<< < 111 112 113 114 115 116 117 118 [119] 120 121 > >>
UNA MAESTRA
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:05:14
Yo vivía en un barrio grande, pero no era bonito porque lo dividía las vías del ferrocarril, y eso dificultaba su desarrollo.
Las casas eran grandes, de una sola planta con corral. Éramos personas que habíamos abandonado nuestra tierra para poder situarnos mejor en la ciudad.
Como nosotros, había andaluces, extremeños, y sorianos. La mayoría de los hombres trabajaban en la construcción. Éramos lo que se dice un barrio obrero, con pocos recursos.
Había dos escuelas nacionales. En la que yo iba teníamos una maestra que se llamaba Simona. Era una mujer soltera y mayor, quizá no era tan mayor, pero yo así la veía entonces. Ha sido de las personas más justas y buenas que yo he conocido en mi vida. Cuando conocía a nuestros padres, iba a visitarlos a sus casa, les hablaba, y los comprendía sin olvidar del medio que procedían. Les animaba para que se integrasen en donde les estaba tocando vivir, ya que para ellos era duro estar lejos de su tierra. Algunos padres, se emocionaban al encontrarse con una maestra que los comprendía en esos momentos de soledad.
La ciudad para el que procedía de núcleos pequeños era muy fría y dura, estoy hablando de los años cincuenta y cuatro y cincuenta y cinco.
En clase por la mañana, hacíamos la escuela tradicional, pero con una diferencia, nos preguntaba la lección, si contestábamos bien, nos daba, por ejemplo, un vale de diez puntos; por un dictado sin faltas de ortografía, ocho puntos; así todo un mes. Al terminar el mes, hacíamos recuento de todos los puntos que habíamos obtenido y nos servía para ocupar el lugar que nos correspondía según la puntuación alcanzada. Al final del curso, hacíamos recuento de la puntuación de todos los vales, con este resultado:
- Máxima puntuación ................. Premio Extraordinario
- Segunda puntuación ................Primer Premio
- Tercera puntuación ..................Sobresaliente
- Cuarta puntuación ..................Notable
Pero toda la clase tenía premio porque nos regalaba a cada una un tebeo de la colección “Azucena”. A todo esto hay que añadir que nosotras nos esforzábamos en trabajar mucho. También nos puntuaba como guardábamos los vales, y si los entregábamos limpios o sucios. Con todas estas cosas nos estaba enseñando a esforzarnos, a ser ordenadas y limpias en nuestras cosas de cada día (esta es una apreciación mía al hacerme mayor).
Por la tarde, en otras clases, bordaban juegos de cama. Nosotras no. Nos enseñaba a coser dobladillos, a hacer ojales, a echar un pedazo y a zurcir; también algo de corte y confección. Nos decía que todo esto, nos serviría más en nuestra vida el día de mañana cuando fuésemos mujeres y tuviésemos marido e hijos.
En el colegio a veces le llamaban la atención porque decían que se saltaba las normas, pero ella decía que todo es enseñar. Era una maestra “por vocación”.
Han pasado muchos años y recuerdo a doña Simona como una mujer muy adelantada en su tiempo, era muy religiosa. En el recreo si alguna chica tenía algún defecto, y nos reíamos de ella, o no le dejábamos jugar porque era gordita y corría menos que nosotras, nos reunía en clase y nos hacía comprender que a la persona que se le hacen burlas o se le discrimina, le estamos haciendo mucho daño. Con sus palabras entendíamos que en la vida hay que ser solidarios con los más débiles. Nunca nos castigaba de rodillas, ni con los brazos en cruz, tampoco nos pegaba con la regla en las manos.
Muchas veces sueño con mis compañeras de esa clase y me hago muchas preguntas, pero no encuentro respuestas.También viene a mi memoria doña Simona, esa gran mujer y extraordinaria maestra. Digo maestra porque a mí me gusta más que profesora.
Manuela Beltrán Lallana
Morata de Jilocaa
UNA MUJER
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:04:02
Inés es una jovencita muy soñadora, pero al mismo tiempo real y firme en sus decisiones. De niña vivía en un pueblo pequeño. Sus padres eran una familia humilde, trabajadora y ahorrativa. Tenía varios hermanos.
A Inés le gustaba mucho jugar con sus amigas. Estaba siempre por la calle, no tenía juguetes pero se los inventaba; hacía muñecas de trapo, ponía cepos para cazar gorriones, iba a los “runchaderos” a esbarizarse, jugaba con barro... Se sentía feliz.
