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Prólogo
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:54:30
A lo largo del tiempo recibimos propuestas que aceptamos o rechazamos con mejor o peor acierto. Y tanto si las aceptamos o no, condicionan o cambian nuestra vida.
Cuando desde el Centro de Educación de Adultos me propusieron formar parte del Jurado Literario de Relatos, me ilusionó la idea. Acepté, sin pensar en cuántos folios debería leer o si sería muy complicado encontrar un ganador. Mis ojos de lectora empedernida -capaces de leer hasta la guía telefónica, a falta de otro texto que llevarme a los ojos- se ilusionaron como digo. Me prometía a mí misma que me iba a divertir y que tendría la excusa perfecta para aparcar asuntos menos agradables en favor de una sana lectura. No me arrepiento de haber aceptado.
Cada una de esas historias fueron como pequeños destellos que se colaron hasta mi alma y me "tocaron". ¡Hubo tantas cosas que me regalaron aquellos relatos, tantas historias verdaderas, tantos momentos mágicos que me miraron y en los que me miré mientras leía! A veces me hubiese gustado premiarlo todo, porque en todas había una emoción sincera, un pedacito de ternura, una sombra de dulce tristeza, una añoranza de sentimientos perdidos... Todas sonaban a música antigua y nueva a la vez. Todas tenían dedos de luz para agujerear el corazón. Algunas me hicieron sonreír, otras me devolvieron la mágica inocencia de la infancia, otras me hablaron del amor imposible, o del amor perdido... Hubo quiénes hablaron de amistad y de lazos de afecto que perduran a través de los años, aunque los amigos estén separados. "Lejos de los ojos, cerca del corazón", dice un proverbio árabe.
Y hubo quien nos enseñó ilusiones recientes, brotes verdes de ternura por el nieto recién nacido, o por el hijo que va descubriendo planetas nuevos en cada rincón del cuarto de estar. ¡Qué olor a recién estrenado tiene todo cuando tenemos un niño a quien mirar!
Algunos relatos fueron "una postal en sepia" donde se reflejaban momentos de un pasado que parecía tan lejano en el tiempo y que había sido tan reciente.
Cuando un relato consigue emocionar nuestro corazón es porque nos deja ver nuestros sentimientos reflejados en él. Algo de nosotros también está presente en esas líneas, porque el sentimiento es universal y todos podemos sentir algo parecido a lo que leemos.
Yo siento un profundo agradecimiento por haberme dejado asomar al mundo interior de quienes escribieron esas historias y dieron testimonio de cuanto sentían.
A veces da pudor enseñar el alma a los otros, dejarles ver nuestro rincón privado donde guardamos las cosas que no queremos mostrar a nadie más. Pero también sé que es un buen ejercicio y que nos sanea el alma. Sé que nos ayuda a soltar el lastre y nos hace mucho más libres.
Os agradezco que hayáis contado conmigo para embarcarme en esta aventura, y que me hayáis convencido para ser reincidente.
Gracias por haber reunido tanta sensibilidad y por haberme dado tanto con la lectura de vuestros relatos. He recibido muchísimo más que he dado. Siempre me sentiré en deuda con vosotros ¡Por favor! No dejéis de escribir. No dejéis nunca de buscaros dentro, y de transmitirnos lo que veis en vuestros espejos interiores, y de hacérnoslo ver a los demás.
Un saludo de todo corazón para quienes ponéis el alma en los relatos.
Blanca Langa Hernández
Pensamientos
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:53:00
Que bien se está aquí, sentada en este sillón tan cómodo, al solecito que entra por la ventana y sobre todo con mi gato Jeremías, enroscado en mi regazo, tranquilamente dormido, es tan suave.
Me parece escuchar a la que, pienso es mi hija y un señor que no conozco. Escucho prestando más atención, sí, es ella. ¿Por qué llora? El señor le dice que tenga paciencia y resignación, que su madre, tiene Alzheimer, en su última fase. Pobrecita, no llores hija mía.
Jeremías se está moviendo, cambia de posición y continua durmiendo, lo acaricio con mi mano, que suave, que paz me trasmite, me hace recordar tantas cosas, tantas, tantas.
Estoy jugando con una muñeca de trapo, con mi amiga Ana, estamos es su casa, mi madre me ha dejado al cuidado de la suya, pues se ha ido a lavar, al lavadero municipal. Tengo hambre y salgo a la calle para ver si viene. Ahí llega, con sus sayas, su toquilla y su rodete en la cabeza para llevar el balde con la ropa de toda la familia.
En esta época la vida era dura, las casas no tenían comodidades, ni agua corriente, ni frigorífico, ni televisión, por no haber casi ni comida para alimentar a cuatro hijos y el matrimonio, pero que feliz que era yo. Mi madre me mimaba, al igual que mi padre y mis hermanos mayores, aunque esto no sucedía con el hermano pequeño, el anterior a mí, que me tenía unos pocos celos, pero aun así, todos compartíamos lo poco de que disponíamos.
