UN TRATO DE LO MÁS EXTRAÑO
Categoría: Pluma, tintero y papel. el día 2009-06-13 12:56:00
Una fría tarde de invierno, estaba jugando con mi hermano al lado de un riachuelo situado en el bosque.
Las nubes empezaron a tapar el sol, todo se volvió oscuro, de repente empezó a llover bruscamente.
El bosque, que hacía unos momentos estaba iluminado por los rayos del sol y en el que se escuchaba el maravilloso canto de los pájaros, se volvió tenebroso por el escalofriante ulular de los búhos. Empezamos a caminar sin una dirección definida. Cayó un rayo tras nosotros e iluminó todo el bosque; en el suelo se proyectó una silueta, no se veía claramente quién o qué era, así que nos giramos para averiguar qué se ocultaba detrás de nosotros… pero no vimos nada. Seguimos andando con un paso no muy seguro, estábamos muertos de miedo. Mi hermano se entretuvo en el camino atándose el cordón de la zapatilla, yo me di cuenta y decidí esperar unos pasos más adelante. Me fijé en que tardaba mucho en venir. Me giré y vi que mi hermano había desaparecido. Volví a mirar a mi alrededor, no vi nada y seguí caminando aun más aterrorizada por todo lo que había sucedido.
Después de haber dado ya unos pasos, vi unas huellas que no eran de un animal ni tampoco de un humano. Me resultó extraño que en mitad de un bosque tenebroso hubiera unas huellas, así que guiada por la curiosidad continué andando, lo único que me preocupaba era mi hermano y volver a casa, sanos y salvos. Esas huellas me hicieron atravesar un bosque completo lleno de telarañas gigantes, murciélagos con ojos rojos y movimientos aterradores.
Llegué hasta un castillo gigantesco con la apariencia de estar abandonado por sus ventanas rotas movidas por el aire y las paredes grises llenas de moho. Estaba rodeado por un foso lleno de agua. Decidí adentrarme en ese siniestro castillo; llegué a la conclusión de que, para no perderme, haría marcas en las paredes, así que lo exploré. Tenía varios pisos muy grandes y extensos con cuatro habitaciones cada uno. De pronto, oí unos ruidos que parecían la voz de mi hermano; los seguí y me llevaron hasta un laboratorio.
Vi a mi hermano atado a una silla con una mordaza en la boca intentando gritar; a su lado había un vampiro con la piel tan blanca como la nieve, unas uñas negras muy largas, sus ojos pequeños eran rojos y tenía unos colmillos afilados que llegaban hasta la barbilla. Quería chillar, pero, por causa del miedo, no pude.
Tras unos segundos de silencio y después de haberme tranquilizado un poco, intenté hablar pacíficamente; funcionó y llegamos a un acuerdo: cada día le llevaría un poco de sangre, cosa fácil para mí porque vivo en un pueblo y tenemos una granja con muchos animales. Más difícil resultaría atravesar todo el bosque sin que nadie me viera y sin perderme. A cambio, él soltaría a mi hermano y nos dejaría marchar sin un solo rasguño. Me lo pensé durante un instante porque me pareció extraño hacer un trato con un vampiro como aquel, el vampiro más desagradable que había visto en mi vida. Pero, como lo que realmente me importaba era salir de aquel horrible castillo y llegar a casa, no me quedó otro remedio que aceptar.
Para no perdernos el vampiro nos dio una brújula. Nos liamos un poquito pero conseguimos llegar a casa. Cuando llegamos era de noche y estábamos muy cansados, así que nos echamos en la cama sin decir nada a nuestros padres. Al día siguiente me desperté e hice un día normal como si el día anterior no hubiera pasado nada, me olvidé de la sangre.
A la mañana siguiente me desperté parecía que no había nadie, me aseguré, mi familia no estaba. Me asusté mucho. Salí corriendo de casa a buscar ayuda. Cuando abrí la puerta, me encontré a mi querida familia le di un beso a mi madre, pero justo sentí que sus besos se transformaban en mordiscos.
El vampiro seguía suelto y... nosotros también.
Clara Pérez Navarrete














