Sólo queda esperar
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-08 13:21:47
Sentado en una silla de anea, en la puerta de su casa, fumando su eterno cigarro y recordando cualquier ocurrencia que sucediera en su juventud. Así pasa la mayoría de las mañanas. Cuando cierra los ojos, ve pasar su vida, como el río Manubles pasa por la vega de Moros. De vez en cuando, mueve la cabeza, como si quisiera borrar historias del pasado que no le agradan tanto como otras y sin querer, vuelve a la nostalgia del presente.
Constantemente piensa que le gustaría seguir viviendo en el pasado. Eran tiempos duros, pero se podían llevar. En silencio, porque siempre calla. Se mantiene extrañamente inmóvil, como para ahorrar energía. Sus ojos dejan escapar una mirada de inseguridad y su cuerpo se vuelve más frágil, con el paso del tiempo.
Basilio Alejandre Lacal vive colgado de recuerdos. Es un jubilado más, en cualquier pueblo pequeño. Una persona más de las que piensan que el momento de la jubilación es como una condena: condenado a no hacer nada, condenado a la vejez, condenado a recordar el pasado, y en definitiva, condenado a la muerte. Piensa que cuando se tienen setenta y nueve años, como él, la única faena que te queda es esperar a la muerte. La depresión no le deja meditar de otra manera. Y todavía más, desde que su esposa Gloria, murió hace cinco años.
Desde aquel momento, Basilio se volvió huraño en exceso. Siempre había sido muy buena persona, amigo de sus amigos, era el buen vecino que le gustaba ayudar a quien lo necesitara y quería agradar a sus convecinos. Pero cuando murió Gloria, se volvió arisco, huidizo, casi intratable. Siempre silencioso, cabizbajo, insociable, hermético con los demás. Nadie le había hecho nada para que cambiara de esta manera, pero él había elegido ser así, y así es. Algunos le preguntaron por aquel cambio tan radical. No recibieron ninguna respuesta apropiada. Todo lo contrario. Alguna brusquedad haciendo ver al que se preocupaba por su estado, que meterse en sus asuntos era lo mejor que podía hacer. Las respuestas secas se hicieron comunes en su manera de hablar y de sus labios nunca volvió a salir un halago, un saludo agradable o una broma. Las sonrisas se fueron, al igual que desapareció el sentido del humor del que, en otros tiempos, hacía gala.
Las tardes le gusta pasarlas en la Portilla. Desde ese banco donde se sienta se puede ver la torre del antiguo castillo. Esta es la entrada principal del pueblo zaragozano de Moros.
Moros es uno de tantos pueblos que se está quedando vacío. El que fuera en otros tiempos, un pueblo próspero gracias a su agricultura, ahora se está convirtiendo en un pueblo abandonado. El río Manubles riega su huerta antes de desembocar en el Jalón, en la vecina Ateca. Y de este modo, se recogen excelentes cosechas de frutas y hortalizas. Además, en el terreno secano, lo que más abunda es el cereal, aunque existen hectáreas de viñedo de las cuales se extraen excelentes vinos.
Moros es un pueblo estirado en lo alto de una colina. A vista de pájaro, se dibuja como una línea colorada de tejados contra el grisáceo de los montes que la rodean. Tiene un castillo con una alta torre muy arruinada por el paso de los años. También se destaca del caserío, la torre de la iglesia con su nido de cigüeña, que al igual que otras en esta comarca, es de arte mudéjar.
La Portilla es la entrada a la población. Como está en lo alto de la colina, el paisaje es grandioso. Decenas de kilómetros de monte y vega alcanzan a verse desde este privilegiado mirador.
Este es lugar donde podemos encontrar a Basilio, escuchando el piar tranquilo y cercano de los gorriones. Basilio es de mediana estatura, delgado, de tez muy blanca y con un aspecto casi aquijotado. Con el pecho hundido y la espalda curvada, la nuez muy pronunciada. Casi calvo y con barba de tres o cuatro días. El poco pelo que aún le queda en la cabeza es gris, muy hirsuto y clareado. Lleva boina y usa bastón, no porque lo necesite, sino porque todos los mayores usan bastón y esa costumbre ha quedado perenne.
La mirada la tiene perdida casi siempre en el suelo, sin fijarla en ningún punto en concreto. En silencio. Las manos entrelazadas. Se diría que no sabe que hacer con ellas. La tristeza que emana de su rostro es de tal gravedad que todos se preocupan por él. Tan apesadumbrado, tan huraño, tan meditativo.