Los padres eran personas muy alegres y familiares, rectas y honradas. Tenían un sentido muy alto del honor, de la familia, de los amigos y vecinos. Sus vidas transcurrían sin salir del pueblo.
El padre trabajaba en las faenas del campo, era jornalero.
La madre se dedicaba a las faenas de casa y al cuidado de los hijos, que no era poco.
Las mujeres de aquel tiempo tenían que ir a fregar la vajilla a la aceiquia. Lavar y aclarar la ropa en el río en el que bajara más clara el agua. La comida se guisaba en hogar de leña. Por las noches, en el invierno, se juntaban en casa de los abuelos a pasar la trasnochada con los tíos, primos y algunos vecinos. Allí contaban historias y chascarrillos. Las mujeres a su vez, hacían jerséis y pedugos para los hombres, eran de algodón y se hacían con cinco agujas. También apedazaban la ropa. Tenían pocos recursos económicos pero eran felices.
Nuestra amiga Inés, llegó a la juventud con ganas de divertirse pero siempre con unos valores que desde niña, le habían enseñado en su casa. Se marchó a vivir a la ciudad, allí hizo otras amistades; amigas, amigos, compañeras de trabajo... Inés trabajaba en un taller de tejidos, entró de aprendiza y llegó a ser oficiala de primera. En esos años ella quería aprender más para poder situarse mejor. Como siempre había sido decidida y luchadora, conoció a personas que le ayudaron a realizar sus sueños.
En vacaciones volvía al pueblo con los suyos.Con su padre se marchaba por los montes. Se pasaban horas andando y hablando. El padre un día le dijo:
- ¿Quieres que vayamos a buscar las fuentes que antes había por aquí?. Antes había muchas pero como estos años hemos tenido tanta sequía han desaparecido. Este año ha llovido aunque no mucho, la sequía es grande, pero igual han vuelto a manar.
Fueron buscando y encontraron varias. Las limpiaron de la maleza que tenían alrededor. A Inés y a su padre les dio mucha alegría ver que las fuentes no se habían secado. Pensaban que otras personas como ellos, cuando fueran por el monte, podrían echarse un trago de agua fresca y buena.
Inés volvió al pueblo en unas fiestas y se hizo novia de un chico, también del pueblo, y que como ella vivía también en la ciudad.
Se casaron y trabajaban los dos. Tuvieron dos hijos: un chico y una chica. En vacaciones los mandaban al pueblo con los abuelos. Inés y su marido iban de fin de semana y en vacaciones. Hoy sus hijos ya están casados y tienen sus propios hijos. También ellos los mandan al pueblo en vacaciones con los abuelos, que son Inés y su marido. Cuando se jubilaron se fueron a vivir a su pueblo, con los suyos, que cada vez son menos.
Es una pena como se quedan vacíos los pueblos. No hay gente joven que son los que pueden dar vida y llenar las calles y escuelas de niños. Inés como ya es mayor tiene nostalgia de cuando ella iba a esa misma escuela. Siempre llena. Las chicas tenían maestra. Había tantas que se dividían por secciones.Los chicos tenían maestro, ellos también eran muchísimos. Uno de ellos fue su marido.
En aquel tiempo las clases, recreos y juegos, no se compartían.
Hoy Inés es una anciana pero alegre, muy vital y luchadora. Asiste a clase para adultos porque piensa que para aprender no hay edad, y siempre hay que aprender cosas nuevas. Participa en todo lo que se organiza en el pueblo. Es muy alegre, le gusta mucho cantar y bailar.
Ahora dice que cuando muera, la incineren y sus cenizas las esparzan por el río Jiloca por si resucita, nacer otra vez en su pueblo.
Manuela Beltrán Lallana
Morata de Jiloca
PARA TI MUJER
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:02:52
Las mujeres son las flores en el jardín de la vida y si no fuera por ellas el mundo no existiría.
