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José Ramón Olalla
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Los tres perezosos

Categoría: Otro contenido el día 2007-12-03 11:43:01

 

Este es el cuento de los tres perezosos, escribe tus variaciones.

LOS TRES PEREZOSOS

 

Érase una vez un padre que tenía tres hijos muy perezosos. Se puso enfermo y mandó llamar al notario para hacer testamento:
- Señor notario -le dijo- lo único que tengo es un burro y quisiera que fuera para el más perezoso de mis hijos.

burro.jpg


Al poco tiempo el hombre murió y el notario viendo que pasaban los días sin que ninguno de los hijos le preguntara por el testamento, los mandó llamar para decirles:
- Sabéis que vuestro padre hizo testamento poco antes de morir. ¿Es que no tenéis ninguna curiosidad por saber lo que os ha dejado? 
El notario leyó el testamento y a continuación les explicó:
- Ahora tengo que saber cual de los tres es el más perezoso.
Y dirigiéndose al hermano mayor le dijo:
- Empieza tú a darme pruebas de tu pereza.
- Yo, -contestó el mayor- no tengo ganas de contar nada. 
- ¡Habla y rápido! si no quieres que te meta en la cárcel.
- Una vez -explicó el mayor- se me metió una brasa ardiendo dentro del zapato y aunque me estaba quemando me dio mucha pereza moverme, menos mal que unos amigos se dieron cuenta y la apagaron. 
- Sí que eres perezoso -dijo el notario- yo habría dejado que te quemaras para saber cuánto tiempo aguantabas la brasa dentro del zapato.
A continuación se volvió al segundo hermano:
- Es tu turno cuéntanos algo.
- ¿A mí también me meterá en la cárcel si no hablo?
- Puedes estar seguro. 
- Una vez me caí al mar y, aunque sé nadar, me entró tal pereza que no tenía ganas de mover los brazos ni las piernas. Menos mal que un barco de pescadores me recogió cuando ya estaba a punto de ahogarme.
- Otro perezoso -dijo el notario- yo te habría dejado en el agua hasta que hubieras hecho algún esfuerzo para salvarte.
Por último se dirigió al más pequeño de los tres hermanos:
- Te toca hablar, a ver qué pruebas nos das de tu pereza.
- Señor notario, a mí lléveme a la cárcel y quédese con el burro porque yo no tengo ninguna gana de hablar.
Y exclamó el notario:
- Para tí es el burro porque no hay duda que tú eres el más perezoso de los tres.


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La noticia de Caperucita

Categoría: Otro género el día 2007-12-03 11:29:04

¿Has leído Caperucita roja? Puedes recordar el cuento aquí. Hemos convertido ese cuento en una noticia periodística:

Un leñador salva a una niña de ser devorada por un lobo

CARLOTA BASELGA. Zaragoza  

Un joven leñador que estaba trabajando en el bosque cercano a la localidad de Erla (Zaragoza) salvó ayer la vida de Clara, una niña de 8 años conocida en el pueblo como Caperucita, y de su abuela Amelia, de ochenta y dos, cuando estaban a punto de ser devoradas por un lobo.

caperucita.jpg

La fiera, que se había valido de artimañas para ganarse la confianza de la niña, sorprendió a la abuelita mientras convalecía de una gripe, pero ésta logró refugiarse en un armario. Poco después, cuando Caperucita gritaba pidiendo auxilio, Miguel Trasobares, leñador afincado en la comarca, pudo acudir en su ayuda y ahuyentar al malvado lobo feroz.


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¡A escena!

Categoría: ¡A escena! el día 2007-12-03 11:18:29

¿Has escrito cuentos con este escenario? aquí los publicaremos.

escenario.jpg


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El inicio de Cenicienta

Categoría: Finales y ... el día 2007-12-03 11:16:00

Así acaba el cuento de cenicienta. Escribe tú el principio.

....

Llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.

cenicienta2.jpg

- ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De pronto se le apareció su Hada Madrina.    

- No te preocupes -exclamó el Hada-. Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.

   La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.

En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.

- ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.

Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió asombrado.

Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito.

Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le estaba perfecto.

  Y así sucedió que el Príncipe se casó con la joven y vivieron muy felices.

 


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Pinocho el astuto

Categoría: Finales y ... el día 2007-12-03 10:55:45

Lee el cuento Pinocho el astuto e invéntale un final.

