Escribo para ti, escribes para mí

El abrazo de las palabras

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Una mujer de los años 30

Categoría: Relatos 04 el día 2010-01-28 19:33:42

 

Una mujer de los años 30
En el año mil novecientos trece, nacía en un pueblo de Castilla una niña a la que pondrían por nombre Rosa. Era la segunda hija del matrimonio, pues ya tenían un varón de dos años. Cuando la niña contaba con pocos meses, sus padres decidieron trasladarse a un pueblo de Aragón. Hicieron las mudanzas como antiguamente se hacían, pidiendo a un amigo un viejo carro y una mula para llevar los pocos muebles y enseres que tenían. La mujer y los hijos iban en una borrica para no tener que hacer todo el camino andando.
La niña empezó a crecer rodeada del cariño de sus padres y hermanos. Cada dos años o quizás menos, nacería otro hermano, hasta contabilizar un total de nueve. A los seis o siete años empezó a ir a la escuela. Cuando aprendió las vocales, o poco más, su madre le diría que la necesitaba para ayudarla. Con tan poca edad se encargaba de dar de comer a las gallinas y conejos, porque de los cerdos y demás animales se encargaba su madre, que era una mujer trabajadora y muy buena madre. No quedaba otro remedio que colaborar en los quehaceres diarios porque se juntaban muchas bocas y había que alimentarlas a todas.
 
Ya de niña, Rosa demostraba ser muy inteligente, ya que ella sola aprendió a leer En la cocina había una pared donde se ponían los pocos pucheros y ollas que tenían, y para que quedase más bonito se rellenaba el trozo de pared con recortes de papel con dibujos o letras. Ella, como siempre, llevando en brazos al hermano pequeño se hacía la idea de que se hallaba en la escuela; juntando una letra con otra descubrió que se formaban palabras y luego frases. Cuando ya entendió la simbología de las letras encontró un libro, y empezó a dibujar letras uniendo unas con otras, pasando muchas fatigas por no tener a su lado a nadie que le enseñara. Poco a poco empezó a escribir y se dio cuenta de que sabía leer. Esto sería después, a lo largo de su vida, una de las cosas que más le divertiría.
Así fueron pasando los años y cuando Rosa contaba con quince se enamoró locamente de un muchacho del pueblo unos años mayor que ella. Entonces empezó para ella un amargo sufrimiento que duraría toda su vida. Desde el mismo día en que sus padres y hermanos se enteraron, no lo aceptaron. El mozo se llamaba Juan, tenía muy buen corazón pero le gustaba mucho el sabor del vino y otras bebidas. Esta mala costumbre le llevaría a hacer infeliz a su mujer. Como el amor es así, cuanto más le separaban de él, ella más y más le quería. Así que, con el dolor de corazón de toda su familia, a los diecinueve años se casó. Ella como toda mujer enamorada se casó, con el único hombre que había querido y siempre quiso. La boda se celebró un sábado de madrugada, como la mayoría lo hacía entonces. No hubo banquete, tan sólo un chocolate caliente, unas mantecadas y tortas que su madre había preparado. No tuvieron luna de miel ni tampoco regalos.
El lunes siguiente, como de costumbre, Juan se fue a ganar el jornal para tener algo con lo que empezar una nueva vida. Para Rosa todo cambió; se iba dando cuenta que su marido estaba más apegado a la bebida, y los celos hacia ella cada día iban creciendo. Era suya y a él le pertenecía. Ella, siempre reservada, nunca hablaba con nadie de su vida, pero ésta no era de color de rosa. Era maltratada física y psicológicamente aunque ella nunca pensó que era así. En los años treinta casi todos los hombres actuaban de esta manera con sus mujeres y ellas creían que esa vida era normal.
Al poco tiempo quedó embarazada y tuvo un precioso hijo con ojos grandes y un pelo lleno de rizos. A los dos años tuvo el segundo, su matrimonio no iba bien pero su felicidad la tenía al dedicarse por completo a sus dos hijos.
 