El día 8 de marzo es el día en que la mujer empieza a reflexionar y por tanto a tratar de liberarse de la tiranía de los hombres.Recordando tiempos lejanos, en nuestros pueblos cuando de niñas pasábamos a adolescentes, comprendíamos lo diferente que era la libertad entre los chicos y las chicas, la distinción que nuestras madres y nuestras abuelas tenían con ellos. Cuando era día de fiesta para ellos todo eran ventajas ya que podían pasarse el día y la noche de juerga pues, según ellas, lo festejaban porque para eso ellos eran hombres y todo les estaba permitido. Sin embargo, cuando llegaban las fiestas de nuestro pueblo, nosotras teníamos que volver cuando nos decían las madres, pues según ellas, no estaba bien visto que las mujeres regresaran tarde. Pensábamos que aquello no era justo pero teníamos que obedecer.
Las amigas nos reuníamos y comentábamos que no estábamos dispuestas a ser tan esclavas como ellas y algo en nuestro interior nos decía que aquello tenía que cambiar, que no estábamos dispuestas a seguir con la vida que ellas llevaban, siempre dentro de sus casas, siempre pendientes del marido y de los hijos.Lo bueno era que para ellas todo aquello les llenaba de ilusión y por tanto las fiestas, los ratos de ocio, las traían sin cuidado.
Una de las distracciones de los hombres era subirse a las bodegas que están alejadas del pueblo en unos montes altos, en los cerros. Se juntaban unos cuantos amigos y se lo pasaban bomba. Hacían sus meriendas y entre bocata y vaso de vino no se daban cuenta de que el tiempo pasaba, entre jotas y chistes, les llegaba el día sin darse cuenta.
Han pasado unos cuantos años y las que fuimos jóvenes hemos madurado. Nuestros hijos ya no nos necesitan y en nuestro interior empieza a nacer una pequeña rebeldía. Pronto nos dimos cuenta que teníamos que defender nuestros derechos e hicimos nuestras reuniones. Formamos una asociación de amas de casa y ya reunidas una tarde con muchas ganas de luchar, nos colocamos un chándal y unas bambas de deporte y fuimos a hacer gimnasia y después a merendar.
Nos pusimos a pensar que ser madres es lo más bonito que nos ha podido pasar. Hasta que un ocho de marzo nos hizo reaccionar, ¿por qué no buscar los derechos que a la mujer le pertenecen?.Ellos ya no protestaron, sabían que les daba igual ya nos hemos liberado y en todo hay igualdad.
Gracias a un ocho de marzo, tenemos la liberad.
Laura Gracia fuentes
Morata de Jiloca
HISTORIAS REALES DE MARGARITA
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:01:17
Estábamos un día mi hija y yo, cuando ella me dijo:
- Mamá, cuéntame alguna historia de cuando eras niña.
- Pues sí hija, te la voy a contar.
Tenía seis o siete años y yo era una niña muy bajita, muy pequeña de estatura, y mis amigas por el contrario eran muy altas. Lo pasaba muy mal, pues íbamos a coger frutas al campo y yo nunca cogía porque no llegaba a las ramas de los árboles. Ellas siempre me tenían que dar, y a algunas niñas les sabía mal que yo no cogiera y ellas las tuvieran que repartir conmigo. Un día mi amiga que me quería y veía que sufría por ser bajita, me dijo:
- Oye Margarita, ¿por qué no haces una cosa que yo te voy a decir?
Yo le dije:
- Habla que yo te escucho.
- Mi papa echa abonos a los árboles para que crezcan, ¿por qué no te pones abonos tú a ver si creces más?
Y yo pensé, ahora mismo me voy a mi casa a ver si mi padre tiene abonos. Efectivamente, en el patio había unos cuantos sacos, y sin perder tiempo busqué unas tijeras y abrí uno de los sacos, escarbé, hice un agujero, me quité las zapatillas y los calcetines y me metí en el saco a cuclillas. Allí estaba yo, esperando crecer. Se hizo la hora de comer y mis padres y mi hermana me llamaron:
- ¡Margarita, ven a comer! – dijo mi hermana.
Yo contesté:
- ¡Luego, ahora no puedo!
Y repitió mi madre:
- ¡Haz el favor de venir, la comida se enfría!
Yo contesté:
- ¡Que no puedo ir, que estoy creciendo!.
Salieron los tres a ver que pasaba, mi padre y mi hermana, ¡que risas se daban al verme metida en el saco!, pero mi madre no reía, aún recuerdo como si fuera hoy, como a mi madre le caían las lágrimas por las mejillas.
Le conté a mi hija que aún haciendo todo por crecer, nunca fui alta, con diecinueve años sólo llegué a medir un metro cincuenta, pero yo intenté crecer más y no pudo ser, sigo siendo bajita, pero mi corazón creo que es grande.
