«Be yourself» . PASCAL BRUCKNER
Categoría: Artículos de actualidad el día 2013-05-12 00:44:41
¿Qué es ser adulto, idealmente hablando? Es avenirse a determinados sacrificios, renunciar a las pretensiones desorbitadas, aprender que más vale «derrotar los propios deseos antes que el orden del mundo» (Descartes). Es descubrir que el obstáculo no es la negación sino la condición misma de la libertad, la cual, si no encuentra trabas, no es más que un fantasma, un capricho vano, puesto que tampoco existe si no es a través de la igual libertad de los demás fundada en la ley. Es reconocer que uno nunca se pertenece completamente, que en cierto modo se debe al otro que socava nuestra pretensión a la hegemonía.
Es comprender por último que hay que formarse transformándose, que uno se fabrica siempre contra sí mismo, contra el niño que fue, y que, al respecto, cualquier educación, hasta la más tolerante, es una prueba que uno se inflige para desprenderse de la inmediatez y de la ignorancia. En una palabra, volverse adulto —en el supuesto de que alguna vez se consiga— es rebajar nuestras alocadas esperanzas y trabajar para ser autónomo, para ser tan capaz de autoinventarse como de abstraerse de uno mismo.
Pero el individualismo infantil, por el contrario, es la utopía de la renuncia a la renuncia. No reconoce más que un único lema: sé lo que eres desde toda la eternidad. No te enredes con tutores ni trabas de ningún tipo, evita cualquier esfuerzo inútil que no te ratifique en tu identidad contigo mismo, hazle únicamente caso a tu singularidad. No te preocupes de reformas, de progresos, ni de mejoras: cultiva y cuida tu subjetividad que es perfecta por el mero hecho de que es tuya. No resistas a ninguna inclinación pues tu deseo es soberano. Todo el mundo tiene deberes salvo tú.
Así es la ambivalencia del Be Yourself: para ser uno mismo hace falta además que el ser pueda acontecer, que las posibilidades se actualicen, que no se sea todavía lo que un día se será. Ahora bien, se nos invita a valorizarnos sin mediación ni esfuerzo, y la idea de pagar con la propia persona para ganar el derecho a la existencia ha entrado en un declive irremediable. Entregado a mí mismo, sólo tengo que exaltarme sin reservas: el valor supremo ya no es lo que me supera sino lo que constato dentro de mí mismo.
Ya no «devengo», soy todo lo que tengo que ser en cada instante, puedo adherirme sin remordimiento a mis emociones, a mis deseos, a mis caprichos. Mientras que la libertad es la facultad de liberarse de los determinismos, yo reivindico fundirme con ellos al máximo: no planteo límites de ningún tipo a mis apetitos, ya no tengo por qué construirme, es decir, introducir distancia entre yo y yo, sólo tengo que seguir mis inclinaciones, fusionarme conmigo mismo.
Lo que produce un uso a menudo equívoco del término autenticidad: puede significar que cada cual es para sí mismo su propia ley, pero también acabar legitimando el mero hecho de existir, la afirmación de uno mismo como modelo absoluto: ser es un milagro de tal magnitud que nos exime de cualquier deber o imperativo.
El reproche que cabe hacer a ciertas filosofías contemporáneas del individuo no es que lo exalten demasiado, sino que no lo exalten lo suficiente, que propongan una versión disminuida del individuo, que tomen la degeneración por una prueba de salud; es, por último, olvidar que la idea de sujeto supone una tensión constitutiva, un ideal que alcanzar, y que la impostura empieza cuando se considera al individuo como algo hecho cuando todavía está por hacer.
La muerte digna.Witold Gombrowicz
Categoría: Artículos de actualidad el día 2013-05-12 00:42:08
«Se vive solo y se muere solo», dice la frase de Pascal. No exactamente. A pesar de todo se vive en grupo y los unos ayudan a los otros, y solamente cuando la muerte llama a la puerta ve el hombre que está solo... y a solas con ella..., como esos animales que se apagan mientras el rebaño se aleja de ellos en una noche de invierno. ¿Por qué la muerte humana sigue pareciéndose todavía a la muerte animal? ¿Por qué nuestras agonías son tan solitarias y tan primitivas? ¿Por qué no habéis logrado civilizar a la muerte?