Pinocho el astuto
de Gianni Rodari
 
 
Había una vez Pinocho. Pero no el del libro de Pinocho, otro. No lo había hecho Gepeto, se hizo él solo.
También él decía mentiras, como el famoso muñeco, y cada vez que las decía se le alargaba la nariz a ojos vista, pero era otro Pinocho: tanto es así que cuando la nariz le crecía, en vez de asustarse, llorar, pedir ayuda al Hada, etcétera, tomaba un cuchillo, o sierra, y se cortaba un buen trozo de nariz. Era de madera ¿no? Así que no podía sentir dolor.

pinocho0.jpg


Y como decía muchas mentiras y aún más, en poco tiempo se encontró con la casa llena de pedazos de madera.
- Qué bien –dijo-, con toda esta madera vieja me hago muebles, me los hago y ahorro el gasto del carpintero.
Hábil desde luego lo era. Trabajando se hizo la cama, la mesa, el armario, las sillas, los estantes para los libros, un banco. Cuando estaba haciendo un soporte para colocar encima la televisión se quedó sin madera.
-          Ya sé –dijo-, tengo que decir una mentira.
Corrió afuera y buscó a su hombre, venía trotando por la acera, un hombrecillo del campo, de esos que siempre llegan con retraso a tomar el tren.
- Buenos días. ¿Sabe que tiene usted mucha suerte?
- ¿Yo? ¿Por qué?
- ¿Todavía no se ha enterado?! Ha ganado cien millones a la lotería, lo ha dicho la radio hace cinco minutos.
- ¡No es posible!
- ¡Cómo que no es posible…! Perdone ¿usted como se llama?
- Roberto Bislunghi.
- ¿Lo ve? La radio ha dado su nombre, Roberto Bislunghi. ¿Y en qué trabaja?
- Vendo embutidos, cuadernos y lámparas en San Giorgio de Arriba.
- Entonces no cabe duda: es usted el ganador. Cien millones. Le felicito efusivamente.
- Gracias, gracias.
El señor Bislunghi no sabía si creérselo o no, pero estaba emocionadísimo y tuvo que entrar a un bar a beber un vaso de agua. Sólo después de haber bebido se acordó de que nunca había comprado billetes de lotería, así que tenía que tratarse de una equivocación. Pero ya Pinocho había vuelto a casa contento. La mentira le había alargado la nariz en la medida justa para hacer la última pata del soporte. Serró, clavó, cepilló ¡y terminado! Un soporte así, de comprarlo y pagarlo, habría costado sus buenas veinte mil liras. Un buen ahorro.
Cuando terminó de arreglar la casa, decidió dedicarse al comercio.
-          Venderé madera y me haré rico.
Y en efecto, era tan rápido para decir mentiras que en poco tiempo era dueño de un gran almacén con cien obreros trabajando y doce contables haciendo las cuentas. Se compró cuatro automóviles y dos autovías. Los autovías no le servían para ir de paseo sino para transportar la madera. La enviaba incluso al extranjero, a Francia y a Burlandia.
Y mentira va y mentira viene, la nariz no se cansaba de crecer. Pinocho cada vez se hacía más rico. En su almacén ya trabajaban tres mil quinientos obreros y cuatrocientos veinte contables haciendo las cuentas.
Pero a fuerza de decir mentiras se le agotaba la fantasía. Para encontrar una nueva tenía que irse por ahí a escuchar las mentiras de los demás y copiarlas: la de los grandes y las de los chicos. Pero eran mentiras de poca monta y sólo hacían crecer la nariz unos cuantos centímetros de cada vez.

pinocho.jpg


Entonces Pinocho se decidió a contratar a un “sugeridor”  por un tanto al mes. El “sugeridor” pasaba ocho horas al día en su oficina pensando mentiras y escribiéndolas en hojas que luego entregaba al jefe:
- Diga que usted ha construido la cúpula de San Pedro.
- Diga que la ciudad de Forlimpopoli tiene ruedas y puede pasearse por el campo.
- Diga que ha ido al Polo Norte, ha hecho un agujero y ha salido en el Polo Sur.
El “sugeridor” ganaba bastante dinero, pero por la noche, a fuerza de inventar mentiras, le daba dolor de cabeza.
- Diga que el Monte Blanco es su tío.
- Que los elefantes no duermen ni tumbados ni de pie, sino apoyados sobre la trompa.
- Que el río Po está cansado de lanzarse al Adriático y quiere arrojarse al Océano Indico.
Pinocho, ahora que era rico y súper rico, ya no se serraba solo la nariz: se lo hacían dos obreros especializados, con guantes blancos y una sierra de oro. El patrón pagaba dos veces a estos obreros: una por el trabajo que hacían y otra para que no dijeran nada. De vez en cuando, cuando la jornada había sido especialmente fructífera, también los invitaba a un vaso de agua mineral.

 

 

 

 

 


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Alicia, el frasco y el pastel

Categoría: Hipótesis... el día 2007-12-03 10:49:47

Imagina que de repente te conviertes en una Alicia tan chiquitina como un gato ¿Qué harías entonces?

 alicia.jpg


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