El día se hacía corto para realizar todas las tareas del hogar. En el pueblo no había agua corriente ni ninguna fuente. La más cercana quedaba a medio kilómetro de distancia. Para lavar la ropa y fregar los cacharros tenían que ir al río. Rosa confeccionaba la ropa para todos, aprovechando la noche cuando todo estaba tranquilo. Al día siguiente era la primera en levantarse de la cama para empezar un nuevo día. Su vida se convertiría en una rutina día tras día, pero ella vivía feliz en su resignación.
En el año 1936 su vida volvió a dar un vuelco, empezó la guerra civil. Durante unos meses Juan permaneció en el hogar hasta que fue llamado a filas. En mundo volvió a caer encima de Rosa al ver como partía su marido a luchar en la desdichada guerra. Esto significaría que no tendrían ningún jornal con el que alimentarse ella y sus hijos. Sus padres la ayudaban proporcionándole los pocos alimentos de que ellos disponían.
Cada noche, cuando acostaba a sus hijos, les contaba un bonito cuento para que ellos no se dieran cuenta de lo que estaba pasando.
Después de dormirse los pequeños pasaba largas horas pensando siempre en su marido, si estaría vivo o muerto.
Tras seis largos meses de angustia y desesperación llegó Juan del frente. Pero su alegría duraría poco tiempo porque éste le dijo que tenían que irse del pueblo. Como su opinión nunca fue tomada en cuenta al mes siguiente abandonarían el pueblo. Para Rosa fue muy duro tener que dejar a sus padres, hermanos y amistades de toda una vida y tener que ir a otro lugar desconocido sin tener el cobijo de su familia.   
La integración en el nuevo hogar fue difícil, pero lo consiguió cuando sus vecinos fueron viendo sus cualidades. En pocos años la familia fue aumentando hasta un total cinco hijos. Fue una madre ejemplar, siempre pendiente de sus hijos, trabajando para ellos y para todas las personas que la necesitaban. Donde se la necesitaba allí estaba ella colaborando.
Rosa nunca pensó en el divorcio porque para ella lo primero era que sus hijos tuvieran un padre, y lo segundo su gran amor hacia Juan, pues seguía estando locamente enamorada como el primer día.
Fue una mujer trabajadora, amable, buena, cariñosa, sonriente, optimista, religiosa, feliz con muy poco y todo lo bueno que pueda decirse de una persona.
Este relato lo dedico primeramente con mucho amor a Rosa; y después, a todas las mujeres que sufren en silencio y de las que nunca se sabrá lo que tienen que hacer para que nadie sospeche lo que sufrieron y siguen sufriendo.
Criselinda González Gallego
Moros


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El sueño

Categoría: Relatos 04 el día 2010-01-28 19:33:10

 