Muchos días se alimenta de las viandas que le trae su cuñada Josefa. Una sopa caliente guardada en un termo, algo de vino, queso de cabra, chorizo casero y un trozo de pan, constituye su alimento. Josefa, con sesenta y cinco años a sus espaldas, es una de las hermanas pequeñas de Gloria. Está casada con Ciriaco, también jubilado. Posiblemente en el pueblo, son las personas con las que mejor se lleva Basilio. Pasan semanas enteras sin hablar con nadie, excepto con estos cuñados.
Cuando come le vienen recuerdos de sabores del pasado. Aquellos platos que cocinaba Gloria. Alubias pintas con chorizo, guisado de patatas con cordero, caldereta de pastor, lomo de cerdo en adobo...
Hoy es domingo. Basilio ha perdido la noción del tiempo. No sabe en que día vive. Como recordatorio, se escuchan las campanas de la iglesia. No, esta vez no ha sido el reloj. Es el primer toque de las campanas grandes que anuncian la misa de doce.
Cuando suena el segundo toque, algunas mujeres vestidas con sus mejores ropas, se acercan a la puerta de la parroquia de Santa Eulalia. Los hombres sentados en la plaza, todavía no tienen intención de levantarse. Esperan al tercer toque. Formando corrillos, siguen con sus murmuraciones sobre los últimos acontecimientos de la localidad. Chismorrean acerca de cualquier cosa y se critican los unos a los otros.
Por fin, suena el tercer toque. Ahora es cuando los hombres se levantan de los bancos y cruzan pausadamente la plaza, subiendo por la calle Mayor, hasta la iglesia.
Basilio ha salido de casa tarde, como cada domingo. De esta manera no se cruza con ningún vecino que le pueda incordiar. Siempre que sale de casa, camina sin prisa. Parece agotado, como si no tuviera ganas de llegar. Ha perdido el interés por la vida.
Cuando entre en la iglesia con la misa ya empezada, se coloca en los bancos del final. Cuando termine la misa, se marchará el primero de todos.
Volverá a su casa, a su soledad, donde no hay nadie para compartir la mesa, ni para compartir recuerdos, aquellas viejas historias que hacen la vida más agradable. Cuando pasa por la Portilla, observa como tantas veces el paisaje. Se detiene mirando hacia abajo, hacia el río. Lo observa como se va, como pasan sus aguas sin que nadie las utilice para regar. Ya no es tan útil como antes. Ya nadie lo quiere. También se da cuenta que a él nadie le quiere y que su vida, poco a poco, también se va.
No tiene prisa alguna, eso es la vejez para Basilio. La recta final, vivir sin prisas, esperando...
Desde la Portilla, por encima del muro, contempla las fincas con sus árboles, el lavadero municipal, los montes, la carretera y al fondo, quiere reconocer la iglesia de Aniñón. Sabe que está en esa dirección, pero su vista le falla. Se pregunta como tantas veces: -“¿Qué habrá detrás de esas tierras? y ¿detrás de toda la tierra, de toda la gente?. ¿Estará Dios?”. La vejez la hace dudar de su fe, ya no confía en nadie. -“Posiblemente esté Dios. Claro. Tiene que ser Dios. Por eso cuando morimos, volvemos a Él”. Sigue pensando en la muerte. -”Y con Dios estará Gloria. Seguro”.
Más recuerdos, más paisaje, más melancolía, más echar de menos a la persona querida, más cigarros, más retraimiento y más antipatía hacia sus vecinos.
Hoy ha regresado pronto a casa. No ha querido ni esperar a la puesta de sol.
No se encuentra bien. Un ligero temblor sacude de vez en cuando el cuerpo de Basilio, principalmente en la cabeza. Cuando no tiene las manos entrelazadas o apoyadas en ningún sitio, también le tiemblan. Además, la tos de cada mañana está durando cada vez más.
-”Será que me va a pillar el catarro”. Piensa. Cree que con un poco de miel y unas infusiones de tomillo con cebolla se pasará, como otras veces.
Pero cuando llega a casa, no le quedan ganas de prepararse nada y la comida que ha dejado Josefa no le apetece. Como otros días, se marcha a la cama sin probar bocado.
Cuando sube las escaleras para ir a dormir, no va solo. El silencio y la soledad le acompañan. Siempre caminan con él.
A veces, se detiene a observar unas viejas fotografías, gastadas ya por el manoseo de tantos años que han pasado desde que se tomaron. Aquella que están a la salida de la boda de Ciriaco y Josefa. Esa otra que están los dos solos, en la Portilla y que fue tomada por un extranjero que no hablaba el castellano. Son fotografías de más de cuarenta años de antigüedad.
