Tormenta interior
Categoría: Relatos 03 el día 2010-01-08 13:50:41
Llueve, llora el cielo. Desde niña he adorado ver las tormentas a través de los grandes ventanales de mi hogar.
Hoy también miro la lluvia, pero hay tormenta en mi interior. No sé cuándo el amor se acabó, en realidad hay muchas clases de amor en mi persona, aunque mis amigas dicen que por el roce también se quiere a un perro y cuando no convence uno, lo saca de su vida. He decidido sacar a Marco de la mí. Él me mira sin entender nada, mientras preparaba su maleta. De un manotazo he quebrado doce años de mi vida y estoy completamente segura de lo que hago, tan segura como cuando decidí compartirla con él.
Los primeros cuatro años fueron maravillosos, éramos dos personas caminando en todo a la par.
Marco es banquero y yo soy comercial. Ajustamos nuestros horarios para trabajar a la vez y disfrutar juntos nuestras horas de ocio, incluso si hacíamos cosas por separado, como yo ir al gimnasio y él ir a jugar al tenis, intentábamos hacerlo a la misma hora; los dos pensábamos que estar separados también enriquecía nuestra relación.
Charlábamos y reíamos durante horas, el uno contaba con el otro y por y para otro. Los fines de semana los dedicábamos a hacer el amor durante largas horas. ¡Éramos tan felices!. ¿Por qué cambió?. ¿Cuándo se empezó a romper?.
A los cuatro años decidimos tener a Paula, yo no estaba muy convencida por que no quería aparcar mi trabajo, pero Marco me convenció de que entre los dos ajustaríamos nuestros horarios profesionales y cuidaríamos de la nueva vida que íbamos a crear. Yo lo creí y callé, ¿ dónde estuvo el error?. Yo empecé a trabajar a partir de las tres y media, cambié mi estupenda ruta comercial por otra de zona de copas que abrían por la tarde, él seguía igual y yo también calle.
Cuando llegaba a casa a las 10 de la noche totalmente extenuada me sentía tan culpable, no quería que nadie notara mi ausencia y me convertí en la “superwoman” del momento. Era una estupenda ama de casa, esposa y madre. La casa estaba impecable, el polvo impoluto y la comida seguía siendo excepcional. Pero eso no era lo que me molestaba sino oírle decir cuando entraba por la puerta, “te he bañado a la niña” o mejor “te he llenado el lavavajillas” o lo peor “te he hecho la compra” y yo también callaba, aunque mi hígado se transformaba en un puñal que producía una bilis, que a la vez producía un profundo dolor de estómago, que a la vez producía una terrible jaqueca y que ni siquiera me dejaba dormir.
Los años fueron pasando, las charlas animadas desaparecieron, mis clases de aeróbic también, no así sus partidas de tenis.
Los fines de semana no eran para hacer el amor, es más, esto también se convirtió en un gesto rutinario y rápido.
Marco empezó a salir algún fin de semana con sus amigos solteros. No es que no me pidiera que saliera con él, es que llamar a una canguro para cuidar de Paula con lo poco que disfrutaba de ella me parecía horrible.
Un domingo por la mañana lo encontré llorando entre hipos y lagrimones. Me confesó que me había sido infiel. No significaba nada, había bebido mucho y me dijo:"Marta yo te adoro, dame otra oportunidad” y yo siempre calle y le perdoné, porque en el fondo me sentía culpable.
Lo más doloroso de esta penosa situación es que yo sentía que mi vida estaba hipotecada, ya no hacía nada de lo que me gustaba, sólo me dedicaba a ejercer ese rollo que muchas y muchas ejercen. Estaba metida en esa situación que todas hacemos como algo tan natural que no merece alabanzas ni premios. ¿Sabéis lo que me dolía profundamente? Escuchar a mis amigas que con Marco había tenido mucha suerte, que era una joya, porque cooperaba la misma parte en la marcha del hogar.
Y yo como siempre callaba y me decía a mi misma, ¿es que ser padre significa plantar una semilla en mi interior y que yo me pase la vida regándola? ¿Es que ser marido significa traer un sueldo a casa y olvidarte de lo que un matrimonio lleva consigo? ¿Es que ser esposo no significa estar unido en lo malo y en lo bueno con todas las responsabilidades que lleva consigo?
Hoy estábamos cenando con unos amigos que acaban de tener un bebe, y él con cara de padre abnegado, soltó la frase de que cada dolor que yo tuve él lo sufrió en sus propias carnes, ¿pero será cara dura? Y esta vez no me callé. ¿Pero es que también me iba a quitar esa medalla y se la iba a imponer? No, esto no se lo iba a permitir. Cuando llegué a casa hablé y hablé; es más, ni siquiera le dejaba contestar. Solté todo lo que llevaba dentro durante doce años, las noches de soledad, los dolores de sus mentiras, el resquebrajamiento del compromiso, la decepción, y Marco me miraba alucinado.
La tormenta se ha acabado, pero sigue lloviendo; cae una gota y cae otra detrás, pero no son gotas saladas, son las lágrimas de mi corazón.
Mónica Álvarez Sánchez
Cetina
Quinto premio año 2003














