POR EL VALLE DEL RÍO NOGUETA
Categoría: Cosas de clase el día 2009-06-17 06:43:00
El último viernes de mayo, alumnos y profesores de Ciencias de la Naturaleza, acompañados por nuestra amiga Joaquina, celebramos nuestro particular viaje de estudios visitando el valle del río Nogueta.
Previamente cada cual buscó información sobre la situación geográfica y se vio que el valle del Nogueta se encuentra en la zona de la sierra de Cucalón que mira hacia el valle del Ebro y que el río es un afluente del Aguas Vivas, río que desemboca en el Ebro aguas abajo de Zaragoza. Es decir, aunque está en la comarca del Jiloca, sus aguas no acaban en el río que da nombre a la comarca.
El conductor era José Antonio Blasco, amigo y ex-alumno que hace unos diez años se encontraría al fondo del autobús y que ahora dirigía el volante. Lo hizo fenomenal.
Salimos temprano. Subimos los pequeños montes que hay tras el Polígono Agroalimentario de Calamocha dejando el valle del Jiloca y llegando al del Pancrudo. Remontamos este río hasta el desvío que nos llevó hacia Cutanda y Olalla, donde ya pudimos ver como el cereal comienza a ser escaso mientras que los rebollares y marojales cubren los primeros montes. Despacico el autobús la emprendió con el puerto de Fonfría, completamente cubierto por cultivos de pinos. Esperábamos ver algún corzo, pero no hubo suerte.
Tras superar el puerto, ante nosotros apareció en precioso valle del Huerva y las Rochas de Fonfría, un singular paraje rocoso que lo cierra por el norte. Al descender, Rodrigo y Chabier, nos fijamos a ver si veíamos el alcaudón dorsirrojo posado sobre los espinos que hay entre los prados. Este pájaro migratorio, que tiene aquí una pequeña población reproductora, es propio de los espinares que hay en zonas de montaña con clima más fresco. Tampoco hubo suerte.
Pasamos junto a Fonfría dejando a un lado el magnífico rebollar y comenzamos a ascender el segundo puerto de montaña: el de Rudilla. Entre los carrascales se veían enormes losas de caliza con muestras de disolución por el agua. Algunos, como los Carlos, sólo veían que su la cabeza daba vueltas y notaban su estómago en centrifugado. Un poco de aguante y tras culminar el puerto apareció un estrecho valle al que seguimos por una carretera (aún más estrecha) hacia Piedrahita.
Por fin, bajando entre campos de trigo y prados se abrió un nuevo valle: el del Nogueta.

Nos despedimos de José Antonio, nos dividimos en dos grupos y comenzamos nuestro trabajo de campo. Era una mañana fresca pero muy soleada.
Se trataba de introducir unos cuantos conceptos de ecología, reconocerlos en el campo y practicar en su medición mientras recorríamos la pista que desciende por el valle y que acerca a Mezquita de Loscos.
Eran casi las diez de la mañana. Primero tomamos unos cuantos datos del tiempo atmosférico (factores climáticos). La temperatura del aire era de 25,7 ºC, la humedad relativa del 42%, la nubosidad era nula (0%) y apenas había viento, aunque algún rato soplaba una brisa valle arriba (del norte).
Antes de comenzar observamos las características del terreno. El relieve era montañoso, con laderas muy inclinadas y un valle estrecho por cuyo fondo descendía el río Nogueta.
Nos fijamos en las rocas. Al principio era abundante la caliza, roca sedimentaria de color blanco que desprendió burbujas de CO2 cuando le añadimos ácido clorhídrico diluido y que se presentaba en estratos algo inclinados. En una ladera orientada al sur (solana) medimos la temperatura del suelo con nuestro termómetro digital (20,7 ºC), nos fijamos en que estaba algo seco y que tenía poca materia orgánica (humus).
En frente, en una ladera orientada hacia el norte, medimos de nuevo la temperatura del suelo y nos dio que era de 14,9 ºC. La tierra estaba algo más húmeda y había más humus.
Comentamos que la orientación de las laderas influye en las características físicas del suelo y que esto también lo hace en la comunidad biológica. Estábamos introduciendo la idea de los factores edáficos, es decir, los abióticos propios del suelo. La mayor insolación, aumenta la temperatura del suelo, lo reseca y limita el desarrollo de las plantas, por lo que hay menos humus.
Allí mismo se encontraba el cauce del río Nogueta. Aprovechamos para estudiar algunos factores hidrológicos, es decir, los abióticos que caracterizan el medio acuático. Reflexionamos sobre ellos: la temperatura del agua (se nos olvidó de tomar), la cantidad de oxígeno disuelto, la dureza (cantidad de bicarbonatos disueltos), la presencia de otros minerales en disolución, la de contaminantes, su mayor o menor iluminación, la existencia de corrientes o no, etc. Todo aquello formaba parte del biotopo de aquel ecosistema.
En el arroyo se alternaban los rápidos (en los estrechamientos) con los remansos (en las zonas ensanchadas). ¿Pero es que había allí alguna comunidad (o biocenosis)? Pues sí. Muy pronto nos fijamos en las algas verdes filamentosas que crecían pegadas a las piedras; en los remansos flotaban sobre el agua unos insectos de largas patas llamados zapateros, mientras que pegados sobre las rocas mojadas distinguimos dos especies de gasterópodos acuáticos, unos con la concha cónica y otros con la concha en hélice.