Sin embargo, no se cansa de mirarlas. A pesar de que se ven otras personas, Basilio siempre se fija en Gloria, en el vestido que llevaba ese día, los zapatos que relucían, el moño tan bien peinado.
Por las noches, Basilio duerme poco y a ratos. Se despierta sobresaltado gritando el nombre de su esposa. Las pesadillas no le dejan descansar bien. Algunas noches se desvela a las cuatro de la mañana y ya no se duerme. El reloj de la iglesia le mantiene informado, con sus ruidosas campanadas de lo temprano que es y cuando mira por la ventana, la oscuridad total del cielo le aconseja que vuelva a la cama. Hay días que no le dan ganas de levantarse, de continuar esperando, de luchar por la vida.
Esta noche será como las demás. No espera nada especial. Se quedará durmiendo echando mano de sus recuerdos y viendo a Gloria lo guapa que estaba el día de su boda. Con aquel velo que le trajeron de Zaragoza y las rosas que cortaron de aquellos rosales que cultivaba D. Antonio, el maestro.
Revivirá los malos momentos que pasó, cuando no le dejaban cortejar a Gloria y el padre de ésta, le amenazó que no festejaría con su hija ni en mil años. Los amigos le aconsejaron que se la quitara de la cabeza, que había otras mozas en los pueblos vecinos que merecían la pena. Era demasiado tarde, aquella moza en especial había calado demasiado hondo en el corazón de Basilio. Familiares de Gloria llegaron a amenazarle y pronto, las dos familias se distanciaron hasta llegar a no hablarse.
Volverá a evocar el viaje de novios a Zaragoza. Estuvieron cuatro días. Viendo el río Ebro. ¡Qué grande!. Vieron la basílica del Pilar. ¡Que iglesia más enorme!. En Zaragoza todo era enorme: las calles, los tranvías, las casas. Ya no volvieron a viajar más.
En cada recuerdo, hay un momento especial para Gloria. Tal vez hay un punto de emoción cuando recuerda a su esposa. Siempre está ella presente.
La quiso más que nadie, pero nunca le dijo que la quería. Nunca salieron esas palabras de su boca. Nunca hubo una frase de amor. Todo fue muy seco por su parte. Cuando decidió dar el paso de pedirle que festejaran, fue algo muy brusco. Aunque ella aceptó enseguida. Después no hubo otro momento de romanticismo. Con él “Si quiero” de la boda, se terminó todo signo de ternura. Gloria se quejaba del poco apasionamiento que había entre los dos y él respondía que esas delicadezas las dejaba para los actores de las películas.
En la absoluta soledad de la noche, Basilio llora y se arrepiente de no haber dado a su mujer lo que le pedía. Era tan poca cosa. Bastaban unas palabras que le avergonzaron en su momento: un “te quiero” y un beso. Ahora no la tenía. Ya era demasiado tarde para lamentarse. Sólo llora de rabia. Cuantas noches llorará como esta, con la impotencia de no poder hacer nada por evitarlo. En su eterna soledad, llora de dolor. Igual que su amor fue grande, también es grande su amargura. Por eso, solamente le queda esperar. Esperar a que Dios se acuerde de él.
EPÍLOGO
-”¿Te has “enterao” de lo del Basilio?”. Dice Benedicto, el sacristán.
-”¿Qué le pasa?”. Contesta Fabián, el dueño de la tienda.
-”Su cuñada, la Josefa, lo ha encontrado muerto esta mañana”.
-”No me digas. ¿Y de que ha muerto?”.
Son las tres de la tarde del lunes y bajo los soportales del Ayuntamiento, se va arremolinando la gente. La noticia corre como la pólvora y a todos cae como un jarro de agua fría. Basilio tenía una manera de ser muy áspera y brusca, pero era buena persona y todos lo querían. Todos sabían que detrás de ese taciturno que se sentaba en el banco de la Portilla, había un hombre excelente, con ganas de ayudar a cualquiera. Pero en los últimos años, todo había sido diferente, aunque ahora nadie lo tenía en cuenta. Todos le conocían bien, pero nadie sabía que nunca le había dicho “te quiero” a su esposa.
Cuando el médico diagnosticó la muerte, se quedó extrañado de lo sano que estaba el difunto. No tenía una enfermedad especial por la que acaeciera la muerte. Basilio se cansó de esperar y quiso decirle a su esposa lo que nunca le dijo en vida.
Daniel Vera Mateo
Calatayud
Tercer premio año 2002














