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NUESTROS HIJOS ADOLESCENTES

Categoría: Familias el día 2009-10-11 12:43:41

Antonio Rus Arboledas. Catedrático E. U. del departamento de psicología evolutiva y de la educación de la Universidad de Granada y autor del libro “La magia de educar en casa. Razones de amor

 
Con frecuencia, oímos conversaciones, vemos reportajes y leemos informes que arrojan un retrato fijo en negativo sobre los adolescentes. Se les presenta como desmotivados en clase, irresponsables, irrespetuosos y pasotas; no tienen objetivos claros y no valoran las cosas, porque lo tienen todo e impera en ellos la ley del mínimo esfuerzo. Existen otros estudios que destacan que los chicos poseen una gran energía, vitalidad y alegría, así como mucha curiosidad e interés por aprender cuando el reto es nuevo y estimulante; que son sociables: cultivan la amistad y el compañerismo; y son amantes de las nuevas tecnologías. Esto significa que existen clústeres de jóvenes con perfiles diferentes. Muchos sujetos participarán de rasgos positivos y negativos, como sucede en general a las personas. Así pues, nos encontramos no ante un paisaje monótono, sino ante un arcoiris de sensibilidades. La literatura especializada da cuenta de que un 50% de los púberes transita normalmente a lo largo de esta etapa; un 40 % sí tiene dificultades leves o moderadas; y en un 10 % de los casos, los problemas son serios. Sabemos que la adolescencia es una etapa difícil, de transición y de cristalización de la identidad; que son frecuentes los problemas de comunicación con los padres. Asimismo, los estudios, las amistades, los horarios, la paga y temas tabúes como el sexo y el mundo de las drogas constituyen otros tantos factores que afectan negativamente a la relación. Por otro lado, investigaciones de índole psicosocial realizadas desde paradigmas distintos, convergen en que la familia es el principal valor para los chavales, seguida de los amigos y de la música. Paradójicamente, muchos padres y madres parecen no creérselo: se encuentran perplejos, desconcertados y desmotivados para participar de modo decidido y seguro en la educación de sus hijos. Señalaremos sintéticamente algunas ideas rectoras que puedan mejorar las prácticas educativas familiares.
 
PREDICAR CON EL EJEMPLO. Cuando decimos una cosa y hacemos la contraria, ¿qué aprende el adolescente? La lección se llama hipocresía. La sociedad ha encomendado a la escuela que hable de valores tales como la justicia, la paz y la solidaridad. Pero la sociedad produce guerras y en ella abundan la injusticia y la insolidaridad. Estas contradicciones poseen un efecto demoledor y desmoralizador, que el muchacho asimila muy tempranamente. Adultos y sociedad tienen una asignatura capital pendiente: mejorar en valores y en coherencia.
 

 

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CONOCER Y RESPETAR SUS INTERESES, PROBLEMAS, INQUIETUDES Y LIMITACIONES. Para conocerlos, nos puede ayudar el realizar algún viaje, si es posible a un lugar desconocido; de modo, que madre, padre e hijos vivan simultáneamente este evento único. Los roles nuevos que se desempeñan ofrecen una imagen fresca y distinta que favorece la complicidad. Considerar sus intereses y limitaciones significa que hemos de ser empáticos con ellos, escucharlos activamente, respetar sus espacios e intimidad y reconocer su libertad de decisión y su derecho a equivocarse, pues no es bueno impedir a toda costa que no se equivoquen. Es más, los errores y los conflictos son oportunidades para crecer. Se trata de convivir sin ser asfixiantes; la sutilidad obtiene mejores resultados. La lectura de textos especializados sobre esta etapa evolutiva, la participación en escuelas de madres y padres y el intercambio de experiencias con otras familias serán de suma utilidad.
 
FELICITAR POR SUS ÉXITOS Y LOGROS. Se ha de evitar que la interacción se centre siempre en lo negativo; esto sucede cuando enfatizamos los defectos y el castigo. En todo caso, alternemos la censura y el elogio. Nosotros somos partidarios de una educación que favorezca el desarrollo de los puntos fuertes del estudiante; es más motivador y tiene efectos positivos en las áreas más deficitarias.
 
