EL MENDIGO DE LAS COLILLAS DE ORO
Categoría: Relatos 02 el día 2010-01-07 21:28:21
Esta narración transcurre en un humilde pueblo por el cual deambulaba diariamente un mendigo.
El mendigo no tenía mucha edad pero se sentía viejo, sobre todo en experiencias vividas. Había perdido su último trabajo y ello le había llevado a ser uno más de los sin hogar, pero en vez de quedarse en las grandes ciudades donde había vivido, marchó por los caminos, hasta el lugar donde ahora se encontraba.
Este mendigo tenía la compañía de un pequeño perro vagabundo, con una fea apariencia de un tono marrón oscuro y palidecido; pero el cual tenia un gran corazón y quería al mendigo. El aprecio del mendigo hacia el perro le llevo a darle el bonito nombre de Sol, ya que al no tener vivienda, la mayor cantidad de horas del día, las pasaban ambos bajo el sol.
Su pasión era buscar por las plazas, calles, bares y todo tipo de lugares, incluso en la dehesa miraba al suelo por si algún campesino había tirado alguna colilla, ya que su mayor placer era hacerse cigarros con estas colillas, y disfrutar de su penetrante humo.
Todos lo conocían y hablaban con él, recogía frutas de los árboles, que le servían de alimento. De vez en cuando cogía a mano alguna trucha, carpa o barbo en el pequeño riachuelo, que luego asaba. Y también ayudado por Sol cogían alguna pequeña pieza de caza, que devoraban ambos con prisa y ansia al comerla. Las verduras de las huertas crudas o cocidas en una sucia lata con agua del río también le iban bien para alimentarse. Así su alimentación y su placida vida, le hacían ser el más feliz de la tierra, estando la naturaleza a su alrededor.
Para estar, cualquier porción de tierra le resultaba digno, y para dormir debajo de los chamizos de leña. Las mujeres del lugar le daban para vestirse ropa usada, que él llevaba encima de su cuerpo hasta pudrírsele y cuando alguien se percataba de su mal aspecto, le daban otra vestimenta para cambiarse.
Amaba la vida y a pesar de no tener nada, los ancianos le querían. Hablaba con ellos; los niños le buscaban para jugar con él. Su carácter era tan cordial y su comportamiento tan educado, a su lado la paz era obligatoria. Así pasaba su día a día; sus creencias sólo debía saberlas él, y lo que sabían de su alrededor es que cuando veía el sol su rostro se iluminaba y parecía tener más fuerzas para gozar de todo su entorno.
Al llegar el frío invierno, se dejaba ver menos y como fumar era lo que más feliz le hacia, los niños recogían las colillas que veían y las metían en una bolsa de plástico, iban a su encuentro para llevárselas y disfrutar de su agradable amistad. Jugaban, reían y él fumaba liándose las colillas, y les contaba anécdotas y leyendas, que escuchaban con verdadera atención. Les decía siempre que tenían que saber mucho y ellos reían contentos, pues hubieran querido estar a su lado más que ir a clase; pero nunca les enseñaba nada perjudicial para su educación, y los aldeanos lo sabían.
Un día gris llegando los pequeños junto al mendigo, lo hallaron casi dormido, al despertarlo les dijo;
“Quizás pronto no me volváis a ver. Recordadme como soy y cuando veáis el sol, yo os estaré observando. Voy a pedirle a mi amigo sol, una alegría para vosotros que sois mis mejores amigos.”
De repente apareció un rayo de luz desde lo alto del cielo penetrando entre los árboles y alcanzando su resplandor a las colillas que traían los niños, éstas, al momento, se convirtieron en color dorado.
Los niños abrían los ojos sin creer lo que veían ¿ seria oro?. Dio las gracias al sol y les indicó a los chiquillos que las llevaran al tendero, las vendieran y comprarán golosinas y globos para hacer una gran fiesta; y que luego avisarán a sus padres de que él iba a marcharse a un viaje sin retorno.
Los niños entristecieron con la noticia pero cumplieron lo mandado por el mendigo, y las colillas de oro fueron vendidas y hubo para una gran fiesta en la plaza del pueblo; donde todos fueron felices, reinó la paz y salió el sol; los niños recordaron a su amigo y jugando reían, no lo olvidarían, les había dado la mejor y más grande fiesta de su infancia. También Sol chupaba los caramelos que le daban, mientras agitaba felizmente su cola. Ellos no le volvieron a ver, pero él desde el sol si les veía.
Hacer el bien siempre tiene su recompensa y tratar con amor y educación a las personas es una conducta que deberíamos de practicar más, no lo olvidéis nunca....... recordad lo feliz que fue e hizo a los demás el mendigo de las colillas de oro.
NOVATA
ROSA MARIA CALVO MONFORTE
Ruesca ( ZARAGOZA).