Y pensar que esta cosa tan terrorífica que es la agonía reina entre nosotros tan salvaje como en los primeros días de la creación. !No se ha hecho nada en su contra en el curso de los milenios, es un tabú salvaje que no se ha tocado siquiera! Tenemos la televisión y usamos mantas eléctricas, pero seguimos muriendo salvajemente. A veces, la tímida jeringa de un médico abreviará a escondidas los suplicios de un moribundo aumentando la dosis de morfina. Una intervención timorata, demasiado insignificante teniendo en cuenta la inmensa universalidad de la muerte.
A fin de cuentas, si los católicos practicantes quieren morir sufriendo es cosa suya. Pero ¿por qué vosotros, los que sois ateos o tenéis sólo una relación poco estrecha con la Iglesia, no os atrevéis a hacer algo tan sencillo como organizar vuestra muerte? ¿Qué os intimida? Hacéis todo lo que es peciso para mudaros sin problemas de un sitio a otro cuando cambiáis de domicilio, pero cuando se trata de la mudanza al otro mundo, ¿queréis que la cosa siga a la antigua, con el prehistórico método de reventar?
!Qué tenebrosa resulta esa ineptitud vuestra! Y pensar que cada uno de vosotros sabe perfectamente que ninguno de sus seres más próximos escapará a la agonía, a no ser que le toque la suerte de una muerte repentina e inesperada; cada uno de nosotros será progresivamente destruido hasta el punto de que algunos rostros se volverán irreconocibles, y sabiéndolo, conociendo este destino inevitable, no moveréis un dedo para evitaros el suplicio. ¿Qué teméis? ¿Que escape demasiada gente si dejáis la puerta entreabierta? Dejad morir a los que escogen la muerte. No obliguéis a nadie a vivir por la incomodidad de la muerte, es demasiado mezquino.
El chantaje contenido en la obstaculización artificial de la muerte es una canallada que atenta contra la más valiosa de las libertades humanas. Porque mi libertad suprema consiste en que a cada instante me puedo hacer la pregunta de Hamlet: “¿ser o no ser?”, y contestarla libremente. Esta vida a la que estoy condenado puede pisotearme y denigrarme con la crueldad de una bestia salvaje, pero hay en mí un dispositivo sobrerano: puedo privarme a mí mismo de la vida. Si quiero, puedo no vivir. Yo no he pedido venir al mundo, pero al menos me queda el derecho de marcharme..., y ése es el fundamento de mi libertad. Y también de mi dignidad (porque vivir con dignidad quiere decir vivir voluntariamente).
Pero el derecho fundamental del hombre a la muerte -que debería figurar en las constituciones- ha sufrido una confiscación imperceptible; por si acaso lo habéis organizado todo de manera que morir sea lo más difícil posible y más terrible de lo que debería ser dado el nivel actual de la técnica. Lo cual demuestra que no sólo vuestra ciega afirmación de la vida -afirmación del todo animal-, sino sobre todo vuestra tremenda insensibilidad cuando se trata del dolor que aún no experimentáis, de la agonía que todavía no es la vuestra; en esto se revela esa estúpida frivolidad con la que se soporta la muerte mientras se trata todavía de la muerte ajena. Todas esas consideraciones vuestras grandes y pequeñas -dogmáticas, racionalistas, vitales y prácticas-, toda esa teoría, toda esa práctica se despliega como la cola de un pavo real... lejos de la muerte. Lo más lejos posible.
La atención.José A. Marina
Categoría: Artículos de actualidad el día 2013-05-12 00:39:45
En un universo orgánico no hay necesidades, ni deseos, ni tendencias, ni placeres, ni dolores. Los seres físicos se atraen sin afecto, se repelen sin odio. Son los organismos sensitivos los que introducen los valores en la realidad. Sentir es ser afectado positiva o negativamente por un estímulo. La estructura básica del comportamiento es acercarse o huir. Sentir es valorar. El animal vive en un ambiente de incitaciones y amenazas. Su sistema nervioso está preparado para desdeñar lo trivial y captar lo interesante. Los neurólogos han estudiado el reflejo de alerta, que se dispara cuando una información sorprendente o atractiva toma el control de la actividad neuronal. La percepción está dirigida por el interés. El animal sólo se fija en lo afectivamente significativo.