Mi madre me llama y me voy con ella a casa, me dice que viene muy cansada y se va directamente al balcón a tender. Cuando termina, nos vamos a la cocina a ver los pucheros que hay en el hogar, cociendo a fuego lento, hoy tenemos cocido. Mi madre echa un poco de leña al fuego para que se termine de hacer la comida. Coge otro puchero más pequeño y echa caldo del grande, donde se está haciendo el cocido, me dice que va a escullar la sopa.
Se oyen ruidos en la calle, me asomo a la ventana y veo a mi padre y a mi hermano mayor "mamá, mamá que viene papá", las dos bajamos a la calle, para ayudarles a meter las verduras y las patatas al patio, mientras ellos, desaparejan las caballerías para meterlas en la cuadra.
Mi padre le dice a mi hermano, que vaya a darles agua a la fuente y yo me pongo muy contenta, pues siempre que pasa esto, mi hermano me monta en una de ellas y se me lleva con el a abrevar a las mulas.
Se va también encima de éstas, son tan altas, es como si de golpe hubieras crecido un montón, te sientes tan alta como tu padre y no tienes miedo, pues mi hermano la lleva despacio, con el cabo en la mano para que no den ningún traspiés y yo este segura.
De vuelta del abrevadero, mi hermano mete a las mulas a la cuadra para que coman, hasta que se las lleven a la tarde, de nuevo al campo.
Llegan también mis otros dos hermanos de la escuela, con su macutillo del bocadillo y la cartera, me gusta quitarles esta última para coger la enciclopedia y mirar los dibujos que hay en ella, según del humor que estén me dejan o no, si es esto último me enfado un montón, pues a mí me gusta mucho este libro, ellos me dicen que cuando vaya al colegio no me gustará tanto, no se porqué lo dirán.
Como ya estamos todos en casa, mi madre se dispone a poner la mesa para comer. Está es redonda y a su alrededor están colocadas las seis sillas, la mía tiene un cojín grande, pues si no, no llego a comer.
Mi madre pone las cucharas y un cuchillo para partir el pan, este es de hogaza, muy bueno, lo hacen mi madre y mi abuela una vez a la semana en un pequeño horno que tiene ésta en su casa, luego lo tapan con unos paños blancos y lo meten en el arca de madera, así tenemos pan para varios días.
Cuando ya estamos sentados todos, saca la sopa en una fuente que coloca en el centro de la mesa, mi padre siempre acerca la fuente un poco más hacia mi lado, para que yo pueda acceder a la comida "mi padre es muy bueno". Todos nos lanzamos a comer la sopa, aunque hay que esperar un poco, pues quema bastante.
Acabado el primer plato pone en la misma fuente los garbanzos y en otra, aparte, el tocino, la morcilla y la carne. Lo que más me gusta del cocido, es la rebanada de pan que mi madre me unta con tocino, ella me dice que coma garbanzos, pero para mí con la sopa y la rebanada ya tengo bastante, cosa que mis hermanos agradecen, pues ellos tocan a más.
Una vez finalizada la comida, mi padre y mi hermano mayor se echan la siesta y mis otros dos hermanos se suben al granero para no molestar. Pero mi madre recoge los cacharros de la comida en un balde, se lo pone en la cabeza, un cántaro en el costado y a la fuente a lavar la vajilla, y de paso a por agua, a mí me da una pequeña botija y la acompaño.
Cuando llegamos a la fuente hay más mujeres haciendo lo mismo, también algunas niñas, mientras las madres friegan los cacharros y llenan los cántaros y botijas de agua, nosotras jugamos.
De vuelta a casa mi madre se va a echar la siesta con mi padre y yo...
¿Qué te pasa Jeremías, por qué te mueves?. Te ha molestado ese ruido, es esa señora que esta meneando las sillas, está fregando el suelo, ¿qué le pasara? Todavía sigue llorando.
...Me subo al granero con mis hermanos que están jugando, con unos carros que se han hecho, con unas cajas de cartón, yo me pongo a jugar con mi muñeca, pues ellos no me hacen ni caso.
Mi madre llama a mis hermanos, desde abajo y los tres bajamos corriendo, ellos se tienen que ir a la escuela y a mí me dice, que nosotras nos vamos con mi padre al campo.
Después de cargar a las mulas con los aperos de labrar nos ponemos rumbo a la finca, esta vez vamos todos andando, pues la yunta de mulas va muy cargada.
Ya en la finca mi padre se dispone a preparar el arado, para sujetarlo a las mulas con las colleras y el yugo para poder labrar.
Mientras él labra, mi madre se sienta debajo de un chopo y saca sus agujas de hacer punto, está haciendo un jersey.
Yo me acerco al río para jugar, no sin antes oír las advertencias de mi madre para que tenga cuidado de no mojarme, pero cojo mi lata para sacar agua y hacer barro el la orilla, ya se que luego vendrá ella a lavarme las manos.
