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Morata de Jalón: de oficio herrero
Categoría: Oficios el día 2010-02-21 10:42:47
Una familia centenaria de herreros en Maluenda
Categoría: Oficios el día 2010-02-21 10:40:15
Al igual que en todas las localidades de la ribera del Jiloca, la actividad del campo hace unos 100 años se repartía entre el campo y la vega, se cultivaba cereal, o remolacha, se criaban las viñas, se sembraba alfalfa y patatas; y todas las demás actividades giraban en torno a las labores del campo.
En Maluenda hemos entrevistado a José Mª Gimeno, persona muy amable que ha accedido a contarnos un poco de su vida y la de su familia de hace más de 200 años.
Su abuelo descendía de un pueblo de Guadalajara Fuente El Saz, se llamaba Alejo Gimeno, éste se vino de aprendiz a Maluenda a la casa de un herrero muy conocido en la zona y se casó con su hija Agustina Velilla, desde entonces vive su familia en Maluenda y aunque él dejó la herrería en la que su padre le había enseñado el oficio cuando tenía 40 años, desde los 14 trabajó con él en una de las dos herrerías que había en el pueblo. La de su familia situada en la Avenida de José Antonio, en la calleja que daba a la antigua calle de General Franco. La otra herrería estaba situada en lo que hoy es la Casa de Cultura, en terrenos del Ayuntamiento y que era de la Familia Velilla, primos del los padres de José María.
Las labores de la herrería se dividían, al igual que las del campo de Marzo a Mayo, en las que se aguzaban los barrones muy de mañana, antes de que los labradores fueran al campo; a las 6 de la mañana comenzaban las tareas de la herrería, porque a las 8 los hombres ya estaban en el campo; a partir de Junio hasta que se acababa el verano, la faena se pasaba a la tarde, cuando el sol ya caía y hasta muy entrada la noche, que con la única luz de la forja se trabajaba para evitar el sofoco de las tardes de verano.
Se calzaba a las caballerías, con la forja de las herraduras, se forjaban los aperos de labranza: azadones o soteros, azadas, arados y toda clase de herramienta en general. También se hacían puertas de hierro, balcones, rejas, llaves, cerrajas y José María cuenta cómo él llegó a hacer remolques para caballerías y más tarde para los tractores.
Aún se pueden ver en Maluenda ejemplos de balcones de forja de hace más de 100 años: se forjaba con el martillo desde el barrote a la cenefa, se hacían balcones sencillos, compuestos de barras verticales, y balcones labrados con flores o figuras ondulantes y geométricas, que recuerdan los de los antiguos palacios renacentistas aragoneses.
El hierro dulce que se trabajaba en las herrerías se compraba en Calatayud, en las ferreterías y venía en láminas o en tiras que más tarde al calor del fuego y la maestría del herrero se convertían en piezas imprescindibles en la vida cotidiana de los hombres y mujeres del campo, o piezas de decoración en sus rejas o balcones.
Cuando José María dejó la herrería de su padre, las labores del campo ya no eran las mismas y la vida había cambiado lo suficiente cómo para darse cuenta de que el herrero ya no era un oficio de la segunda mitad del siglo xx. Ahora en Maluenda existe un taller de herrería, que se ocupa de las tareas propias de un taller, las máquinas han sustituido el trabajo artesano de hace siglos.
Ibdes, la esencia del espliego
Categoría: Oficios el día 2010-02-21 10:39:29
En Ibdes como en todos los pueblos de la comarca, se han ido perdiendo todos los oficios tradicionales que por falta de rentabilidad ya no interesaba seguir practicándolos. Una de las actividades que más recordamos con cariño, pues se hacía para el verano y vísperas de las fiestas, era la recogida del espliego o lavanda, para hacer esencia.
El espliego es una gramínea que crece espontáneamente en el campo y de cuyas propiedades hay todo tipo de especulaciones. Algunas personas dicen que en infusión purifica la sangre, otras que su olor repele a arañas e insectos, etc. Lo que sí está demostrado es que es empleado en la industria de la cosmética y la farmacia para cremas, perfumes, pomadas etc.
Todos los años a primeros de agosto, venían los que podemos llamar los del espliego e instalaban la caldera muy cerca del río Mesa, esperando que los lugareños fuesen en busca de la planta.