También la conducta humana es un sistema de preferencias. La atención es el enlace de la conciencia con el valor: un estado de imantación, en el que la conciencia y lo interesante se atraen mutuamente. Atender es ser consciente de un atractivo. Si llamamos «intencionalidad» a la correlación esencial entre un acto de conciencia y su objeto, debemos llamar atencionalidad a la relación esencial entre un acto de conciencia y el valor del objeto. Toda conciencia es conciencia-de-algo que se destaca sobre otras cosas y que resulta prestigiado, destacado, valorado respecto de los demás. El interés es una implicación, complicación con el objeto.
Mientras pace, soporta un continuo bombardeo de estímulos, que no le interesan y a los que no atiende, pero cuando en esa barahúnda le llega un crujido distinto, la siniestra novedad toma el control de la acción y el organismo entero se pone a su servicio. El cuerpo del ciervo se convierte en máquina de huir. Pero la pantera, en ese momento, también está concentrada y juega con eficacia su
La sucesión de estímulos pronuncia en su cerebro el discurso de la caza y su carrera está teledirigida por la intermitente fulguración de la piel del ciervo en la espesura. Una jerarquía de comportamientos, promulgada por los instintos, el aprendizaje y el hambre, organiza el salto y la dentellada. La atención del animal es la sumisión de todo el organismo a una tarea. Todo el poder computacional está al servicio de su mortal correría. El estímulo es el rey. La carrera del ciervo dirige la carrera de la pantera.
En el hombre todo cambia. La inteligencia descompone la armonía preestablecida entre ser-consciente y ser-interesante. El hombre puede unirse conscientemente a cualquier objeto. Los estímulos han perdido su capacidad de control y el primer plano ya no esta predestinado al mensaje más urgente. Ha dejado de existir la jerarquía objetiva de las importancias y aparece la aristocracia subjetiva: el hombre establece el orden de sus intereses. Este es el gran giro al que me he referido, que es una revolución copernicana.
El sujeto dejará de moverse alrededor del objeto, y ahora le corresponde a éste bailar al son que le toquen. Por lo que sabemos el comportamiento animal está esculpido por el estímulo, como decía Skinner. En el hombre las cosas suceden de otra manera. La inteligencia es el poder de suscitar ocurrencias, y esto concede al sujeto cierto control sobre su conciencia. Aparece el atender libre, y puede mantener el reflejo de alerta aunque el estímulo haya perdido su novedad. Este acto de independencia va a ser el cimiento de la libertad. Podrá fijarse en lo que quiera, porque será capaz de atender sin ganas. El sujeto va a construir su sistema de preferencias.
La antigua aristocracia no acepta sin lucha su relevo por la nueva. Se conservan conductas del antiguo régimen, y el poder del estímulo permanece vigente. Sería peligroso que hiciéramos esperar en la antesala de la conciencia a ciertos mensajeros, y el dolor, las novedades, los estímulos intensos conservan su antiguo salvoconducto. El notorio cambio de régimen que la inteligencia instaura no es completo, ni absoluto, ni constante.
La conversación.FERNANDO BÁRCENA
Categoría: Artículos de actualidad el día 2013-05-12 00:37:15
«El lenguaje sólo existe en la comunicación», dice Gadamer. Conversamos con nuestros contemporáneos, pero también con los ausentes a través de la memoria y de la lectura de los textos legados por la tradición.
A menudo, la conversación es un acontecimiento, lo que resulte de ella no se puede prever. Uno entra en la conversación, se deja llevar por su flujo, pero no la controla ni puede dominarla. En ella, lo importante no es tanto que nos pongamos en el lugar del otro, o que aceptemos todo lo que el otro diga, para mostrar así nuestras cualidades empáticas, sino comprender lo que dice, tratar quizá de ponernos de acuerdo en la cosa, en el asunto de que se trate, aunque se trate de un acuerdo tal que no anule un desacuerdo primordial que hace distinguir cada posición y cada inflexión.
Por la conversación buscamos llegar a acuerdos, pero también por la conversación experimentamos el lenguaje, y escuchamos las voces humanas en toda su plenitud de tonos y registros. Es en la conversación donde nos damos cuenta de que, aunque hablemos una sola lengua, en realidad lo hacemos delante de todas las lenguas del mundo, o sea, hablamos en presencia de una diversidad de lenguas, formas de expresión, modalizaciones, tonalidades, gestos, matices
La conversación, por tanto, posee una fuerte dimensión transformadora y constituye una buena figura para pensar la educación. Porque toda buena conversación deja una marca, una huella en nosotros. No se trata de que ahí hayamos aprendido algo nuevo, sino que en la conversación a menudo encontramos en el otro dimensiones inéditas que antes no fuimos capaces de percibir.