Cuando mi padre acaba de labrar le hago bajar al río para que me enseñe a tirar piedras y hacerlas saltar varias veces, pero yo no consigo que salten casi nunca. Siempre que bajamos al río lo intentamos, pero yo debo de ser muy torpe, pues nunca lo consigo, mi padre cuando se cansa me toca la cabeza y me da ánimos para que siga practicando, mientras él, se dispone a arreglar de nuevo las mulas para cargarlas y volver a casa.
Por el camino nos paramos debajo de las buitreras para ver como vienen los buitres a sus nidos. A mí me dan miedo, se ven tan grandes, pero mis padres me tranquilizan, me dicen que no hacen nada, que son carroñeros, yo no sé lo que es eso.
Cuando llegamos a casa me voy a la cocina a beber agua del botijo, mi madre se acerca y me da una onza de chocolate y un coscurro de pan. A veces pienso que es adivina, pues siempre me da las cosas que yo necesito, ahora tenia mucha hambre, después de la caminata.
Mis hermanos llegan del cole, y también les da chocolate con pan ¿Les habrá leído también a ellos el pensamiento?. Por como se comen el chocolate, creo que sí.
Ella se pone a preparar la cena, me parece que serán patatas cocidas, pues saca el cesto y se pone a pelarlas, si fueran fritas, las pelaría mas tarde.
Me voy a jugar con mi amiga Ana a la calle hasta que sea hora de cenar. Ana es mi mejor amiga y como vivimos en el mismo barrio pasamos muchas horas juntas, jugando, además nuestras madres nos dejan al cuidado de una o de otra según las cosas que ellas tengan que hacer.
La mía nos invita en este momento a ir con ella al corral y nosotras encantadas. Cuando llegamos a éste, ella se dispone a hacer la pastura para el cerdo, que luego mataremos en la matanza, y nos manda a nosotras al gallinero para recoger los huevos, en el cestillo de mimbre, así lo hacemos.
Hoy ha habido suerte, pues hemos recogido nueve huevos. Cuando termina de echarle de comer al cerdo, vamos con ella a otra pequeña choza, donde están los conejos y mientras les echa agua, mi amiga y yo les echamos alfalfa para que coman.
Los conejos son los animales que tenemos, que más me gustan, pues cuando los miras ellos mueven la nariz, como queriendo decir algo, aunque no sé el qué.
Con el cestillo de los huevos y habiendo arreglado a los animales hasta mañana, nos dirigimos a casa, eso si, con mucho cuidado de no romper los huevos, pues casi seguro que serán parte de la cena.
Yo me quiero quedar un rato más jugando con Ana, pero mi madre no me deja, dice que hay que cenar, me despido de ella, no sin refunfuñar un poco, pero de poco me sirve.
De nuevo, todos sentados alrededor de la mesa y en el centro la fuente con las patatas y la hogaza de pan, y de segundo no me equivocaba, huevos fritos en manteca que mi madre hace tan buenos y que saben tan bien.
Después de cenar y de recoger todo, se encienden los candiles, pues ya casi no se ve, y sentados alrededor del hogar cada uno cuenta lo que le ha pasado en el día, mis hermanos cuentan sus trastadas, todos nos reímos.
Mi padre saca su petaca y se lía un cigarro de su tabaco picado, a mí me gusta la habilidad que tiene para liarlos, cuando se lo va ha encender yo le pido el chisquero para encenderlo, dándole a la ruleta para que se produzca la chispa que prenda la mecha, luego a soplar para que esta no se apague, se lo doy a mi padre para que se encienda el cigarro, cuando apaga el chisquero, queda ese olor tan característico de la mecha quemada.
Finalizado el cigarro, todo el mundo a la cama que "mañana es día de escuela".
¡Oh! ¿Te has despertado? Jeremías, estate quieto.
Fíjate ella sigue llorando, que pena me da, si supiera lo feliz que soy, mis recuerdos son tan buenos, mi cabeza ha desechado los malos, que suerte.
Ay Jeremías, Jeremías, si mi cerebro me dejara decirle que no se preocupara, que todo está bien, que no sufra por mí.
Hija mía, aunque pienses que no te conozco, solo sé que te quiero, aunque mi enfermedad me impida decírtelo. Mi niña, no llores más, mi niñita.
Manuela Lacal González
Moros
Primer premio año 2003
Un verano inolvidable
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:52:42
Aquel verano debió de ser el más interesante de toda su vida. Estaba seguro de que jamás lo podría olvidar, pero, por si acaso, decidió contárselo al amigo más fiel que se puede tener "un diario". A él lo contaba sus sentimientos, sus más íntimos secretos y el recuerdo para siempre de unos días inolvidables.
¡Hola diario! mi nombre es David, tengo doce años y ¡nos vamos de vacaciones al pueblo!. Papá ha dicho que así lo había decidido y que así se haría.
Mamá le miraba extrañada ya que desde que murió la abuela, no hemos vuelto a ir por allí ( a papá le trae recuerdos) pero yo ya tengo ganas.