El sueño
Era un día soleado y luminoso de noviembre, una niña se encontraba sentada con su espalda reposada en el tronco de un viejo platanero, que estaba perdiendo sus grandes hojas como todos los otoños, dejando a sus pies una mullida alfombra de colores amarillos y ocres.
Le gustaba subir a esta pequeña colina, situada muy cerca de donde vivía a pesar de su corta edad, su madre se lo permitía, pensaba que no entrañaba ningún peligro.
Sentada al lado del árbol, disfrutaba de la vista de una ciudad grande y vistosa, detrás de ella veía grandes montañas, verdes y pobladas de grandes bosques, las cimas de estas estaban cubiertas de un espeso manto blanco, algunas veces pensaba, lo bonito que seria jugar con la nieve, pero esta tarde había subido a la colina para cerrar los ojos como tantas veces hacía y soñar.
Le gustaba soñar despierta, mientras el sol calentaba su carita y su cuerpo, no muy bien vestido, sus padres no disponían de mucho dinero para ropa, y para lujos.
Lo bueno de soñar despierta, se decía, es que siempre sueñas lo que quieres, sin límites aunque sea lo más imposible del mundo.
Algo turbó sus pensamientos, abrió los ojos, miro en rededor y vio un pajarillo chapoteando en un charco junto a sus pies, los dos se miraron por unos instantes y el animalillo levantó el vuelo.
Este suceso lo devolvió a la realidad y se dio cuenta de lo tarde que era, y que tenía que volver a casa.
De regreso al poblado donde vivía, vio que de su chabola salía humo, del tubo que servia de chimenea, lo cual quería decir que su madre había regresado de recoger cartones. Por las tardes después de comer, su madre salía de chabola, le daba un beso y se despedía de ella para ir a recoger los cartones que luego vendía y con lo que sacaba de dicha venta tenían para comer.
Cuando su madre llegaba al final de la calle y tenia que girar la esquina, siempre se volvía para decirle adiós con la mano, la niña ni se movía de la puerta hasta que su madre desaparecía.
Bajaba corriendo por la calle, cuando pasó por la chabola mas cercana a la suya, salió a la puerta Pepito, un pecatoso y harapiento niño se seis años, dos más pequeño que ella, que como todos los días cuando la oía acercarse, le salía al paso para insultarla y mofarse de su prominente cojera.
A ella con sus ocho años ya no le dolían sus insultos, pues a pesar de su corta edad, sabía perfectamente lo crueles que podían ser algunos niños algo maliciosos. Cuando era más pequeña y llegaba llorando a su casa, su madre siempre la consolaba, le cantaba una canción y le decía una y mil veces lo bonita que era su cojita favorita. Desde muy pequeña asociaba su cojera con las mayores y más bonitas carantoñas de su madre, por eso ahora no le importaba ser coja, lo tenía muy asumido. “Además esta cojera, solo me impide correr un poco más despacio que a los demás niños de mi edad, pero tampoco tanto” se decía.
Ella era feliz con esa vida, no conocía otra, sus padres habían caído en la indigencia por problemas económicos y de trabajo, cuando ella era tan solo un bebe.
A pesar se vivir en ese apestoso poblado, en el cual hacia mucho frío en invierno, teniendo que dormir los tres juntos para no congelarse, y demasiado calor para el verano en el que era insoportable el hedor y las moscas. Ella era feliz, con el cariño y el amor que sus padres le prodigaban, los besos y las carantoñas suplían todas las comodidades y posesiones que tenían otros niños más pudientes.
Lo único que echaba a faltar era lo que siempre soñaba, soñaba en la colina, en su casa, en la calle, en cualquier sitio, con los ojos abiertos ó cerrados, y siempre soñaba lo mismo, por soñar lo hacia incluso cuando dormía . Era su gran deseo, su gran sueño.
Aquel día cuando entró en lo que era su casa y tras dar las buenas tardes, su madre se limpio las manos en el delantal y corrió a cogerla por de bajo de sus brazos y tras darle unas cuantas vueltas en el aire, lo apretó contra su pecho y le dio un sin fin de besos por toda la cara, haciéndole cosquillas y arrumacos. Terminando con las carantoñas, se puso a hacer la cena que esa noche consistía en una sopa y pan pues la venta de cartón había sido floja.
Estando en este menester se abrió la puerta de la chabola y apareció su padre con unos churros atados en un mimbre en la mano. Hubo dos reacciones muy distintas entre las dos personas que había dentro de la habitación.
La niña se puso contentísima por ver a su padre y a los churros, pensaba que era un día especial, su madre en cambio, regaño a su esposo por haber gastado dinero en un capricho, cuando podía haber comprado unas sardinas o algo parecido y mas nutritivo ya que esta noche solo tenían la sopa y cualquier cosa les hubiera llenado mas el estomago que los churros.
El padre callo a su mujer poniéndole un dedo en la boca, en señal de silencio, dándole seguidamente un beso en la frente.
Tras dejar los churros en cima de la mesa, sujeto el respaldo de una silla e hizo sentar a su mujer, para luego hacerle lo propio a su hija, se quito la gorra, y haciendo una reverencia ante las dos como si fueran dos princesas, tomo asiento el también al otro lado de la mesa y empezó a explicarles lo que había acontecido durante el día, llegando al final, les dijo que por mediación de los servicios sociales, lo habían propuesto trabajo en una portería, de una finca de sesenta vecinos con dos escaleras.
Tendrían derecho a vivir en un pequeño apartamento en el ático de la finca, tendrían que limpiar las escaleras, sacar la basura, cuidar la caldera, lo propio de una portería.
Les habían dicho que tendrían derecho a un mes de vacaciones, algo que sabia que existía pero que ellos no habían tenido nunca, y lo mas impresionante era que a demás le adelantaban la mitad del sueldo de un mes, para que pudieran comprar un poco de ropa y comida, esto querría decir que los dos primeros meses se tendrían que apañar con la mitad del sueldo, pero acostumbrados como a pasar privaciones no se les hará muy cuesta arriba.
De nuevo en la chavola hubo dos reacciones otra vez muy distintas.
La madre que había escuchado en silencio estaba llorando de alegría, sin saber que decir, pues en el breve espacio de tiempo que había durado el relato de su marido veía que su vida por fin iba a cambiar y por su puesto para mejor.
La niña absorta en sus pensamientos, miraba a su padre con los ojos y la boca muy abierta paralizada sin decir nada.
De pronto preguntó:
-         ¿Podré realizar mi sueño?
Su madre, esta vez con cara de preocupación ya que no sabia cual podía ser el sueño de su hijita, y sabiendo que alguno de estos eran inalcanzables, cogió la mano de su marido y dijo.
-         Cariño, no siempre se pueden realizar los sueños pero cuéntanos el tuyo y nosotros intentaremos ayudarte para que puedas conseguirlo.
Entonces la niña les dijo que su sueño era querer saber lo que decían las pequeñas hormigas negras que había de bajo de los dibujos de aquel cuento que su madre se había encontrado buscando cartón.
Un suspiro de su madre dejo entrever la sorpresa mayúscula que había recibido y el gran alivio, por que ese sueño podía hacerlo realidad.
Llorando de alegría por este ultimo motivo, le prometió que aprendería a leer, que iría al colegio como tantos y tantos niños.
También tuvo que recordarle, lo de su cojera y lo “malos” que eran algunos niños y el daño que le podían hacer, que tendría que ser fuerte.
A ella no le importaba lo que pasara, solo le importaba aprender a leer, para saber lo que decían las hormigas negras.
En aquella pequeña chabola aquel día de otoño fue fiesta, los tres se fundieron en un fuerte abrazo, pensando que sus vidas habían de cambiar y por fin tendrían la felicidad que merecían.
Las próximas Navidades prometían ser las mejores de toda su vida.
Y el sueño de la niña, que ella pensaba un tanto inalcanzable, lo iba ha hacer realidad. Su madre se lo había prometido.
Mandi Lacal González
Moros