Se recogía cortando el tallo con una hoz y de iban haciendo unos fardos, depositados en un principio en burros y más tarde cuando se modernizaron los tiempos en remolques. En las buenas épocas se podían recoger hasta 2000 Kg diarios y en los últimos años se pagaba sobre 7 a 8 Pts. el Kg.
El proceso de la fabricación de la esencia de espliego era sencillo y comentamos que nos recuerda al de fabricar alcohol en un alambique. La caldera era especial, con doble casco y una rejilla que unía las dos partes. En el interior se depositaba el espliego y en el otro casco el agua que hervía soltando el vapor. Estaba comunicada por un tubo llamado serpentín con otro recipiente mucho mas pequeño, introducido en el río, en el cual se iba depositando la esencia gota a gota.
La caldera era encendida con leña por la mañana y no se apagaba hasta por la noche, aunque en alguna época se llegó a tener encendida día y noche. Encima se cerraba con barro para que no se escapara el vapor y tuviera más presión. Se introducían alrededor de 1000 kg de espliego junto con 500 litros de agua, una vez por la mañana y otra por la tarde.
A algunas personas el olor les resultaba agradable, aunque a otras les parecía un poco fuerte y evitaban el paso por la zona, aunque su presencia era sinónimo de fiesta y de un dinerillo extra que muchos jóvenes empleaban para San Roque.
Pero lo cierto es que un buen día, por edad o economía, los esencieros dejaron de venir y su caldera fue abandonada y el oficio en la comarca desapareció.
Alumnas y alumnos del aula de adultos de Ibdes
Ladrilleros de Cetina
Categoría: Oficios el día 2010-02-21 10:38:38
En Cetina, localidad milenaria de la ribera del Jalón, se ha conservado una tradición digna de admiración; el oficio de ladrillero. Un oficio que sigue escrupulosamente las maneras de los antiguos mudéjares, que tantas torres y palacios construyeron en estas tierras.
Es la familia Marco la que sigue manteniendo viva esta costumbre. Los materiales necesarios para la fabricación del ladrillo son simples: tierra, agua y fuego. La tierra se obtiene de los alrededores y es rojiza y arcillosa. El agua de un pozo situado dentro de la fábrica y el fuego, para la cocción, se realiza en el horno.
En los meses del crudo invierno se prepara la tierra, a fuerza de pico y pala, deshaciéndola hasta convertirla casi en arena. En primavera verano y otoño el proceso es continuo. La tierra se echa en una gran pila y al día siguiente se mezcla con 500 litros de agua y algo de paja, pisando el barro hasta que se hace una gran masa. En la era, ahora con techo, se prepara el suelo con una capa de ceniza y arena, para que el barro no se pegue al suelo. Este se extiende en unos moldes de diferentes formas y tamaños, aunque el más común es el ladrillo tradicional de 25x12x3. Seguidamente se pasa el rasero y se levanta el citado molde, mojándolo, repitiendo la operación en toda la explanada de la era. A esto se le denomina cortado y nunca se efectúa en invierno, pues los fríos y el hielo rajarían los ladrillos en la cocción. Este trabajo se culmina con el palmeo para alisarlos y después se les pasa los charranderos, especie de hoces para quitar las rebabas que han quedado al quitar los moldes. A continuación el ladrillo se almacena en filas, dejando una pequeña abertura para facilitar el secado. De allí pasarán al horno en el proceso más delicado e importante. El horno de cuya existencia se pierde en la memoria de los tiempos, consta de dos partes. La inferior o bóveda es donde se quema la leña y esta compuesta por cuatro arcos de ladrillos, unidos por unas arquetas con agujeros que permiten comunicar el fuego con la parte superior. La zona alta se denomina horno, es de forma cúbica pero sin techo y con una pequeña puerta. Los ladrillos son depositados de canto de dos en dos, formando lo que se denominan camas. La primera cama se forma con ladrillos viejos pues es la que más sufre. Se levantan 25 camas, conservando los huecos del tiro del fuego en las 10 o 12 primeras. Luego se cambia la posición del ladrillo para aprovechar el calor. En total son 12000 ladrillos que tardan en cocer de 35 a 40 horas. El fuego es encendido al amanecer, alimentado con leña hasta que alcanza unos 1000 grados, y no se apaga hasta 25 horas mas tarde. Después se irán cerrando los tiros, tanto de la boca del fuego, operación que se denomina encascar, como por el techo, que se cubre con cascotes y luego con arena para conducir el tiro donde quedan los ladrillos todavía sin cocer.