Si veras, es un pueblecito pequeño pero precioso, lleno de casas blancas y macetas con geranios. La casa de los abuelos está cerca de la carretera. Recuero el ronco pitido de los camiones, la vieja parra cuajadita de uvas y la gran valla blanca.
He oído decir que el abuelo ha hecho algunos cambios, espero que no muchos y que todavía siga allí el armarito con olor a especias.
Mi padre es transportista y ama a los camiones con todo su corazón, (a veces pienso que más que a mi madre), y quiere que cuando yo sea mayor trabaje de transportista, dice que lo llevo en la sangre. He tratado de explicarle, como siempre, mi ilusión por ser bombero como el hermano de mi amigo Jesús que ya tiene dos medallas al honor. A veces sueño con él; los dos estamos en una habitación, las llamas nos rodeaban, hay un niño gritando... de una patada derribamos la puerta y corremos con él como a cámara lenta por un largo pasillo. En la calle la gente nos espera gritando ¡Vivan los S-H-A-L-L! (que significa SUPERHÉROES ANTILLAMAS) y será el nombre con el que nos llamarán cuando yo sea bombero.
Papá se ha enfadado, siempre que le digo lo de ser bombero se enoja mucho conmigo. El sigue con su rollo, ahora se ha empreñado en que tengo que ir a ver un gran camión, en cuanto lo ha visto me ha dicho (así como en trance) ¿A que tiene algo de magia David? Y yo pienso que debe ser verdad pues a mí jamás me ha mirado como lo estaba mirando a él.
Después de cenar, me voy a mi dormitorio y me acuesto, corro las cortinas y miro al cielo ¡Está bonito todo lleno de estrellas!. Pienso en el pueblo y en lo “guay” que sería si todavía viviera la abuela ¡Pobrecilla! Cuando se puso tan enferma yo pensé "mi abuela no puede morirse, es Navidad"... pero ella se fue y mamá me contó una historia, que había subido al cielo, que estaría con los ángeles y que podría comer el turrón de almendra que tanto le gustaba.
Después de un viaje sin novedades llegamos al pueblo del abuelo, eso sí, llenos de paquetes, pero todos muy felices y contentos.
No era verdad, el abuelo no ha hecho ningún cambio. Todo sigue igual, solo que sin la abuela.
Mientras mamá colocaba todo el equipaje, papá y el abuelo charlan ¡cómo no! de camiones.
Sobre el mueble hay una foto de la abuela ¿quieres saber cómo era?...¡guapísima!, ella tenía las mejillas llenas de pecas y la piel suave como el melocotón. Recuerdo que la noche en que se fue soñé que los dos caminábamos por un campo lleno de margaritas y ella llevaba un pequeño ramillete en la mano.
Son las fiestas del pueblo, papá y mamá se lo deben de estar pasando bien porque apenas me regañan. Mi abuelo y yo hemos ido paseando hasta el viejo corralón en donde debajo de un cobertizo se encontraba un camión no menos viejo y destartalado, y es que el abuelo en sus tiempos, también fue transportista ¡qué triste! es un amasijo de hierro, a su alrededor zumbaban las avispas y las moscas, en medio del corralón hay un pequeño embalse de agua llenito de ranas, he intentado coger alguna.
Luego he subido al viejo camión, en el interior hay tornillos, trapos sucios, cagadas de paloma, cristales rotos y algunos nidos.
-Abuelo ¿lo limpiamos?.
Él se ha quedado pensativo, después de un rato me ha preguntado que por qué quería hacerlo y yo le he dicho la verdad, que no lo sabía, que es algo que me pide el corazón, entonces ha dicho que vale, que las cosas buenas que te pide el corazón debes de dárselas, porque sino luego llegan los remordimientos. ¡Está quedando guay!, yo llevo los cubos de agua y él los echa sobre el camión, dice que yo he de trabajar más porque soy su ayudante y él es mi jefe "menudo morro".
Ha comprado pintura roja y azul y ha gastado un montón de dinero, todo de su bolsillo, para que luego mamá diga que es un tacaño. Hoy cuando estábamos trabajando en el camón el abuelo y yo, han aparecido unos vecinos y han estado admirando nuestro trabajo y nos han animado.
Pienso que es muy divertido trabajar junto a mi abuelo, creo que estamos más unidos que nunca. Mientras pintamos, hablamos de nuestras cosas, de nuestros secretos. El me cuenta viejas historias de cuando era transportista, pero son muy distintas de las de papá. Me encanta escucharle porque entonces su rostro sufre una metamorfosis. Él me habla bajito, suave, con los labios temblando de alegría, él también me escucha cuando yo le hablo y nunca se enfada si le cuento que de mayor quiero ser bombero.
Hoy el abuelo me ha enseñado a soñar despierto. Estaba sentado en el asiento del conductor, yo en el del piloto, me ha tapado la cara con un pañuelo de cuadros, luego con una voz casi de susurro me hablaba y cuando hemos cogido velocidad y el pelo se me ha revuelto por el aire, los he visto, he visto los paisajes más maravillosos que jamás pueda imaginar y que solo pueden existir en los sueños de algunos cuentos de hadas.