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Mi abuela Agustina

Categoría: Relatos 04 el día 2010-01-28 19:31:45

 

Mi abuela Agustina
Mi padre era de un pueblo muy pequeño de la Vicora y todos los años antes de llegar el verano íbamos hasta allí a visitar a mi abuela. Solíamos salir temprano porque había cuatro horas de distancia y el camino era estrecho y malo, apenas una pequeña senda entre pinares, todo cuesta arriba y no se veía el pueblo hasta que no estábamos encima, además, hace 50 años, nuestro medio de transporte era una caballería, bueno, para no mentir, era un burro con un serón.
Aquel año, tendría yo unos 6 años y mi hermano cuatro más, empezamos el camino como de costumbre: andando, pero cuando ya llevábamos un buen trecho recorrido empezamos a cansarnos y mi padre, harto de oírnos, nos metió a cada uno en un serón y así encogiditos pero descansados, continuamos el camino. Todo era tranquilidad hasta que llegamos al único pueblo que había en todo nuestro recorrido, Belmonte, yo notaba que a nuestro paso la gente nos miraba y se reía, nos señalaban y venga a reírse, yo no entendía nada, miraba a mi padre que iba tan serio con su cigarro en la boca y a mi madre, con su pañuelo bien atado en la cabeza, a mi hermano que ni siquiera llevaba la cara sucia...¿a que venían esas risas?. Por fin un par de mozuelos que estaban sentados en el poyo de su casa nos señalaron con el dedo y dijeron:
-         ¡Ay va, un serón con dos cabezas, de chico y de chica!.
Que vergüenza pase yo entonces, sin embargo mi hermano se atrevió a contestarles:
-         Ya os gustaría a vosotros tener un transporte tan bueno como este.
Y desde luego, tenía razón, era mucho mejor ir dentro de un serón que ir andando. Pasado por fin el pueblo volvimos de nuevo a atravesar el monte, ¡cuantas carrascas, cuantos pinos! y mi madre guisando con aligas, tomillos y con paja que ponía detrás del puchero para que guardara el calor por eso le dije a mi padre que podíamos cogerle algo de leña para mi abuela, para que no tuviera que guisar como mi madre, pero mi padre me contestó que en el pueblo de la abuela no faltaba la leña, pues ¡que suerte! -pensé yo.
Ya habríamos recorrido la mitad del camino cuando mi padre, que fumaba mucho, se puso un cigarro de los suyos en la boca, era como siempre, grueso como el dedo gordo, yo creo que se los hacía tan grandes para que le durasen más; se echó mano para buscar las cerillas pero no las llevaba, las había perdido por el camino ¡madre que genio se le puso y que palos le daba al burro! ¡que palabruchos salían de su boca!, mi madre le gritaba que se callase... ¡madre mía!, no se que hubiese dado yo en aquel momento por una cerilla!, cerré los ojos y creo que lo desee con tanta fuerza que cuando los abrí de nuevo, allí al borde del camino vi una caja de cerillas. Muy bajito, para que mi padre no me oyese no cosa estuviese vacía. se lo dije a mi madre:
-         Madre, allí junto a aquella piedra blanca acabo de ver una caja de cerillas, ¿porque no mira a ver si tiene alguna?.
Mi madre apenas me hizo caso y me contestó:
-         Como va a tener, si la han tirado será porque está vacía.
-         Puede que la hayan perdido como padre, usted mire por si acaso
Miró y efectivamente la caja estaba llena, se la llevó a mi padre y ¡qué alegría se dio!, parecía que había visto a Nuestro Señor.
Por fin llegamos al pueblo, a mi me daba mucha alegría ver a mi abuela, mi abuela se llamaba Agustina, a mi abuelo no lo conocí. Esa noche como no tenía mas que dos camas limpias me llevaron a casa de mi tía Matilde, a mi de momento no me importó, hasta me hizo gracia, pero cuando ya llevaba un rato con mis tíos empecé a echar de menos a mi madre y me puse a llorar de tal manera que tuvieron que llevarme de nuevo a casa de mi abuela y es que yo nunca me había separado de mi madre aunque pronto me iba a acostumbrar porque aquel año me dejaron todo el verano con mi abuela. Al principio lo pase muy mal porque echaba de menos a los míos, pero una vez que me acostumbré, tan contenta.
Mi abuela no es que fuese pobre pero tenía pocos medios y comía de lo que cultivaba ella en el huerto así que todos los días me ponía lo mismo para comer: judías verdes. A mi al principio no me parecía mal pero según pasaban los días acabe por decirle:
-         Abuela, todos los días no.
Pero como no me hacía caso yo me escapaba a casa de mi tía Cristina que tenía vacas y hacía muchos quesos que ponía en conserva con aceite y me daba cada trozo que me sabía a gloria, esto no quita para que yo a mi abuela la quisiera muchísimo, me gustaba estar con ella. También venían a su casa, a dormir, dos primas hermanas, decían que era para hacerle compañía. Venían por la noche, abrían con su llave y por la mañana, antes de levantarnos nosotras ya se habían ido.

