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YAGO. UN RELATO DE ELISA PINA HERNANDO

Categoría: CONCURSO LITERARIO el día 2010-05-04 17:54:37

 

Es muy duro vivir en un lugar en el que la violencia, las armas y lo prohibido pueblan tu día a día. Un lugar en el que lo único que se oye por la calle es el silencio, constante e imbatible.  Puedes oler el miedo y la tensión en el ambiente. No hay color, todo es negro.

En ese lugar nacimos mi hermano Yago y yo.   Es curioso, que siendo ambos mellizos, él lo tuviera y yo no. De pequeños, nuestra madre nos contaba historias imposibles de héroes antiguos, de princesas hermosas y dragones que las custodiaban.

Con el tiempo, la diferencia entre nosotros se fue haciendo más notable. Ambos crecíamos, pero él seguía aguardando cada noche en su cama a madre, esperando ansioso la hora del cuento. Era como un niño grande, un niño atrapado en un cuerpo de un adulto, un cuerpo que parecía no corresponderle.

Mientras la guerra seguía azotando a nuestro país, era mi madre, viuda y perjudicada por la sociedad que nos engullía, la que se refugiaba en Yago. Quizás pensaba que a su lado, todo sería inocencia y felicidad, la posibilidad de ignorar lo que estaba pasando. Todos los días caían bombas y aquellos que se atrevían a alzar la voz eran acallados de inmediato y desaparecían sin dejar rastro alguno.

 


Una noche madre le contó a Yago una historia, ésta trataba sobre una princesa, tan hermosa como la primera flor de la primavera y tan bondadosa que el sólo hecho de arrancar una flor le apenaba. Ella decía que esta princesa estaba enamorada de un muchacho, pero a este muchacho le habían mandado a la guerra. La princesa triste al ver que los iban a separar, le dio al joven una gema de color verde. Y le dijo, que si llevaba la gema siempre consigo, jamás le pasaría nada malo, nada podría dañarle. Esa noche madre le dio a mi hermano una esmeralda para que la llevase siempre con él.

Yago tenía una amiga, una niña de diez años. Esta niña se llamaba Raija y solía jugar con él en un descampado, a pesar de que sus padres no aprobaban que su niña fuera con un adulto. A Yago le hacía feliz, puesto que no podía ir con los de su edad, los demás lo rechazaban y, a menudo lo humillaban por ser distinto. Ellos decían que no era tan listo como los demás. Pues Yago difícilmente pudo aprender a sumar, su forma de pensar y razonar no superaba a la de un niño, no obstante era muy bueno con los demás y casi siempre sonreía. Raija le quería mucho, me decía que era como tener un hermano mayor y que él le había dicho que jamás le pasaría nada malo porque tenía un secreto  que los protegería.

Esa noche el gobierno ordenó que todas las mujeres deberían llevar cubierto el rostro y que determinados libros, música, y prendas estarían prohibidas desde ese momento. Entonces se pusieron a reclutar a los jóvenes para la guerra que se avecinaba. A mí me tocó ir, pues ya pasaba la veintena, sin embargo Yago se salvó. Madre se sumió entonces en una gran depresión.

Todos los días veía venir a jóvenes, de poco más de trece años, al campamento. Nuevos reclutas que duraban apenas unos días y después cerraban los ojos para siempre. A estos niños, se les daba una llave y se les decía que si morían en el campo de batalla podrían acceder al cielo con ella. Era tan triste… tan injusto lo que nos estaba pasando, luchábamos en una guerra que no era la nuestra, matando a diario a personas inocentes, a las que no odiábamos y sin embargo debíamos asesinar, la compasión no tenía cabida en aquella guerra y unos segundos de duda podían sentenciarte.

Y los días pasaban y las cifras de mártires aumentaban, entonces una mañana me tocó a mí y a tres más ir a un campo para perseguir a unos “delincuentes” que habían desobedecido la ley.  Primero una y luego otra, comenzaron a estallar las minas. Mis dos compañeros murieron, yo perdí una pierna. Ya era inútil, no servía para la guerra, así que volví a casa. Madre, me recibió con los brazos abiertos y Yago también. Raija estaba guapísima, había crecido y madurado, ya no era la niña que había sido, sino una joven inteligente y sensata. Pero no todo había cambiado a mejor, muchos de nuestros familiares y vecinos habían muerto o habían sido detenidos, la diferencia no era mucha.

Por las noches me asaltaban pesadillas de todo lo que había vivido. En lo sueños estaba en una sala, en ella también había dos hombres, uno sentado en una mesa y otro caminando alrededor aparentemente tranquilo, parecía tener mucha sangre fría. Uno era un militar y el otro un civil cualquiera. Llegado a un momento el policía le preguntaba al hombre cosas que ni el mismo conocía, le habían atado a la silla con cadenas y no se podía mover. La sala era pequeña y hacía mucho calor y la poca ventilación no ayudaba a sobrellevar la situación. El hombre, incapaz de responder, negaba con la cabeza. Entonces se lo llevaban a otra sala, maniatado y con los ojos vendados y lo sometían a crueles torturas que parecían no acabar nunca. Aquello era insoportable, incluso para alguien que sólo lo estuviera viendo. Pero la peor parte del sueño llegaba cuando lo mutilaban, y yo, incapaz de verlo, me despertaba gritando y sudando.  Era siempre así, noche tras noche. Entonces Yago lloraba, porque tenía miedo y madre venía corriendo con agua y paños.

Pero ni la guerra, ni la dictadura, ni las secuelas fueron lo que acabaron con mi vida. Un día en la calle se produjo una manifestación prohibida, en esta manifestación estaba Raija. Yago y yo íbamos juntos por la calle cuando la vimos. Enseguida aparecieron los militares con armas, dispuestos a castigar duramente a aquellos que se había atrevido a ir. La gente corría de un lado a otro y los manifestantes no paraban de sufrir golpes. Los militares se pusieron a disparar indiscriminadamente contra la multitud, entonces ante nuestros ojos uno de ellos apuntó a Raija. Sin pensárselo dos veces Yago se interpuso entre ella y el militar.  El tiempo pareció congelarse. Las balas bañaron su cuerpo que se convulsionaba y el suelo se lleno de un gran charco púrpura. Sin embargo, en la cara de Yago había una sonrisa, de ternura y felicidad. Cuando el cuerpo inerte de Yago cayó al suelo aún cerraba con fuerza su puño derecho. Me acerqué alarmado, había sucedido todo tan deprisa, de mis ojos resbalaban lágrimas. No sabía qué hacer, el odio y la tristeza que sentía eran tan grandes…con suavidad abrí el puño de Yago, dentro estaba la esmeralda que madre le había dado tiempo atrás. La gema que siempre le protegería.

 

 

Elisa Pina Hernando


Publicado por: ISABEL DOMINGUEZ | Comentarios (0) Leer comentarios | Exportar PDF | Escuchar este post

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