Es ahí donde la práctica de una buena conversación deviene experiencia y acontecimiento de transformación. En ella, el individuo se reencuentra con los amigos o los descubre. En la conversación aprendemos el arte del silencio, porque toda buena conversación enseña que el lenguaje no es a lo verbal lo que el silencio a lo no verbal. En la conversación, las palabras respiran a través de los silencios, por los que se cuela el sentido de lo que decimos.
En nuestras instituciones educativas y en las universidades, donde los profesores llegan cada vez menos al aula sin libros y sin cuadernos —más bien su instrumental es un portátil y el famoso «cañón»—, es en esos espacios, digo, se puede, y a menudo se hace, debatir; se «participa» en una discusión, pero ya no se conversa, no se practica la conversación como un arte, como una experiencia dialogal. Quizá debido al carácter monologal de la ciencia, y al deseo compulsivo por hacer de la pedagogía y de la enseñanza algo científico-técnico, el profesor se ha vuelto incapaz de conversar con los alumnos.
Es preciso terminar los programas, hacer múltiples actividades, todas ellas muy prácticas, cambiar constantemente la tarea para que el principio de participación en las aulas muestre hasta qué punto somos unos buenos profesores, que, saben hacer excelentes presentaciones con el programa Power Point, presentaciones a todo color, en pleno dinamismo, donde las imágenes lo hacen todo, y donde los alumnos se ahorran tener que construirse una conciencia vertical, más honda, mientras conversan con el autor del libro que están leyendo y descifran el misterio de sus palabras.
[…] Como dice Oakeshott, el ser humano es un habitante de un mundo compuesto, no ya de «cosas», sino por «significados». […] Nuestro mundo es un mundo de creencias y sentimientos, lo que incluye todo tipo de expresiones de lo humano, o de lo inhumano, de nuestra común humanidad: libros, pintura, música, escultura, utensilios de todo tipo, etc. Expresiones múltiples de lo humano que nos ponen en contacto con la variedad misma de lo humano en la tierra.
Por eso la educación no es un simple proceso de crecimiento natural, y se pervierte si se transforma en una técnica de modelamiento donde lo único que cuenta, como forma privilegiada de relación humana, es la conducta normalizada, en vez de la acción espontánea. En la educación lo que ocurre es que las generaciones adultas inician a los recién llegados en el mundo que van a vivir, en todo su legado cultural, en sus logros, valores y creencias.
Por eso, educar no es acumular más ideas sobre las cosas, sino algo muy distinto: «Aprender a mirar, a escuchar, a pensar, a sentir, a imaginar, a creer, a entender, a elegir y desear» La transacción moral educativa no es un fin o producto extrínseco a ella misma; la experiencia de esa relación es su propio fin, y tanto para el profesor como para el alumno constituyen parte de su tarea de ser humanos. No se trata de aprender hacer con mayor destreza o habilidad esto o lo otro, sino en «prender a ser a la vez autónomo y partícipe civilizado de la vida humana».
El sentido de la vida de Heleno Saña
Categoría: Artículos de actualidad el día 2013-05-12 00:34:06
Hoy se habla poco del tema que me dispongo a abordar, sea por pudor, ignorancia, aturdimiento o enajenación, o por una mezcla de todo ello. El individuo medio absorbido por el trasiego, el estrés y las mil actividades de su diario vivir, suele conceder escasa atención a la cuestión fundamental de su existencia. La mayoría de ellos considera así mismo que se trata de una problemática demasiado abstracta y metafísica, y ya por ello, muy alejada de sus preocupaciones inmediatas: el pan de cada día, el trabajo, la familia, el dinero.
Y no pocos, en fin, opinan que eso de reflexionar sobre el sentido de la vida se ha convertido en un anacronismo que sólo interesa a los curas y a una minoría chapada a la antigua. Es posible que sea así, pero la vida humana es una totalidad en el espacio y el tiempo, y por esa razón es evidente que si no logramos descifrar el sentido de esa totalidad, difícilmente podremos dar sentido a nuestros actos particulares.