Como he dicho antes mi abuela no andaba muy sobrada pero en casa no le faltaba el pan, el queso y los huevos. Un día cuando nos levantamos las dos, mis primas como de costumbre ya se habían ido, mi abuela me dijo que llevaba varias semanas notando que le faltaba el pan y otras cosas y que creía que era alguna de mis primas pero no sabía cual así que un día bastante harta les preguntó a ellas pero las dos lo negaron, mi abuela que si algo no soportaba era la mentira, pensó en como podía descubrir cual de las dos era.

Al día siguiente mientras dormíamos se levantó, puso medio queso encima de la mesa y se acostó de nuevo. Cuando se levantó la primera mi abuela salió detrás pero mi prima ya se había ido a su casa y se había llevado el medio queso; puso de nuevo mi abuela medio pan en la mesa y esperó a que se levantara la segunda que también se lo llevó, a esta no le dijo nada y esperó a que las dos volviesen. Llegó la noche, vinieron mis dos primas a la casa y mi abuela les preguntó que quien se había llevado el pan y el queso pero de nuevo las dos lo negaron, mi abuela como esta vez si que estaba segura les dijo señalándolas con el dedo::

-         El medio queso te lo has llevado tú y el pan tú.
-         Abuela, no diga eso –contestaron ellas todo sofocadas al darse cuenta de que mi abuela las había pillado.
-         No es por el pan ni por el queso, -dijo mi abuela- sabéis que yo me tengo que valer sola, que no tengo quien me ampare y en lugar de traerme vosotras algo a mi, os lleváis lo poco que tengo, por favor os pido que no vengáis mas por aquí.
Y así lo hicieron, al menos mientras estuve yo allí, y es que como decía mi madre: ¡qué malo es el hambre!.
Rosario Pablo López
Velilla de Jiloca


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Recuerdos de otros tiempos

Categoría: Relatos 04 el día 2010-01-28 19:30:45

 