Son los cuatro de la mañana, me visto rápidamente y salgo de la casa sin hacer ruido; afuera hace frío, de pronto, siento un miedo terrible, estoy titiritando, no sé si de frío o de pánico. Busco en la oscuridad el viejo camión pero cuando ya estoy llegando arriba, siento que resbalo, intento sujetarme con fuerza pero es inútil. Se oye un grito en la noche ¡SOCORRO!, es mi voz, estoy cayendo al vacío, la tierra me golpea y mis pensamientos paran.
¿Me habré muerto? Apenas puedo abrir los ojo, me duele la cabeza, pero ya no tengo frío. Veo como entre sueños unas figuras, se van acercando lentamente, creo que son ángeles ¡Ah! ya, sé, me he muerto, estoy en el cielo y veo ángeles, pero, enseguida me doy cuenta de que esto es imposible porque uno de ellos tiene la cara del abuelo.
-¡David! ¿Te encuentras bien?
Miro a mi alrededor ¿Cómo habré llegado hasta aquí?, papá, mamá y el abuelo me hacen la misma pregunta, pero no lo sé. El abuelo tiene los ojos llenos de chispitas como si fuera a llorar. Papá me coge en brazos y todos regresamos a casa.
Me han dado tres punto en las cabeza, no sé si será del golpe, pero no logro recordar cómo subí a la colina, es como un misterio entre ella, la noche y yo.
Hoy han venido a verme un grupo de señores muy trajeados y han estado hablando largamente y no han dejado de hacerme preguntas sobre el camión. ¡Qué pesados! Papá y el abuelo se echaban miraditas de reojo, cuando por fin se han marchado, papá ha exclamado: "¡David! se llevan el camión a un museo", yo me he quedado sin habla.
El abuelo se ha acercado a mí, tenía la voz y las manos temblorosas: "¿No estás contento verdad?, él me conoce, sabe mis sentimientos, ¡habíamos hecho tantos planes para el camión!, no entiendo por qué ahora se acuerdan de él, ¿por qué hacen esto?.
En un museo no será igual, estará otra vez olvidado, olvidado por el aire, por los pájaros y por las noches, la luna, las estrellas. Allí podrá sentirse admirado, pero nunca podrá hacer soñar a nadie y eso me entristece porque junto al abuelo, he aprendido que subirme a un camión es soñar, es magia, es fantasía, es misterio...
Amigo diario, mañana regresamos a casa. Terminaron las vacaciones. Han sido unos días inolvidables, el abuelo ha quedado en llamar para darme noticias sobre el camión ¿me guardas el secreto? papá llevaba razón, creo que dentro, muy dentro de mí, yo también llevo la magia, la fuerza del camión en la sangre.
Pilar GómezMartínez
Calatayud
Segundo Premio año 2003
Mi pequeña historia
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:52:02
¡Hola! Os voy a contar mi pequeña historia, la de mi vida; porque yo soy muy pequeñito, bueno la verdad es que no tengo muy claro ni quien soy. Veréis. Vivo en una mamá. Al principio creí que me llamaba “pequeño hijito” o “cariño” o “mi amor”, pero, ahora que ha pasado algún tiempo estoy convencido de que mi nombre es “Hermanito”.
No sé cómo pude meterme en mamá, pero ¡Aquí estoy! Y muy contento. Vivo en una bolsita con agua ¡agua!, Así debí de entrar en mamá, al beber agua.
Todavía estoy muy asustado. Estaba dormido sentí algo frío y me moví un poquito, pero “aquello” iba detrás de mí y me apretaba, además estaba aquel ruido tan fuerte de tac, tac, tac, me quedé quieto y oí la risa de mamá ¿cómo podía reírse?. Escuché muy atento y una voz que yo no conocía estaba diciendo: “Ves, ahí tiene los brazos y ahí, las piernas”. Decidí marcharme. “¡Mira! -continuó diciendo la voz- ahora se ha movido”. Volví a quedarme quieto. La voz continuaba: “quizás no sea un niño, aquí falta algo”. ¿Cómo que no soy un niño?, y ¿qué es eso de que falta algo?. “Lo de abajo” -siguió la voz. Son mis piernas, esto de arriba serán los brazos; tengo los ojos, la nariz y la boca, además de un montón de cosas; así que ¿qué me falta?. Seguí escuchando. “No se ve bien, en la próxima ecografía se verá mejor”.
Al final me han dejado en paz, pero, ahora no puedo dejar de moverme pues sigo asustado. No me ha gustado nada que dijeran que quizá no fuera un niño porque me faltaba no sé qué. Le digo a mamá que soy su niño su ”Hermanito” pero ella no me escucha ¿Por qué yo la oigo y ella a mi no?.
Estoy aprendiendo mucho escuchando a mamá. Sé que tengo también un papá, aunque no sé lo que es. Además un “Hermanito”. Desde que sé que soy un” Hermanito” estoy echo un lío, porque ¿cómo no estamos juntos?, ¿cómo sabré cuando hable mamá a quién se refiere?.