[…] No nacemos súbita y enteramente hombres; lo aprendemos a ser a través de la razón y la voluntad, de la lucha y el esfuerzo por superar nuestra imperfección original y nuestro estado de ignorancia. Nos aproximamos o llegamos a la verdad no por medio de una súbita iluminación —aunque ello no sea descartable— , sino más bien a través de las enseñanzas que extraemos de los errores que inevitablemente cometemos a lo largo de nuestra vida. Esa fue también la dialéctica socrática, que no por azar parte del humilde principio del «yo sólo sé que no sé nada». Nuestra primera experiencia es, junto al amor y la solicitud de los padres, el desamparo, el desconcierto, la desorientación. Esa radical fragilidad de nuestra condición humana explica que todos tengamos que asumir, a partir de la niñez y sin excepción, el largo y arduo aprendizaje de la vida.
[…] El hombre entra en la vida —es arrojado a ella, según la terminología heideggeriana— sin estar de antemano preparado para afrontar desde una plataforma segura, los riesgos y desafíos a los que pronto se ve expuesto, o como dice Ortega «el ser hombre no tolera preparación ni ensayo previo. La vida nos es disparada a quemarropa». Pues bien, sólo acertaremos a superar esta situación cero en la medida en que aceptemos someternos voluntariamente a un proceso permanente de autoeducación.
Es a partir de esta empresa libremente asumida que se inicia la gran aventura de nuestro itinerario por el mundo, el cual, es, de una parte, hambre de certidumbre, pero de la otra, peligro de naufragio y extravío, marcha solitaria e interminable a través del desierto, que es el sitio que los antiguos anacoretas egipcios —precursores del monje y el místico cristianos— elegían para encontrarse a sí mismos. No necesito subrayar que esta larga peregrinación interior es constitutivamente inseparable de la zozobra y la inquietud, de la angustia y el miedo al fracaso y la decepción.
[…] A lo largo de esta peregrinación espiritual a través del espacio y el tiempo, el hombre vive a menudo desterrado de sí mismo y queda varado en aquel terrible «voyage au bout de la nuit» de que nos habla Céline, o en la «noche oscura del alma» tan familiar a nuestro místico y poeta. Y cuando llega esa hora de suprema soledad, extravío, pesadumbre y fatiga, la vida del hombre se asemeja a la de un viandante avanzando en plena noche por caminos mal iluminados o completamente oscuros.
[…] Todo hombre al llegar al umbral de la juventud —o quizá ya antes en su fase adolescente— comienza a hacerse preguntas sobre sí mismo, sobre las personas que conoce y sobre el mundo que le rodea. Y todo hombre también, a menos que esté completamente embrutecido o alienado, aspira instintivamente a que su vida adquiera el máximo de plenitud y coherencia. Más adelante al entrar en las regiones ingratas y duras de la edad adulta, sepulta en el fondo de su alma sus sueños juveniles de gratificación y acepta, de buen o mal grado, la suerte -buena o mala- que el azar le ha asignado. En su fuero interno, el hombre no deja de añorar nunca lo excelso y lo elevado, lo hermoso y lo noble.
La prueba es que cuando se ve privado de esos valores, como ocurre con frecuencia, sufre y vive en aquel estado de insatisfacción o tortura interior que Hegel llamaba «conciencia infeliz». A menudo tropezamos con personas agresivas, injustas, malhumoradas o abiertamente resentidas; pues bien: tened por seguro que el origen de su estado anímico se debe a que no han podido dar a su vida el sentido que hubieran querido darle y se ven obligadas, por culpa propia o ajena, a llevar el pesado fardo de una existencia en esencial contradicción con sus aspiraciones e inclinaciones íntimas.
Libro:Alicia en el País de las Maravillas. Al otro lado del espejo
Categoría: Lecturas recomendadas el día 2013-05-12 00:22:43
Lewis Carroll
Alicia en el País de las Maravillas. Al otro lado del espejo
Madrid, Ed. Valdemar, 1998.
El autor
Lewis Carroll (1832-1898), cuyo verdadero nombre era Charles Lutwidge Dodgson, nació el 27 de enero de 1832 en Dressbury, en Lancashire (Inglaterra). Fue profesor de matemáticas, y gran aficionado a la fotografía y al teatro. Durante su vida Lewis Carroll escribió varios tratados matemáticos: Tratado elemental de los determinantes (1867) y Lógica simbólica (1896), poco antes de su muerte.