Recuerdos de otros tiempos
Uno de los recuerdos que yo conservo de cuando era niña, es cuando a nuestro pueblo vinieron los moros, era el año 36 y mira si tenía miedo que me fui a casa de mi abuela y no volví a la de mis padres hasta que no se fueron. A los moros, los repartían por las casas y el que tocó en mi casa, era el “moro Manolo” o así lo llamábamos nosotros, no sé por qué le tenía yo tanto miedo, me imagino que era por verlo tan negro.
A mí, gracias a Dios, no me tocó pasar hambre porque teníamos tienda pero si recuerdo los ranchos que hacían en el corral de las escuelas y como mucha gente iba con su puchero a recoger la ración, unos días tocaba patatas, otras legumbres, todo sabía bueno con tal de matar el hambre.
Como ya he dicho, nosotros teníamos tienda, estaba en la plaza, en la misma casa donde vivíamos, estaba abierta todo el día, incluso cuando comíamos si alguien llamaba, había que dejar la comida e ir a despachar, muchas veces eran pequeños olvidos o cosas de poca importancia pero había que atender.
Se vendía de todo un poco y dábamos raciones de azúcar, bacalao, café, aceite... el pan lo traía mi padre de Morata y Maluenda. Recuerdo como se cortaban y guardaban los cupones de las cartillas que se recogían en el Ayuntamiento para saber quién se llevaba la ración. Unos pagaban en el momento, otros traían cebada y trigo a mi madre a cuenta de lo que debían, y otros cuando podían o nunca Se apuntaban en un cuaderno pero luego ninguno de la familia teníamos cara para reclamar lo nuestro. En aquellos años el pueblo estaba lleno, incluso las cuevas, como sería que había dos tiendas.
Cuando faltaban cosas en la tienda había que bajar a comprar a Calatayud, allí a mi padre no le daban fiao sino que tenía que pagar lo que se llevaba, sin embargo luego en el pueblo la gente no le correspondía. Bajaban a comprar en un carro tirado por una mula y cuando llegaban aparcaban en la posada “El Pilar” o en la de “San Antón” y se iban a comprar.
Otras veces venían a nuestro pueblo a vender, recuerdo al “tio Jesús” que venía a vender ropa y como venía a menudo, podíamos pagarle a la semana o al mes, también recuerdo a la “tía Teresica” de Maluenda y a “Marianin” que venía a vender desde Maluenda en bicicleta.
Cuando los hijos nos hicimos mayores quitamos la tienda porque a ninguno nos gustaba y mi padre y un hermano se dedicaron a comprar fruta “a ojo”, esto es, compraban la fruta en la misma finca, a peso, cuando todavía estaba en los árboles y eso era bastante arriesgado porque si un año la cosecha venía mala, lo perdían todo, pero gracias a Dios les fue muy bien.
Yo me casé y me quedé a vivir aquí donde he criado a mis hijos y he sido muy feliz..
Emilia de Jesús Lázaro
Velilla de Jiloca


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Ricos sin dinero

Categoría: Relatos 04 el día 2010-01-28 19:30:13

 