Hoy por fin he entendido lo que estaba pasando. Es que como soy tan pequeñito, confundo las cosas, pero yo soy el único “Hermanito”; el otro niño es Carlos y me gusta su voz, seguro que será mi amigo, aunque no me ha escuchado cuando se lo he dicho.
Cada día que pasa, noto que voy creciendo y eso me tiene preocupado; antes, podía moverme pero ahora cada vez tengo menos espacio para hacerlo. Se lo digo a mamá, pero ella”como siempre” no oye mi voz.
Aquí no gana uno para sustos. Yo estaba tan tranquilo cuando de repente, mamá ha comenzado a quejarse, he intentado darle un poquito con mi pie para que supiera que estaba con ella, y en ese momento me he dado cuenta que no me puedo mover y lo peor de todo es que mamá no se encuentra bien.
Esto no me gusta, estoy cabeza abajo. ¿Y mi agua?, ¿dónde está el agua de mi bolsita? ¡Mamá!
¡Me voy a caer! No me gusta esa voz de quien me ha cogido por los pies, además, aquí hace mucho frío. Yo quiero vivir donde..., buaa.… buaa... !Una mano enorme me ha dado una zurra! ¡Mamá!. Por fin mamá me ha oído y me ha cogido entre sus brazos. ¡Qué bien se esta aquí! Me ha colmado de besos, yo también quería besarla y he abierto mi boquita para hacerlo, pero, no sé por qué han creído que tenia “hambre”. No sé que es eso del “hambre” pero deben de tener razón pues me ha gustado lo que sale de esa fuente redonda que tiene mamá, bueno tiene dos, pero tengo que succionar para poder beber.
“María”... la voz de mamá me ha despertado, pero ¿dónde estoy?. Busco con mis manitas y mis pies, pero aquí no esta mamá, ¡Ya empezamos!. Además ¿con quien habla?. He llorado y mamá me ha colmado de besos y ha vuelto a llamar a María, no sé quien será esa dichosa María.
Bueno aquí sigo y ahora ya conozco a mi Hermanito Carlos. No sé muy bien si es o no es mi amigo, porque cuando mamá no mira, me quita el chupete. Él no tiene, así que yo se lo dejo un ratito. También he conocido a papá. Me da muchos besitos pero raspa un poco.
¡Ah! se me olvidaba, ya sé quién es María ¡María soy yo”
María Teresa Rodríguez Miguel
Calatayud
Tercer premio año 2003
Francisca
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:51:21
Francisca era una mujer muy humana y digo muy humana porque desde muy joven lo demostró. Se quedó sin madre muy joven y a su cargo quedaron dos hermanos más pequeños que ella. Decidió que no se casaría hasta que sus hermanos no fueran mayores y se valiesen por si mismos y así lo hizo. Se casó ya bastante mayor con un mozo de un pueblo vecino al suyo y allí se marchó a vivir. Llevaba aproximadamente cinco años de casada cuando empezó a preocuparse porque no tenía hijos, creía que era por ser mayor, pero al poco tiempo tuvo dos hijas preciosas.
En el pueblo cuando llegó apenas conocía a nadie pero al poco tiempo todos la querían por su manera de ser y su bondad. Vivía en la misma calle que sus suegros y su cuñado, este ya casado, los suegros ya eran muy ancianos y Francisca iba todos los días a limpiarles la casa y cuando se marchaba ya les dejaba la comida preparada para que el abuelo la terminara de hacer porque a la abuela se le iba algo la cabeza.
Su marido se ocupaba de que no les faltara de nada, sobre todo la leña al llegar el invierno y pasaba muy a menudo a verlos. Un día el marido de Francisca pasó a ver a sus padres como de costumbre, al entrar en la casa oyó ruidos en el corral, se encontró con su hermano que estaba llevándose la leña que el había preparado a los abuelos y discutieron.
Muy enfadado entró en la casa y les contó a sus padres que su hermano en vez de preocuparse por ellos lo que hacía era quitarles la leña que el les había preparado, los abuelos en lugar de enfadarse, casi le dieron la razón al otro hijo, así que se fue a su casa muy disgustado y le contó a su mujer lo que había pasado, le prohibió que a partir de ese día fuese a hacerles las faenas de la casa que ella habitualmente les hacía.
Francisca se quedó muy preocupada, entendía las razones de su marido pero ella no podía abandonar a sus suegros de esa manera así que a la mañana siguiente, cuando su marido se fue a trabajar con su burrica, le dijo a su hija pequeña:
- Anda, asómate a la calle a ver si ya no se ve a tu padre que yo voy a pasar a casa de los abuelos, pero no se lo digas a tu padre porque se enfadará conmigo.
Así lo hicieron todos los días que le duró el enfado a su marido, al cabo de unos días Miguel que así se llamaba el marido de Francisca le dijo a esta :
- Oye, vamos a pasar a ver a mis padres porque no paro de acordarme de ellos, a saber como tendrán la casa, ya sabes que la cuñada no se preocupa nada por ellos.