La obra
Alicia en el País de las Maravillas (1865) es una de las obras clásicas de la literatura universal. Cuento infantil en principio, se convirtió posteriormente en lectura para jóvenes y adultos, en bandera para las vanguardias del surrealismo, en campo de investigación de los símbolos del psicoanálisis, pues hasta la aparición de Alicia nunca se había accedido al subconsciente infantil, que mezcla realidad y fantasía, hechos palpables y hechos imaginados, hasta formar una «realidad» por más absurda que parezca.
En esta obra, Lewis Carroll describe el mundo adulto visto con los ojos de una niña. Es un universo extremadamente raro, completamente enigmático, incomprensible y habitado por unos seres extraños. Alicia aterriza en el País de las Maravillas cuando desciende imprudentemente por una madriguera de conejo. Allí encuentra un jardín magnífico, pero también un valle de lágrimas que ella misma ha llorado y en el que casi se ahoga, dado que ha crecido repentinamente.
Alicia conoce a una serie de figuras peculiares y muchos animales extraños, por ejemplo, un conejo blanco, un pez disfrazado de recadero, un sonriente gato de Cheshire, una tortuga artificial y un sombrerero loco. Todas ellas son criaturas imprevisibles que critican constantemente a Alicia. «¡Nunca he recibido tantas órdenes en mi vida!», se indigna Alicia cuando está hasta las narices.
El País de las Maravillas está gobernado por regentes dictatoriales, cuya lógica resulta incomprensible y cuyas actuaciones son imposibles de prever. A veces, pronuncian afirmaciones completamente evidentes como si fueran grandes frutos de la sabiduría: «Empieza por el principio y continua hasta llegar hasta el fin, entonces detente», ordena el rey gravemente al conejo blanco, cuando éste se dispone a leer unos versos.
Otra figura importante del relato es la reina de Corazones. La soberana ha organizado un juego de croquet. Todo el tiempo ordena con voz estridente que le corten la cabeza a alguna figura inocente. Más tarde, uno de los seres fabulosos le aclara a Alicia que
Alicia en el País de las Maravillas rompe con la estructura de los cuentos de hadas, un mundo ordenado. El mundo de Alicia es el de los relatos fragmentarios. La historia no está estructurada como un armazón orientado hacia un telos (fin), sino como una sucesión arbitraria de eventos concebida en términos de dispersión.
Alicia, que tuvo la valentía de abismarse en lo desconocido, toma conciencia de su precariedad, de lo efímero de su condición. Cuando se encuentra en un mundo diferente, la búsqueda consistirá en recomponer su relación con el otro y con las cosas, definir su sitio.
La historia de Alicia revive en la ficción del ensueño nuestra propia tragedia, ese sentimiento de precariedad, de extrañamiento y exilio, ese saber de la propia irrelevancia en un mundo en que entramos sin ser convidados y del que siempre estamos tentados de escapar, aburridos de la indiferencia que suscitamos, hacia lugares desconocidos.
Preguntas
1. ¿Alicia en el país de las maravillas representa un modo de libertad, un rechazo de la ordenación cósmica tal como la contemplamos?
2. ¿La transfiguración del ambiente externo de Alicia se traduce en una metamorfosis interna? ¿El conflicto de identidades y la carencia de un sitio propio recorren toda su historia?
3. Comenta los siguientes fragmentos:
—¡Ay, Dios mío! ¡Hoy que raro es todo! ¡Y ayer era todo tan normal! Me pregunto si habré cambiado durante la noche [...]. ¿Quién diablos soy yo? ¡Ay, ése es el gran rompecabezas!(P. 53.)
—¿Qué camino debo tomar desde aquí? — Eso depende en gran medida de adónde quieres llegar —dijo el gato.(P. 104.)
Sentada así, con los ojos cerrados, se creía casi en el País de las Maravillas, aunque sabía que bastaba con abrirlos de nuevo para que todo volviera a la sosa realidad.(P. 181.)
4. Alicia se encuentra con extraños animalitos que evocan con sarcasmo nuestro aislamiento y sinrazón. Cada cual está solo, atareado en quehaceres de incierto valor. Casi no hay acciones comunitarias. ¿Sucede lo mismo en nuestra vida?
5. ¿La aventura de Alicia es nuestra aventura moderna, voluntad de empezar de nuevo, de hallar otra morada, de investigar lo desconocido?
6. Valoración crítica de la obra.














