron a golpear dicha tubería, la muchacha en cuestión salió empapada, como una sopa. El jefe sancionó a las dos aprendizas causantes de tan ingenua broma, su castigo fue de dos días de suspensión de empleo y sueldo, lo consideró una falta grave, ellas no podían parar de reír recordando la imagen de su compañera totalmente mojada, no pensaban en el problema que esto les iba a ocasionar. Entraron en el despacho del jefe y la mar de sonrientes le preguntaron:
- Don Rafael, ¿cuándo empezamos a guardar los dos días de fiesta?
El jefe, que seguramente esperaba que acudiesen llorando, arrepentidas de su mala acción, se sorprendió al verlas tan alegres y les dijo:
- De fiesta nada, a trabajar, vosotras lo que sois es unas gandulas.
Ellas continuaron riéndose, no había malicia, apenas habían dejado de ser unas niñas.
Después del trabajo los chicos solían ir a las academias para prepararse y conseguir un puesto de trabajo mejor, algunos aprobaron oposiciones y su futuro cambió. Las chicas iban con un grupo de misioneras que había en el barrio y les enseñaban Cultura General y Corte y Confección. Allí conocieron un movimiento que en aquellos años tuvo mucho auge, se llamaba J.O.C. o sea, Juventud, Obrera, Católica. Tenían reuniones semanales y les formaban culturalmente. Los domingos se reunía mucha gente joven y hacían diversas actividades, comentaban libros que habían leído, hacían baile y una vez al mes, teatro. Fueron años muy bonitos, un despertar a la vida.
Pasaron los años, la empresa fue creciendo, ahora eran unos 300 trabajadores, o quizás más, el trabajo era agotador, tenían que seguir el rápido ritmo de la cadena. Elena de nuevo vuelve a sonreír, su sonrisa tiene una pizca de amargura al recordar aquel ritmo frenético, por ejemplo, si en invierno alguno estaba enfriado y su compañero no recogía su pieza, no podía ni limpiarse los mocos. Sus hijos se ríen cuando se lo cuenta y piensan que exagera. Pero no es motivo de risa, vivieron su infancia en la posguerra, con muchas carencias alimenticias, sin embargo, se hicieron hombres y mujeres muy fuertes.
Elena sigue recordando la fábrica, entonces los sueldos habían mejorado, los obreros se iban espabilando, lo peor era la poca seguridad que había en el trabajo, era muy duro presenciar un accidente laboral, ella lo sabía bien porque le tocó ver bastantes, dos de ellos mortales... no, pensar en ello era muy doloroso.
Cuando ya estaban llegando a la madurez y creían que tenían una estabilidad económica y laboral, la empresa fue vendida a una multinacional y en tres meses... todos los obreros, cuya edad era alrededor de los 50 o 55 años, fueron despedidos. El miedo y la incertidumbre se apoderó de muchos de ellos, el paro se acababa, encontrar trabajo a sus años se convirtió en una misión casi imposible, para obtener la jubilación eran jóvenes, para trabajar eran viejos. Habían cotizado durante 35 años pero tuvieron que conformarse con una ayuda familiar que apenas les cubría sus necesidades más básicas.
A Elena le da mucha pena que nadie se acuerde de ellos como colectivo, fueron la generación que en los años sesenta y setenta dieron el callo, sacaron la economía del país adelante con mucho trabajo y sacrificio, fueron la generación “hormiga”. Las mujeres fueron las primeras en empezar a trabajar fuera de su casa, antes y después de ellas, las mujeres cuando se casaban cuidaban de su marido e hijos, Elena cree que la sociedad nunca vio con buenos ojos que la mujer trabajase, incluso cuando era tan necesario.
Ella se alegra mucho de que ahora la enseñanza sea obligatoria hasta los 16 años, luego no importa el trabajo que los jóvenes desarrollen, cuanto más se sabe, menos te engañan. Sigue recordando y piensa en un libro de Josefina Aldecoa, en una frase que siempre le ha hecho reflexionar: “Que no se pierda ningún talento por falta de oportunidades”. A su generación se les negaron muchas cosas, sin embargo, los padres que habían estudiado muy poco o prácticamente nada, les dieron muy buenos consejos desde pequeños, consejos que nunca han olvidado.
Manuela Beltrán Lallana
Morata de Jiloca