Comenzamos el recorrido pues casi no nos habíamos movido. ¡Pero ya habíamos apuntado los principales rasgos abióticos de los ecosistemas!
Al poco de caminar por la pista vimos que cambiaban las rocas. Bajo la caliza aparecía una roca formada por unos pequeños cristales brillantes, de color entre gris y morado y que no producía efervescencia con el ácido. Era cuarcita, una roca metamórfica procedente de antiguas areniscas que habían sido sometidas a temperaturas y presiones altas.
Se distinguían muy bien los estratos de unas y otras. Cuando se formaron, se dispondrían de forma horizontal, pero con los movimientos de la corteza ocurridos en el pasado (orogenia Alpina) debieron plegarse y hoy se encuentran inclinados dichos estratos 26º (medidos con la brújula).
Esta roca es muy rica en el mineral de cuarzo, lo que le da unas propiedades químicas especiales. Algunos líquenes lo detectan muy bien y crecen solo sobre rocas rícas en sílice, como pudimos ver algo más adelante en el mirador.

Cuando se altera desprende granos de arena y otros minerales que forman unos suelos un poco ácidos. Observamos algunas plantas herbáceas que solo crecían sobre laderas en las que habían cuarcitas.
Allí mismo, empezamos a fijarnos en otros componentes de la comunidad biológica de aquella ladera con matorral abierto y en las relaciones entre los seres vivos (factores bióticos). Unas robustas hormigas rojinegras arrastraban los restos de un cardador (ciempiés) hacia su hormiguero.
Algo más adelante, los rosales silvestres estaban en plena floración. Sobre los blancos pétalos se veían pequeños grupos de unos estrechos y alargados escarabajos oscuros que parecían alimentarse de los estambres. Muchos de ellos se encontraban en plena cópula. Un caso de hebivorismo, pero tal vez también de mutualismo entre ambas especies.
Junto al camino nacían fresnos procedentes del próximo río. Algunos estaban cubiertos por lianas de enreligadera, una planta trepadora que ascendía sobre las ramas del árbol para alcanzar mayor iluminación. Para ello, producía unos tallos (zarcillos) que se enroscaban sobre las ramas del fresno. Un caso de competencia interespecífica. Esto mismo comprobamos al observar hojas de parra sobre otro fresno, lo que nos recordó la naturaleza de liana que tiene la vid.

En la ladera terrosa y soleada observamos muchos ejemplares de uva de gato. Esta es una planta que acumula agua en unas hojas carnosas y cilíndricas. Es una adaptación a los suelos resecos. Vimos muchos individuos creciendo próximos entre sí. Un claro caso de competencia intraespecífica.
Nos juntamos todos a almorzar bajo la sombra de unos viejos chopos cabeceros.
Rodrigo observó unas ramas caídas de chopo con unos surcos dibujados. Levantamos la corteza y se veía como continuaban bajo ella. Son los surcos que abren unos pequeños escarabajos especializados en alimentarse de madera muerta bajo la protección de la corteza. Estos organismos descomponen estas porciones de leña y la transforman en serrín, que se incorpora como humus al suelo.