 
 
SIN ESFUERZO NO HAY CRECIMIENTO NI SUPERACIÓN PERSONAL. Una estrategia pertinente consiste en informarles y explicarles el ingente esfuerzo que ha sido necesario para que sus ídolos hayan logrado sus metas. A propósito del esfuerzo y de la necesidad de asumir responsabilidades, señalamos que las faenas domésticas competen a todos; obviamente, el reparto de las mismas no debe ser discriminatorio para las niñas.
 
VALORES Y METAS. Los valores se proponen, no se imponen, pues por su propia naturaleza no entran a presión. Los padres estamos obligados a mostrar nuestra visión del mundo, pues constituye nuestro patrimonio más valioso. Es, por otro lado, la edad óptima para hacerlo provechosamente. ¿Cómo se interiorizan los valores? Un modo es presentarlos en forma de recetas y de normas. Mejor aún es explicar el porqué y el para qué de dichas normas. Y el formato más rico es crear un clima familiar que los viva y represente positivamente.
 
ESTUDIOS Y PROFESIÓN. Debemos manifestarles nuestras ideas sobre la necesidad de formarse, además de contribuir a que se doten de un buen método de estudio y de proporcionarles información precisa para que no elijan estudios a lo loco. En cuanto a la profesión, ningún experto aconseja tomar la decisión por el dinero, como motivo principal. Por otro lado, en ningún caso es procedente anteponer nuestras expectativas personales para que ellos las desarrollen y poder realizarnos nosotros en su proyecto.
  
ANTE LAS RABIETAS.
Imaginemos que nuestro hijo nos pide que le dejemos irse el fin de semana con sus amigos a la playa. Nosotros le oímos y valoramos que no debe hacerlo. Si él acepta, se acaba el problema. Pero puede no ser así y que insista otra vez sobre el asunto; quizás, con gritos y montando numeritos, si es posible con testigos delante. Pues bien, hemos de darle una segunda oportunidad para formular su deseo. Le escuchamos muy atentos y pueden suceder dos cosas: que aceptemos su demanda, porque tomamos precipitadamente la decisión anterior o porque la hemos entendido mejor ahora; en este caso, se zanjaría el tema. Pero puede ser que, oída de nuevo la petición, nos ratifiquemos en la decisión anterior. A partir de aquí, ya no cabe una tercera oportunidad ni echarse uno para atrás en el último momento. Si esto sucediera, le enseñamos muy bien la lección contraria a la que en verdad queremos. Estaríamos ante un reforzamiento negativo, que robustece y consolida una conducta indeseable. Este procedimiento es aplicable a los horarios, a la paga, a las compras, etcétera. Hemos de ser dialogantes, rigurosos y no rígidos; pero también asertivos y firmes.
           
Para terminar, postulamos que conjugar adecuadamente la autoridad, la exigencia, el razonamiento y el amor es la fórmula mágica de una vida familiar sana. Pero la ausencia del amor explícito priva de valencia educativa a la autoridad, la exigencia y el razonamiento. Don Bosco recomendaba a sus salesianos: “Que los estudiantes se den cuenta que los amáis”. Mi amigo Juan Miguel Ortigosa Palma, agricultor, me dice que los estudiantes y las personas cuando mejor funcionamos es cuando nos sentimos valorados. En un reciente coloquio mantenido con tres ganaderos ya mayores para escribir un artículo sobre su profesión, al final de modo muy espontáneo, dejaron caer esta perla: “las vacas se llevan mejor tratándolas con cariño; con ‘palos’, la situación se hace insostenible”. Este último año, les he leído a premios nóbeles, a arquitectos prestigiosos, a poetas; es decir, a personas que destilan verdadera sabiduría, que el sistema más fiable para educar y para vivir es el AMOR. En efecto, nuestro amor es el regalo más grande.
 
 


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