Ricos sin dinero
Vaya, de nuevo me ha mandado mi madre escribir los precios en la pizarra, mira que se lo digo veces. “madre, deje usted que los ponga mi hermano que si no luego va y se enfada” pero ella ni caso, siempre me contesta lo mismo: que yo tengo mejor letra y como a mi madre es mejor no llevarle la contraria voy a coger la pizarra y la tiza. Vamos a ver: bacalao (9 ptas kilo); lentejas (1,40 ptas); azúcar (1,80 ptas); una vela (0,20 ptas); par de alpargatas (1,25 ptas); escoba (0,65 ptas).
¿Qué son esos gritos? Ah bueno, es mi madre discutiendo con la tia Benita por lo del fiao y eso, mi madre le dice que tiene que pagar lo que debe, que ya son tres meses y la cuenta va subiendo pero la tia Benita le pide por favor que tenga paciencia, que son seis bocas que llenar cada día y que no hay nada mas triste que ver a los hijos pasar hambre. Yo creo que en eso lleva razón porque como dice mi madre nosotros gracias a la tienda hambre, lo que se dice hambre, no pasamos pero también tenemos nuestras necesidades y nuestros agujeros que tapar. Mi madre, que en el fondo tiene un corazón de oro, aprieta los puños y gruñe entre dientes:
-         No, si en este pueblo ricos no faltan pero dinero... y sin dinero no hay comida, juro que es la última vez que fío a nadie.
Pero yo sé que esto no es verdad, que mañana vendrá en nuevo la tia Benita y le volverá a fiar la compra como hace con el tio Nicolás que lleva siempre un tazón en el bolsillo, se acerca disimuladamente al saco de azúcar, carga la taza y sale de nuevo a la calle, mi madre lo sabe pero hace como que mira hacia otro lado y nunca le dice nada. Claro que lo peor que lleva mi madre, es lo de la tía Telesfora, tiene la manía de venir todos los días a comprar justo a la hora de comer, entra por el patio y al cabo de un rato llama a mi madre a grandes voces, le pide siempre alguna tontería: una bobina de hilo, una aguja... cosas que mi madre guarda en la trastienda y cuando sale de nuevo, los chorizos que tiene colgados encima del mostrador se mueven sospechosamente y la tia Telesfora apretando el bolso fuerte contra su pecho de repente se da cuenta de lo tarde que es y de que nos está interrumpiendo la comida, mi madre no puede acusarla de nada porque no la ha pillado nunca “con las manos en la masa” y eso, el no poder decirle “cuatro cosas” es lo que hace que mi madre se ponga, como dice mi padre, rabiosa.
Voy a seguir con lo mio, veamos, falta azúcar y aceite, vaya, eso es que este mes no han venido “las señoras” yo las llamo así porque no son del pueblo y no conozco sus nombres, al principio me tenían muy preocupado pues cuando llegaban a la tienda, eran dos señoras bastante gordas y cuando salían, ya no estaban gordas sino delgadas, le pregunté a mi madre pero ella llevándose el dedo a la boca, me dio una colleja y me dijo que jamás le contase eso a nadie. Yo estaba cada vez más intrigado así que un día, cuando ellas llegaron me quedé detrás de la puerta y entonces lo entendí todo, aquellas mujeres no estaban gordas, lo que llevaban bajo las sayas eran botas de aceite que vendían a mi madre de estraperlo por eso mi madre no podía decirme nada.
A ver si se me va a olvidar, si tengo que comprar aceite, como viene en bidones de 50 litros, con uno será suficiente aunque ya me tiene dicho mi madre que si el aceite está caro que traiga pastillas de manteca amarilla que aunque sabe a rayos apaña muy bien las comidas. Y es que este año como ya he cumplido los catorce y soy el mayor de los cuatro hermanos, puedo ir solo a comprar a Calatayud. A mi madre no le digo nada para que no me regañe pero como tengo que levantarme de noche para llegar de día, y yo soy tan dormilón, en cuanto salgo del pueblo me recuesto en el asiento y a la que me despierto ya estoy llegando a Calatayud. Justo a la entrada, algunas veces, me echo a reír yo solo porque me acuerdo de esa historia que cuenta con tanta gracia el tío Rufino, él dice que no es una historia, que le pasó a él de verdad pero yo no se por qué creo que se la ha inventado, o que le pasó a otro, cuenta que a la entrada de Calatayud, en tiempos de guerra, había unos puestos de control del Gobierno para cobrar por todos los productos que entraban de fuera, aquel día el tio Rufino, que no sabía nada, llevaba cinco litros de vino, le dieron el alto, le explicaron lo que sucedía y que tenía que pagar por el vino, pero él ni corto ni perezoso les dijo que jamás iba a pagar por un vino que ya era suyo así que agarró la garrafa de vino, le quitó el corcho y allí mismo se lo bebió ante el asombro de los guardias.
A veces me gustaría ser así como el tío Rufino que siempre presume de hacer lo que quiere y de no tener miedo a nada ni a nadie, mi padre dice que eso llega con la edad así que solo tengo que esperar.
Cande Ibáñez Moya
Velilla de Jiloca


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La vida de mis abuelos paternos

Categoría: Relatos 04 el día 2010-01-28 19:29:19

 