Proseguimos la ruta por la pista que desciende entre el carrascal y los huertos abandonados sobe los que crece un matorral de arbustos espinosos (escaramujo, espino albar, aligustre y cornejo) y de fresnos que recuperan su territorio.
Bajo las cuarcitas, pronto encontramos varias capas de pizarras. Esta roca metamórfica también mostraba estratos que se introducían hacia el interior de la montaña. En alguna zonas, se desprendían formando acumulaciones de trozos en las laderas (canchales)...

... mientras que en otros presentaban pliegues y llegamos a distinguir un anticlinal tumbado en una orilla del camino:

Como una actividad más, fuimos anotando los indicios de la actividad humana observdos durante la excursión: la propia pista, las marcas de pintura blanca y amarilla (PR), los carteles indicadores, los antiguos edificios, basuras abandonadas, la escombrera de Piedrahita, los chopos cabeceros como cultivo, las tapaderas de la tubería de agua, un grupo de colmenas, tablillas de coto o paneles educativos.
Junto a la recurva del camino tomamos un desvío que nos introdujo en el carrascal. Con algunos problemas, ya que había una banda de espinos en la orilla, nos introdujimos en el bosque. Sentados bajo la sombra de la copa de las carrascas comprobamos cómo también los seres vivos pueden cambiar las características del biotopo. Siendo las 12.30 horas, y con un sol impresionante, la temperatura del aire era de 18,6 ºC ...¡¡¡algo más de 7 ºC que la que había al raso dos horas antes!!!

El aire era más fresco y, seguramente, más húmedo. Bajo su copa el carrascal crea un microclima con condiciones especiales que facilitan la descomposición del humus, la "digestión" de sus propios residuos.
Volvimos a la pista y nos encontramos, sobre el mismo río, un campo de cultivo sin sembrar (barbecho) sobre el que crecían muchas especies de hierbas, entre las que destacaban los ababoles. En dos años se había puesto en marcha una sucesión ecológica.

Al poco comenzamos a escuchar a los compañeros que nos esperaban en el río, a la altura del antiguo molino. El Nogueta tiene allí un frondoso bosque de ribera (soto) formado por fresnos (la mayor fresneda del sur de Aragón), por robustos y añosos chopos cabeceros y por grandes sauces. A la sombra del soto, la temperatura del aire descendía y la humedad relativa del aire aumentaba (a pesar de que al mediodía, el aire admite más vapor de agua)
Allí vimos que el río Nogueta es, en realidad, un arroyo de montaña con unas aguas de gran calidad. La temperatura del agua era de

Dentro del agua observamos ninfas (fase juvenil en avanzado desarrollo) de dos especies de insectos. Unas, más abundantes y pequeñas, eran ninfas de moscas de la piedra, insectos del orden Plecópteros propios de aguas frías y corrientes. Otras, más grandes y escasas, eran ninfas de libélulas.

Cruzamos el río aprovechando unas piedras.

Ascendimos por el fondo de un barranco lateral. En un peñasco de pizarra que emergía junto al camino encontramos tres especies de helechos, plantas adaptadas a crecer entre las grietas poco soleadas de estos roquedos.
Muy cerca, un equipo se introdujo dentro de un pinar de repoblación. ¡Otro indicio de la actividad humana! Era una buena ocasión par distinguir un bosque de una plantación. En el primer caso, los árboles tienen diferentes edades, están colocados sin orden y tienen distancias entre sí variables. Los pinos negrales de la repoblación tenían todos la misma edad, estaban a la misma distancia unos de otros y formaban unas rectas filas. Estaba claro que aquello no era un verdadero bosque.