- ¿Te ha gustado? –le pregunté a mi hija- pues te voy a contar otra historia porque parece que te gusta.
Era un día de mayo por la tarde, salimos de la escuela las amigas y dijimos:
- Vamos a buscar la merienda y la botija y nos vamos a “la fuente de los garbanzos” –que así se llama la fuente.
Teníamos de ocho a nueve años y nos fuimos tan contentas a la fuente que estaba en un monte bastante alto. Había que subir mucha cuesta, y una vez que estábamos en el monte, en lo más alto, nos paramos todas a la vez, y con cara de asustadas, nos miramos unas a otras y dijimos:
- ¿Oís?, están los angelicos en el cielo rezando el rosario –pues oíamos como rezaban y cantaban “las flores de María”.
Oíamos como decían:
- Santa María, madre de Dios.
¡Todas lo oíamos! y luego cantaban:
- ¡Ave, ave, ave María, ave, ave, ave María!
Fue tan grande el susto que nos llevábamos, que no llegamos a la fuente, nos bajamos corriendo al pueblo diciendo que oíamos cantar y rezar a los angelicos en el cielo. Nuestras madres se asustaron, y es que por aquella época, se decía que se aparecía la Virgen. Las madres, asustadas nos preguntaban:
- ¿Es verdad o es broma?
Nosotras todas contestábamos que era verdad, y decían:
- Estas niñas se han vuelto locas.
Una de las madres, fue a llamar al señor cura y le contó lo ocurrido. El señor cura vino con los brazos abiertos, y dijo:
- ¡Hijas mías, no estáis locas, pero no habéis oído a los angelicos rezar el rosario y cantar “las flores del mes de mayo de María”, en Maluenda, han puesto un altavoz en la veleta de la torre de la iglesia, y el viento lleva el eco hasta el monte, por eso lo habéis oído!
¡Que tranquilas nos quedamos!, pero a la vez, ¡que desilusionadas!
¿Te han gustado estas historias?, ¡son reales!, otro día te contaré más.
Asunción Algarate Palacios
Morata de Jiloca
CARMEN
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:00:15
Carmen era una niña muy tímida, vergonzosa, se escondía de la gente. A los cuatro años empezó a ir al colegio. Por su timidez pasaba muchos días llorando. Debido a su tristeza no quería jugar ni juntarse con chicas. Pasaron los días y por fin se integró con sus compañeras, jugaba y participada en todos los juegos. La profesora la sacaba al recreo y ella se lo pasaba muy bien. Jugaba a la comba y otros juegos.
Cuando se hizo mayor fue una chica muy alegre, le gustaban las fiestas del pueblo, bailar, alternar con sus amigas… También le gustaba reunirse con ellas, en su casa, para hacer labores: ganchillo, media, bolillos… Carmen era la mayor de cinco hermanos, como el pueblo era pequeño y no tenía futuro, se marchó a Zaragoza en busca de trabajo. Se colocó de dependienta e hizo muchas amigas. Le gustaba ir con ellas al cine. Así conoció a un chico, se hicieron novios. Este chico era cubano, se casaron y tuvieron dos niñas: Sara y Pili.
Una de las niñas nació con una dificultad. Para Carmen eso fue muy duro, tuvo que dejar su trabajo, no podía acompañar a su marido, tenía que estar constantemente con sus hijas.
Llegó un buen día y su marido se marchó a su tierra, las abandonó y las dejó sin ninguna posibilidad económica. Carmen con todo su dolor de verse sola y no poder sacar a sus hijas adelante, se hizo fuerte y salió a la calle en busca de trabajo. Una amiga conocía a una señora que necesitaba una muchacha. Fueron a casa de la señora para que la conociera. Carmen le contó su vida y los problemas que tenía para sacar adelante a sus hijas. A la señora le dio muy buena impresión y aceptó que Carmen se quedara a trabajar en su casa.
Pasó el tiempo y Carmen no se encontraba a gusto. La señora la espiaba porque no se fiaba de ella y Carmen se encontraba muy incómoda con esa situación porque ella era una chica muy decente y decidió marcharse.
Un día recibió una carta de su marido, el le decía que había recapacitado y quería volver a casa con ellas pero las hijas, sobretodo Pili la mayor de las dos, no quiso que regresara. Ella tenía trabajo para ayudar a su madre y Sara, la pequeña, se había recuperado de su dificultad y también tenía trabajo.
