El sentido de la vida de Heleno Saña
Categoría: Artículos de actualidad el día 2013-05-12 00:34:06
Hoy se habla poco del tema que me dispongo a abordar, sea por pudor, ignorancia, aturdimiento o enajenación, o por una mezcla de todo ello. El individuo medio absorbido por el trasiego, el estrés y las mil actividades de su diario vivir, suele conceder escasa atención a la cuestión fundamental de su existencia. La mayoría de ellos considera así mismo que se trata de una problemática demasiado abstracta y metafísica, y ya por ello, muy alejada de sus preocupaciones inmediatas: el pan de cada día, el trabajo, la familia, el dinero.
Y no pocos, en fin, opinan que eso de reflexionar sobre el sentido de la vida se ha convertido en un anacronismo que sólo interesa a los curas y a una minoría chapada a la antigua. Es posible que sea así, pero la vida humana es una totalidad en el espacio y el tiempo, y por esa razón es evidente que si no logramos descifrar el sentido de esa totalidad, difícilmente podremos dar sentido a nuestros actos particulares.
[…] No nacemos súbita y enteramente hombres; lo aprendemos a ser a través de la razón y la voluntad, de la lucha y el esfuerzo por superar nuestra imperfección original y nuestro estado de ignorancia. Nos aproximamos o llegamos a la verdad no por medio de una súbita iluminación —aunque ello no sea descartable— , sino más bien a través de las enseñanzas que extraemos de los errores que inevitablemente cometemos a lo largo de nuestra vida. Esa fue también la dialéctica socrática, que no por azar parte del humilde principio del «yo sólo sé que no sé nada». Nuestra primera experiencia es, junto al amor y la solicitud de los padres, el desamparo, el desconcierto, la desorientación. Esa radical fragilidad de nuestra condición humana explica que todos tengamos que asumir, a partir de la niñez y sin excepción, el largo y arduo aprendizaje de la vida.
[…] El hombre entra en la vida —es arrojado a ella, según la terminología heideggeriana— sin estar de antemano preparado para afrontar desde una plataforma segura, los riesgos y desafíos a los que pronto se ve expuesto, o como dice Ortega «el ser hombre no tolera preparación ni ensayo previo. La vida nos es disparada a quemarropa». Pues bien, sólo acertaremos a superar esta situación cero en la medida en que aceptemos someternos voluntariamente a un proceso permanente de autoeducación.
Es a partir de esta empresa libremente asumida que se inicia la gran aventura de nuestro itinerario por el mundo, el cual, es, de una parte, hambre de certidumbre, pero de la otra, peligro de naufragio y extravío, marcha solitaria e interminable a través del desierto, que es el sitio que los antiguos anacoretas egipcios —precursores del monje y el místico cristianos— elegían para encontrarse a sí mismos. No necesito subrayar que esta larga peregrinación interior es constitutivamente inseparable de la zozobra y la inquietud, de la angustia y el miedo al fracaso y la decepción.
[…] A lo largo de esta peregrinación espiritual a través del espacio y el tiempo, el hombre vive a menudo desterrado de sí mismo y queda varado en aquel terrible «voyage au bout de la nuit» de que nos habla Céline, o en la «noche oscura del alma» tan familiar a nuestro místico y poeta. Y cuando llega esa hora de suprema soledad, extravío, pesadumbre y fatiga, la vida del hombre se asemeja a la de un viandante avanzando en plena noche por caminos mal iluminados o completamente oscuros.
[…] Todo hombre al llegar al umbral de la juventud —o quizá ya antes en su fase adolescente— comienza a hacerse preguntas sobre sí mismo, sobre las personas que conoce y sobre el mundo que le rodea. Y todo hombre también, a menos que esté completamente embrutecido o alienado, aspira instintivamente a que su vida adquiera el máximo de plenitud y coherencia. Más adelante al entrar en las regiones ingratas y duras de la edad adulta, sepulta en el fondo de su alma sus sueños juveniles de gratificación y acepta, de buen o mal grado, la suerte -buena o mala- que el azar le ha asignado. En su fuero interno, el hombre no deja de añorar nunca lo excelso y lo elevado, lo hermoso y lo noble.
La prueba es que cuando se ve privado de esos valores, como ocurre con frecuencia, sufre y vive en aquel estado de insatisfacción o tortura interior que Hegel llamaba «conciencia infeliz». A menudo tropezamos con personas agresivas, injustas, malhumoradas o abiertamente resentidas; pues bien: tened por seguro que el origen de su estado anímico se debe a que no han podido dar a su vida el sentido que hubieran querido darle y se ven obligadas, por culpa propia o ajena, a llevar el pesado fardo de una existencia en esencial contradicción con sus aspiraciones e inclinaciones íntimas.