La hija pequeña, al oír esto preguntó a su madre.
- Mamá, entonces ¿ya no tendré que asomarme mas a la calle a ver si ya no se ve a papá para que tu vayas a casa de los abuelos?
El padre, marido de Francisca, se quedó mirando a esta, movió la cabeza y le echó una sonrisa. Fueron a casa de los abuelos y estos cuando vieron a su hijo se alegraron muchísimo y se echaron a llorar , desde entones todo volvió a ser como antes.
En aquellos años por los pueblos iban a pedir limosna muchos mendigos y gitanos, pero de la puerta de Francisca nadie se iba con las manos vacías.
Un día se acercó una gitana a pedir algo para comer, cuando salió Francisca a darle un trozo de pan vio que la gitana estaba a punto de dar a luz. Le preguntó que cuanto tiempo le faltaba para que naciera el niño, la gitana le dijo que en cualquier momento ya que estaba friera de cuentas, pensaban quedarse en el pueblo hasta que el niño naciera.
Francisca le preguntó si ya tenía los fajeros para cuando naciera el niño y ella le dijo que tenía unas pocas cosas que le había dado una señora, entonces le dijo que volviese por la tarde, que ella le buscaría algo, y así lo hizo. Francisca le preparó todos los fajeros que ella tenía de cuando nacieron sus hijos, cuando la gitana volvió por la tarde y vio lo que le había preparado, se puso tan contenta que apenas acertaba a darle las gracias, Francisca entones le dijo:
- Mira, como creo que aquí no conoces a nadie, si en el momento de dar a luz me necesitas, no dudes en llamarme. que iré a ayudarte en lo que haga falta.
Y así fue, cuando la gitana se puso de parto, su marido fue a buscar al médico del pueblo, pero éste no estaba, se había ido a cazar. El gitano volvió a la cueva donde estaba su mujer muy preocupado, le dijo que el médico no estaba, la gitana entonces se acordó de Francisca, le dijo a su marido que una señora del pueblo se le había ofrecido para lo que hiciera falta, que fuera a buscarla.
El gitano muy nervioso fue a buscar a Francisca y esta no se lo pensó dos veces, se fue a la cueva y le dijo al gitano que calentara una lata de agua. Nació el niño y ella lo recogió, limpió al niño y a la madre y se fue a su casa. Al caer la tarde cuando su marido Miguel vino de trabajar del campo, fueron los dos a la cueva para ver que tal estaban el niño y la madre, como los dos estaban muy bien, cambió al niño y les dejó la cena que les había subido, les dijo que por la mañana volvería a subir y se fueron a casa. Efectivamente, a la mañana siguiente volvió a subir a la cueva y así lo hizo durante los cuatro días que estuvieron los gitanos en el pueblo, limpiándoles y llevándoles la comida todos los días.
Pero esto no es todo, Francisca, cuando las camisas de su marido ya no valían, en lugar de tirarlas, las lavaba y las apedazaba, la planchaba y las guardaba en un cajón de su cómoda así cuando iba algún pobre a pedir y veía que no llevaba camisa, ella le sacaba una y le la daba.
Un día de invierno, fue un pobre a pedir a su puerta, Francisca vio que llevaba la chaqueta abrochada pero no llevaba camisa debajo, así que le dijo:
- Pase, pase dentro que le daré una camisa.
Le hizo pasar a la cocina, y le invitó a que se sentara en el banco junto al fuego, le sacó la camisa, echó en el fuego dos aliagas, le calentó la camisa y le dijo que se quitara la chaqueta y se pusiera la camisa caliente pero el hombre le dijo que no, que ya se la pondría en la cueva, Francisca le dijo:
- Pero, ¿por qué no?, póngasela calentica que esta usted pasmado de frío.
El volvió a decir:
- Que no, que no, que están las niñas y me verán las carnes.
Francisca insistió y por fin se la puso, le ofreció un plato de judías de la comida que ya tenía hecha y el buen hombre se las comió. Lleno de gratitud le dio las gracias y se fue muy agradecido sabiendo que tenía una puerta donde llamar cuando le hiciese falta.
Francisca un año después murió de un ataque al corazón, y al poco tiempo de morir el mendigo volvió a ir a pedir limosna, salió la hija pequeña de Francisca y cuando este vio a la niña de negro, le preguntó por qué llevaba luto, la chica le dijo que por su madre que hacía dos meses que había muerto.
El mendigo al escuchar esto se puso a llorar igual que un niño y le dijo a la chica:
- Jamás volveré a venir a este pueblo.
Y así lo hizo, jamás lo volvieron a ver.
Al que lea este relato no se si le gustará, lo he escrito con todo el amor del mundo porque esa mujer tan humana era mi abuela
Pilar Bendicho
Morata de Jiloca
Cuarto premio año 2003
Tormenta interior
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:50:41
Llueve, llora el cielo. Desde niña he adorado ver las tormentas a través de los grandes ventanales de mi hogar.