No quisieron saber nada de él porque las abandonó cuando más le necesitaban. Ahora son muy felices madre e hijas.
Teresa Temprado Nuño
Morata de Jiloca
DESCUBRÍ EL MAR
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 20:58:14
Había cumplido los 17 años y no había visto el mar. Mi abuela me decía:
- Algún día nos iremos las dos a Barcelona y lo verás.
No sé si a ella le hacía más ilusión que yo viera el mar, o volver ella a Barcelona y recordar los años que vivió allí.
Ese día llegó, las dos cogimos el tren y así empezó mi entusiasmo por el mar.
El viaje hasta Tarragona me pareció eterno, pero pasada esa ciudad empecé a verlo, ¡qué grande!, ¡qué azul!, pensé.
La ciudad de Barcelona me gustó mucho, pero el mar me había conquistado. Cada día nos íbamos la abuela y yo al puerto. ¡Qué barcos!. Había uno que me pareció un edificio muy grande, me dijeron que era de los pequeños. Con la golondrina cruzamos al rompeolas, eso sí que me impactó. Las olas rompiendo en esas piedras tan enormes y el horizonte…¿qué había en aquella línea tan lejana y bonita?. Desde ese día no pensaba mas que en cruzarla.
En ese viaje pisé la playa, pero no pude bañarme porque hacía frío.
En el viaje siguiente, como era verano, sí que tomé contacto con el, fue en la Costa Brava. ¡Qué playas más bonitas!, el agua era tan limpia…y ¡muy fría!, lo cual no me importaba, entraba y salía, siempre en la orilla.
Donde más disfruté del mar fue en Salou, allí si me iba lejos aunque cuando más lo saboreaba era cuando me sentaba en la orilla y miraba a lo lejos como si quisieras descubrirlo.
Tanto me obsesionaba esa línea del horizonte que fui a Palma de Mallorca en barco. Me pasé la mayoría del trayecto en cubierta. Quería descubrir la línea pero nunca la encontré, aún así me entusiasmaba y me preocupaba, sólo veía agua y oía el ruido del barco.
También he conocido un poco el mar Cantábrico, me pareció más serio y bravo que el Mediterráneo; fue en la playa de Zarauz, había mucha gente y no les daba miedo. Yo ni me acerqué a la orilla. Las olas me parecían muy grandes.
La playa que me encantó fue La Concha de San Sebastián, paseé por ella, parecía que me invitaba a quedarme. Del océano Atlántico conozco la parte que baña Galicia. Cuando vas a esa Comunidad lo primero que se suele visitar son las Rías Bajas. Sus puertos son todos pesqueros, y aunque muy frías, tienen bonitas playas. De ese mar, que no parece azul sino verde, lo que no me gustó pero me sorprendió, fue la cantidad de plataformas que hay esparcidas: eran granjas de mejillón.
Un día vi que el mar se había ido lejos. La marea estaba baja pero. ¿qué hacía toda esa gente dentro de la arena, con unos rastrillos y cestas que parecían cazamariposas?.
- ¿Cogen algo? –pregunté.
- Son los mariscadores, están recogiendo su cosecha de almejas y berberechos.
Por la tarde el mar fue subiendo como si no quisiera que le robasen más frutos. Todo que iba viendo relacionado con el mar me entusiasmaba: rocas llenas de mejillones pequeñísimos, los peces…. Recogí conchas de distintos tamaños y formas, piedras de muchos colores y una estrella de mar.
El océano donde más grandioso me pareció, fue cuando lo vi desde el faro de Finisterre, con esa mezcla de colores, esos rugidos de las olas, ese olor a sal, ese sabor a mar….
Todos mis sentidos estuvieron puestos en una barca que las olas llevaban de un lado para otro, como un papel en las aspas de un molino.
Seguí recorriendo las Rías Altas y terminé otra vez en las Rías Bajas, en un pueblo marinero llamado Santa Eugenia de Riveira, con un gran puerto pesquero en el que había gran variedad de pescado y marisco que yo no había visto nunca. Otra grandeza del mar, pensé. ¿Qué más esconderá?
Gracias abuela por la oportunidad que me brindaste de descubrir el mar..
María Luz García Marco
Morata de Jiloca
Página anterior Página siguiente ![]()