Después de 8 a 10 días el horno ya estará enfriado y se procederá a su retirada, para su almacenaje y posterior venta. Nos comenta uno de los Marco que la producción está toda vendida y más que pudieran fabricar, pero este es un oficio manual y artesanal y no se puede correr, por lo cual mas vale hacerlo como siempre, pues es sin duda la clave del éxito y la permanencia de esta tradición tan arraigada en Cetina.
Grupo de extensión cultural de educación de adultos
Un guarnicionero en Calatayud
Categoría: Oficios el día 2010-02-21 10:37:43
Alfarería en Ateca
Categoría: Oficios el día 2010-02-21 10:30:37
No me sería posible hablar del oficio de la alfarería sin rememorar el alfar de Jerónimo. Pasé tantas horas viéndole trabajar, que casi me siento un profesional.
Recuerdo a Jerónimo acarreando agua a cubos y batiendo la arcilla en la pila pequeña del barro para separar la granza para luego pasar la mezcla colada a la pila grande para su sedimentación.
Pasados unos días, cuando el barro comenzaba a agrietarse, ayudado de una hoz vieja lo cortaba en bloques y con una carretilla de madera lo transportaba al pozo del obrador para su conservación.
Para su utilización, el barro debía estar en su punto: moldeable pero que no se adhiriera a las manos. Si apremiaba el trabajo, Jerónimo aceleraba su endurecimiento pegando tortas de barro en las paredes para que el yeso absorbiera su humedad. Si el barro estaba excesivamente blando, casi barbotina, lo extendía previamente sobre los ladrillos del pavimento.
Hundiendo la yema del pulgar en la torta sabía cuando estaba en condiciones. Entonces lo cogía, y sobre una tabla lo amasaba como si de masa de pan se tratara hasta que tomaba la textura adecuada para formar las pellas. Terminada esta labor, se sentaba en el torno, pegaba con un golpe seco la pella en el plato del torno, se mojaba las manos en la terriza y comenzaba a darle con el pie a la rueda.
El barro giraba vertiginosamente y la presión de sus manos lo hacía subir. Con gran maestría lo iba modelando y, como por arte de magia, lo convertía en pucheros, macetas, huchas, cántaros o botijos que alisaba con la tiradera y cortaba con el hilo. Si el objeto lo requería, lo decoraba con incisiones rectas u onduladas ayudado de las más simples y heterogéneas herramientas: un ganchillo roto, un canuto de caña, una pluma, un trozo de peine... De vez en cuando paraba la rueda y con la uña del dedo meñique arrancaba del barro un caliche, intruso formado por una pequeña partícula de caliza que en el horno hubiera provocado el descascarillado de la pieza.
Colocaba los cacharros en una tabla en rigurosa formación, y una vez llena los ponía a secar a la sombra, primero, para evitar que se abriesen con un secado rápido, y al sol, después, para su total desecación. Algunas piezas, como botijos y cántaros, las hacía en dos veces pegándoles con barbotina las asas, bocas y pitorros.
Venía luego la cochura. Cuando tenía producción suficiente, procedía a cargar el horno. Con suma delicadeza iba colocando apiladas las piezas grandes, rellenaba los huecos con piezas pequeñas y remataba con algún botijo, cántaro de juguete o pieza con asa. Concluido el llenado, tabicaba la puerta con adobes y barro y encendía el fogón dándole una calda suave para lograr una total deshidratación de los cacharros. Al día siguiente, de madrugada, comenzaba la verdadera cocción aumentando la cantidad de combustible poco a poco.
La operación duraba diez o doce horas hasta que los cacharros se ponían al rojo blanco. Entonces tabicaba la boca del fogón y cumplía el ritual de hacer con un tejo una cruz sobre el hollín de la pared para que la hornada saliera bien.
Para conocer si la cochura había cogido el punto, Jerónimo se subía a lo alto del horno y por la chimenea sacaba un botijo ayudado con un gancho, le soplaba el polvo u hollín quemado, y con la uña lo golpeaba en el vientre. Si el sonido era metálico, estaba bien cocido. El trabajo de dos meses había dado su fruto.
Jesús Blasco
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