Hoy también miro la lluvia, pero hay tormenta en mi interior. No sé cuándo el amor se acabó, en realidad hay muchas clases de amor en mi persona, aunque mis amigas dicen que por el roce también se quiere a un perro y cuando no convence uno, lo saca de su vida. He decidido sacar a Marco de la mí. Él me mira sin entender nada, mientras preparaba su maleta. De un manotazo he quebrado doce años de mi vida y estoy completamente segura de lo que hago, tan segura como cuando decidí compartirla con él.
Los primeros cuatro años fueron maravillosos, éramos dos personas caminando en todo a la par.
Marco es banquero y yo soy comercial. Ajustamos nuestros horarios para trabajar a la vez y disfrutar juntos nuestras horas de ocio, incluso si hacíamos cosas por separado, como yo ir al gimnasio y él ir a jugar al tenis, intentábamos hacerlo a la misma hora; los dos pensábamos que estar separados también enriquecía nuestra relación.
Charlábamos y reíamos durante horas, el uno contaba con el otro y por y para otro. Los fines de semana los dedicábamos a hacer el amor durante largas horas. ¡Éramos tan felices!. ¿Por qué cambió?. ¿Cuándo se empezó a romper?.
A los cuatro años decidimos tener a Paula, yo no estaba muy convencida por que no quería aparcar mi trabajo, pero Marco me convenció de que entre los dos ajustaríamos nuestros horarios profesionales y cuidaríamos de la nueva vida que íbamos a crear. Yo lo creí y callé, ¿ dónde estuvo el error?. Yo empecé a trabajar a partir de las tres y media, cambié mi estupenda ruta comercial por otra de zona de copas que abrían por la tarde, él seguía igual y yo también calle.
Cuando llegaba a casa a las 10 de la noche totalmente extenuada me sentía tan culpable, no quería que nadie notara mi ausencia y me convertí en la “superwoman” del momento. Era una estupenda ama de casa, esposa y madre. La casa estaba impecable, el polvo impoluto y la comida seguía siendo excepcional. Pero eso no era lo que me molestaba sino oírle decir cuando entraba por la puerta, “te he bañado a la niña” o mejor “te he llenado el lavavajillas” o lo peor “te he hecho la compra” y yo también callaba, aunque mi hígado se transformaba en un puñal que producía una bilis, que a la vez producía un profundo dolor de estómago, que a la vez producía una terrible jaqueca y que ni siquiera me dejaba dormir.
Los años fueron pasando, las charlas animadas desaparecieron, mis clases de aeróbic también, no así sus partidas de tenis.
Los fines de semana no eran para hacer el amor, es más, esto también se convirtió en un gesto rutinario y rápido.
Marco empezó a salir algún fin de semana con sus amigos solteros. No es que no me pidiera que saliera con él, es que llamar a una canguro para cuidar de Paula con lo poco que disfrutaba de ella me parecía horrible.
Un domingo por la mañana lo encontré llorando entre hipos y lagrimones. Me confesó que me había sido infiel. No significaba nada, había bebido mucho y me dijo:"Marta yo te adoro, dame otra oportunidad” y yo siempre calle y le perdoné, porque en el fondo me sentía culpable.
Lo más doloroso de esta penosa situación es que yo sentía que mi vida estaba hipotecada, ya no hacía nada de lo que me gustaba, sólo me dedicaba a ejercer ese rollo que muchas y muchas ejercen. Estaba metida en esa situación que todas hacemos como algo tan natural que no merece alabanzas ni premios. ¿Sabéis lo que me dolía profundamente? Escuchar a mis amigas que con Marco había tenido mucha suerte, que era una joya, porque cooperaba la misma parte en la marcha del hogar.
Y yo como siempre callaba y me decía a mi misma, ¿es que ser padre significa plantar una semilla en mi interior y que yo me pase la vida regándola? ¿Es que ser marido significa traer un sueldo a casa y olvidarte de lo que un matrimonio lleva consigo? ¿Es que ser esposo no significa estar unido en lo malo y en lo bueno con todas las responsabilidades que lleva consigo?
Hoy estábamos cenando con unos amigos que acaban de tener un bebe, y él con cara de padre abnegado, soltó la frase de que cada dolor que yo tuve él lo sufrió en sus propias carnes, ¿pero será cara dura? Y esta vez no me callé. ¿Pero es que también me iba a quitar esa medalla y se la iba a imponer? No, esto no se lo iba a permitir. Cuando llegué a casa hablé y hablé; es más, ni siquiera le dejaba contestar. Solté todo lo que llevaba dentro durante doce años, las noches de soledad, los dolores de sus mentiras, el resquebrajamiento del compromiso, la decepción, y Marco me miraba alucinado.
La tormenta se ha acabado, pero sigue lloviendo; cae una gota y cae otra detrás, pero no son gotas saladas, son las lágrimas de mi corazón.
Mónica Álvarez Sánchez
Cetina
Quinto premio año 2003
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