La vida de mis abuelos paternos
Se casaron en el año 1980, eran hijos de labradores de posición media pero mi abuelo prefirió ser músico, en aquellos tiempos aquí no existía ni tienda ni café, se valían del pueblo más próximo que era Maluenda o Calatayud, por eso ellos se decidieron a abrir una pequeña tienda y café a la vez porque la casa era grande, muy apropiada para las dos cosas además estaba en buen sitio.
Tuvieron cuatro hijos: Juan, Catalina, Julián y María, en la tienda vendían toda clase de alimentos, alpargatas con suela de cáñamo y otras de goma y albarcas para el campo, también vendían un pan que lo amasaba mi abuela.
El pueblo estaba completo de familias muy numerosas pero muy pobres. Los hijos de mis abuelos se llevaban poco tiempo el uno del otro. A los dos primeros, Juan y Catalina, les tocó trabajar muy jóvenes porque el padre cayó enfermo y la madre no podía con toda la faena así que a Juan y a Catalina les tocó aprender a amasar y ayudar en la tienda y en el café porque los que podían vivir bien eran viciosos al juego, no solo los de aquí, venían amigos de pueblos cercanos, jugaban a la banca y el día que tenían partida pasaban la noche jugando, entonces pedían cena: cabritillo asado a ala parrilla, otras veces eran embutidos asados o animales escabechados.
Todo lo que vendían en la tienda tenían que bajar a comprarlo a los almacenes de Calatayud, el transporte lo hacían en una burrica y el serón. Unas veces bajaba mi abuela y otras mandaba al chico con una lista que ella le hacía.
Pasaron los años hasta que los hijos se hicieron mayores y dos de ellos empezaron a aprender el oficio de albañiles, el padre murió y las hijas se casaron, Catalina con un herrero de Morata, eran cuatro hermanos todos herreros, todavía en Morata ejerce un sobrino. María se casó con un chico del pueblo pero tuvo mala suerte porque estaba enfermo y murió antes de nacer el hijo que ambos esperaban. Francisco, el marido de Catalina, se hirió con un clavo y murió de cangrena, tenían dos hijos uno de siete años y otro de cinco, entonces pensaron que la tienda y el café no daba para todos así que cerraron y los hijos siguieron con su trabajo y las hijas dejaron a sus hijos con la abuela y se marcharon a Barcelona a trabajar. Al poco tiempo María se volvió a casar tuvo un hijo y otra hija, entonces como ya podía ocuparse de ellos, se llevó al hijo y a los sobrinos que mi abuela cuidaba. Mi padre y mi tío también se casaron y tuvieron hijos. Julián vivió en Monterde y mi padre aquí, donde nació. Se casó con una chica del pueblo Leonor , ella tenía l8 años, el 30, tuvieron seis hijos, al llegar el sexto murió en el parto con 27 años. Los dos hijos primeros murieron de sarampión, quedamos cuatro y todos fuimos a parar con mi abuela así que la pobre mujer estuvo un tiempo criando 7 nietos huérfanos unos de padre y unos de madre.
Después de cuatro años mi padre se volvió a casar y nos llevó con él y su nueva esposa. Mi abuela entonces se quedó sola en casa, siempre disfrutó de buena salud. Las hijas de vez en cuando venían a verla. Pasaron los años y todos fuimos haciéndonos mayores, tanto fue así que el nieto mayor se llamaba Germán, tenía 18 años. La madre y el hermano vinieron a ver a la abuela y el segundo se quedó con los tíos porque trabajaba. A los dos días de estar aquí estalló la guerra civil y a todos los jóvenes que les quedaban dos quintas para ir al servicio militar se los llevaron a los frentes así que mi tía Catalina, jamás volvió a ver a su hijo mayor. Cuando terminó la guerra se vinieron a vivir a Zaragoza y mi abuela los dos últimos años de su vida, los vivió con las hijas, murió a los 90 años y está enterrada en Zaragoza. Después de tantos años, todavía guardaba los libros de cuentas de la tienda, la mayoría de las personas compraban al fiado y además en pequeñas cantidades: 3 perras de sopa, un real de chorizo, 10 céntimos de bacalao... y todo por el estilo, no había una cantidad que llegase a una peseta, había varios nombres sin tachar, seguro que esas personas murieron sin poder pagar, por lo visto los céntimos que ganaban trabajando en el campo en casas de los ricos, apenas les llegaba para vivir.
Les deseo que el Señor les conceda un feliz descanso junto con los del café y la tienda que son: Pedro y Manuela.
Manuela Catalán Serrano
Velilla de Jiloca


Publicado por: José Ramón Olalla | Comentarios (0) Leer comentarios | Exportar PDF | Escuchar este post

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