Mientras tanto, otro grupo seguimos ascendiendo por el barranco hasta una curva. Allí analizamos las características de las hojas yde algunas de sus adaptaciones a la sequedad. Comparamos, observando y dibujando, las hojas de fresno, chopo, pino negral, carrasca, siempreviva y tomillo. Las propias de suelos húmedos (o climas lluviosos) tenían las hojas grandes, tiernas y con pocos pelillos (chopos y fresno), mientras que las que crecen en lugares con suelos resecos (o climas con escasas precipitaciones), como la carrasca, el tomillo o la siempreviva, tenían las hojas muy pequeñas, endurecidas y con pelillos, entre otras adaptaciones.

En plena primavera, los insectos estaban en plena actividad. ¡Hasta las mariposas se nos subían encima!

A la vuelta, vimos como en medio del camino surgía agua del subsuelo. Era ........¡un manantial! Alguna comprobó lo resbaladizo del terreno húmedo dándose una pequeña culada….
Comimos todos juntos bajo la sombra del soto en medio de la primera batalla acuática. Unos decidieron meterse directamente en el agua, otros salpicaban mientras los profes intentábamos –con poco éxito- evitar una remojada colectiva.

Retomamos el camino tras la comida, el descanso y el refresco. Ahora se trataba de caminar con decisión bajo el sol intenso del centro del día.
Entre el carrascal comprobamos la presencia del arce moscón, un arbolillo propio de bosques maduros en el que vimos sus características hojas con tres lóbulos y sus semillas aladas en pleno desarrollo.

Cerca del río el camino atravesaba una zona con prados frescos …

… pero al alejarnos del fondo del valle, en los claros del carrascal había otros formados con plantas más resistentes a la insolación y a la sequedad el suelo.

Mientras tanto, repartidos en pequeños grupos, nuestros jóvenes excursionistas sacaban su repertorio de canciones de campamento, entre las que arrasaba aquella que dice:
- ¡Camarero!
- ¿Qué?
- ¡Una de olivas verdes!
- Olivas Verdes…. (con la música de la serie Oliver & Benji)
y otras muchas muchas más…..
Junto al camino, una peña de pizarra se levantaba entre el Nogueta y un arroyo lateral. A pesar de lo seco que estaba siendo la primavera, aún mantenía este un curso de agua que deslizaba sobre las pulidas paredes rocosas, formando una especie de tobogán acuático con rápidos y pozas.

Estábamos en un magnífico mirador del valle. El frondoso carrascal, el pinar de repoblación y los primeros campos de cultivo. Nos hicimos una foto de equipo. Un recuerdo de la jornada.

Retomamos la marcha y …las canciones.
Más adelante, en una cuesta sobre un monte de arcillas encontramos unas calizas diferentes a las que vimos al principio. Eran más compactas y tenían unas conchas petrificadas. Eran los restos fosilizados de braquiópodos, filum de invertebrados marinos que tenían dos conchas y que recuerdan a los moluscos bivalvos.

El ambiente en el que vivieron estos fósiles de la era Primaria (Paleozoico) lo explicaba muy bien un panel informativo.

El camino se iba alejando del valle del Nogueta, cada vez más abierto, y nuestros alumnos del interés por las explicaciones ….

Ya se adivinaba, a lo lejos, el amplio valle del Ebro. Cambiaba también el paisaje, cada vez más humanizado por la presencia de cultivos de almendro y de cereal.

Tras seguir remontando unos montes, vimos a lo lejos Loscos, con sus casas alrededor de la torre de la iglesia.

A través de campos de cebada y trigo, con un sol de caía de pleno, fuimos llegando a Mezquita de Loscos. No hubo que explicar donde estaba la fuente, el lavadero y los abrevaderos. Estaban todos allí, refrescándose y retomando la batalla final, la definitva, en la que todos mojaban a todos. Una y otra vez acudían a rellenar los botellines de agua y de nuevo a la carga.

Así estuvimos disfrutando un buen rato.

Al poco, nos presentamos en esta localidad donde nos recibieron muy amablemente sus vecinos. Descansamos un buen rato en la plaza, aprovechando para merendar y terminar de secar la ropa y José Antonio volvió a recogernos puntual con el autobús.
Volvimos por otra ruta. Bádenas, Cucalón, Ferreruela de Huerva y por la autovía de nuevo a Calamocha, entre un no parar de chistes y canciones.
¡Un día inolvidable!














